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Corazón de mi sur, Escuela Urquiza …

No me tocó ir: me mandaron a la Normal. A mis hermanos, sí. Me atrajo siempre, porque era como el corazón del barrio: gris, alta, elegante, atractiva. Pero no: la casa de mi abuela quedaba en calle Ugarteche casi 9 de julio y yo salía de la Normal y me iba a tomar la leche y a escuchar sus cuentos hasta que pasaban por mí, entrada la tardecita. En aquellos tiempos nadie daba explicaciones, así que marché a la Normal y listo.

Por LAURA ERPEN

Sin embargo, me atraía, me atrajo siempre. Y antes de ponerme el guardapolvo para ir al turno tarde, me daba una escapadita a la verja del frente y espiaba a los que sí habían tenido la dicha. Y los veía pasar, uno a uno, en su camino de tiza y delantal blanco, hacia un mundo que no era el mío. Pasaban las mamás con sus niños y otros que ya habían crecido, solitos. Y las señoritas. Entonces no eran las seños, como ahora, eran las señoritas. Recuerdo algunos nombres: la señorita Dantas, la señorita Germano, la señorita Pintos, la señorita Grieco, la señorita Margarita García, la señora de Armandi , que vivía haciendo cruz en una chalet lleno de rosas , Rosita Alul , que salía bien compuesta y elegante , de la casa de enfrente a mi casa blanca y de la señorita Rigamonti. Como rúbrica, pasaba la señora Irma Bedogni de Piñón, la Bibliotecaria, vestida de negro o a lunares, y me saludaba con mucho cariño. Me parecía raro, porque yo no iba a la Escuela Urquiza, parecía conocerme de otro lado. Chocha, saludaba muy tímida y sonriente, eso sí.

Carola, mi vecina, me había contado que a esa escuela Urquiza había ido el que luego sería Presidente brillante y, como siempre, mal tratado, Arturo Frondizi, que había vivido allí mismo, en la que por entonces era su casa. Y yo soñaba con ese hombre tan inteligente del que hablaban los grandes y al que veía en los informativos de Sucesos argentinos en el cine Rex y en los actos radicales, cuando los había, porque no había muchos por aquellos tiempos. Casi todos estaban dedicados a Evita y Perón, no sabía bien por qué.

También pasaba un chico que llamaba mi atención: llevaba un moño azul de lunares, iba impecable, y sonreía cuando cruzaba por mi verja. Una vez pregunté y me dijeron que era el hijo de un colega de mi padre, que su mamá era la señora que siempre usaba una boina muy elegante y que solía ver en los conciertos de Amigos de la Música.

Todos pasaban para el sur, yo me iba al norte y la Escuela Normal siempre me pareció enorme, demasiado, caliente en verano y helada en invierno.

Fui a muchas de las fiestas que se hacían en su salón, en la planta alta. ¡Menos mal, algo pesqué! No me olvidaré jamás de una tarde en la que Cielo Rión, entonces niña, interpretó la leyenda del Ceibo al compás de la canción Anahí. Tampoco olvidaré aquel coro que cantaba con tanta pasión “La rosa del azafrán”.

Un día nos fuimos del barrio y la Escuela Urquiza y sus señoritas y sus niños, se escondieron en el tiempo de la niñez, como el cine Rex, como la placita, como la Vicente H. Atrás quedaron las noches de corsos, las parejas que pasaban para los bailes del club División, las filas de los empleados del Ministerio que regresaban en sus bicis enfiladas rumbo al hogar, la librería de Sosa, los vecinos, el campito al que venían los circos y la casa blanca con sus verjas y sus rositas rococó.

Anduve por otros sitios, regresé al Sagrado a estudiar el Secundario y la veía allá, siempre enfrente. Fui maestra y tuvimos que tomar exámenes y como éramos adscriptas, venían las señoritas de la escuela vecina. Berta Pagliotto y Ana Delia Grieco eran un encanto que alegraban las mesas de la Escuela Manuel Belgrano,( como se llamaba la primaria del Sagrado), y muchas veces me ayudaron en mis apuros de maestra novata e inexperta.

Regresé a sus aulas con mis practicantes del Profesorado, que elegían el Bachillerato Artístico porque era buenísimo y los profes, unos encantos. También regresé cuando a mis cursos asistían sus seños y debía comprobar cómo aplicaban lo que estudiábamos en clase a la noche.

Y también volví a ella , a sus escaleras y a sus galerías , para votar por una Patria libre y plena. A Frondizi lo voté pero en la Escuela Avellaneda , allá lejos en el tiempo.

Ahora la tengo ahí, a poquito trecho, desde el año en el que volví al barrio. Está, pero ahora es mi norte. La que está en el sur soy yo, en mi casa. La miro siempre que paso para el centro. Y la siento, y siento mi niñez desplegándose en sus paredes grises y en su silueta entrañable, espejándose en la placita que la corona con sus verdes , hermosa y vital.

Mi marido sí fue. Y cuando pasa alguien y se saludan con afecto, suelo preguntarle: – ¿Quién es? Me contesta siempre: – Un compañero de la Escuela Urquiza. Y yo suspiro, él tuvo esa suerte.

Ahora me cuentan que pasará de ser escuela de primera a escuela de segunda, de acuerdo a variables. Se dicen muchos disparates, pero este sobrepasa la medida. ¿La Escuela Urquiza, de segunda? ¿Tan luego la Escuela Urquiza, el corazón del barrio sur? ¿Ella, de segunda? ¿La escuela de las señoritas impecables, la de Frondizi, la del chico de moño que ahora es Rector de una Universidad, la de Rosita Alul, la de doña Irma Piñón, la de mis hermanos, la de mi marido, la de tantos chicos , la de mis vecinos? …

Dicen que la orden vino desde Paraná. Amo Paraná, con sus barrancas y sus lapachos, pero sé que está lejos y no nos conocen. Y sé que a veces alguien toma una variable y la aplica mal y así suceden estos des – encuentros. Habrá que hacerles saber a estos señores que el corazón de un barrio no se toca, no se quiebra: se preserva, se atesora y se cuida porque es algo mucho más profundo que una planilla demostrativa o que un resumen de vacantes o de cargos asignados o de alumnos que van y que vienen porque ahora la vida es otra …

Habrá que decirles para que entiendan y para que aprendan que por más estrecheces económicas o de presupuestos, los tesoros que valen son los que tienen historia…y hay que preservarlos, son nuestro íntimo patrimonio.

Lo haremos, de alguna manera, junto a las otras escuelas que están pasando un mal momento, también. Si hay algo que no nos permitiremos, será el silencio. Porque la libertad nos da alas y nos templa la voz. No habrá variable que pueda tronchar el corazón de nuestro sur ni otra escuela en donde hayan aprendido nuestros niños concepcioneros. No habrá. ¡Faltaba más!

Laura Erpen

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