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Algunos apuntes sobre un libro monumental

El autor  de este texto reflexiona sobre el libro "Si dijeras Gondwana" (JAPL 2009), del periodista y escritor entrerriano Tirso Fiorotto, con la  particularidad que lo hace con una segunda lectura, 15 años después de su edición. Una invitación para adquirir ese libro y también hacer cada cual su propia interpretación.

Por AMÉRICO SCHVARTZMAN

Leí por primera vez esta novela monumental hace más de quince años. Cuando fue editada, en 2009, o poquito después. Pero el que yo era entonces no estaba a la altura de este texto. Resulté abrumado por aquella lectura, incapaz de procesarla adecuadamente. Y durante años sentí que debía (a Tirso, a mí mismo) una lectura nueva, fresca, atenta.

"Si dijeras Gondwana" (en adelante SDG) es una obra monumental porque, si bien cuenta una historia de amores, desamores, injusticias y pasiones, en ella se engranan innumerables otras historias.

Camufladas algunas de ellas en nombres solo reconocibles por quienes comparten pasiones similares, novedosas aún hoy para quien se admira y asombra por cada noticia ---no tan novedosa pero si poco difundida--- que habla de nuestro creciente conocimiento sobre la historia de nuestra especie y su entrelazamiento con la dificultosa labor de pulir la innumerable maraña de mentiras que (como dice León Felipe) nos han contado en todos los cuentos, y que no pueden dinamitarse sin dolor, sin compromiso, sin una paciente decisión de desmenuzar.

Bien dice Borges que también para la lectura hay tiempos diferentes, y que uno debe leer un libro cuando ese libro es digno de uno. Una elegante forma de afirmar lo inverso: "cuando uno es digno de ese libro", es decir cuando está en condiciones de abordar los desafíos que ese texto presenta.
O incluso cuando, sin lograrlo del todo aún, consciente de que hay aspectos que se le escapan (¿de qué más está hablando el autor, en estás enumeraciones que no puedo atesorar, que como arena en mí puño se me escapan por inabarcables? ¿Qué pistas de lo que somos, de nuestra más esencial composición, y que no pueden googlearse, asoman entre esas líneas y yo no las veo, salvo que vuelva una y otra vez atrás y no solo saboree, sino que también mastique y añada mi propia delectación, activa y consciente?); incluso así, decía, aún un poco a tientas, puede entrever la complejidad de ese desafío, y por eso mismo, puede saborear muchas de las paradojas, humoradas o incógnitas que plantean sus páginas.

La profusión de datos y de historias y de reflexiones y de discusiones y de coordenadas y de juegos verbales y de raíces populares que se dan cita en SDG ameritarían ---no exagero--- casi un simposio por página. Y tiene más de 300.

La escritura de Tirso en SDG no es en absoluto complaciente con el lector. Cada párrafo, por más que se disfruta (y mucho) en su construcción delicada y dedicada de una lengua común, es a la vez propia y ajena, entrerriana en cada detalle (viste vos) pero a la vez es, por momentos, indescifrable para quien (por más entrerriano que sea) nunca estuvo cerca de los de abajo, de los retobados, de los olvidados, de los desheredados... En efecto, ¿Quién puede saber qué era una torta o un tierro, quién sabe qué nombra o qué oculta el símbolo de la arroba, quién puede entender lo que pasa en las orillas, si nunca anduvo en esos entreveros?

Ahora bien: en SDG el pulso del narrador es tan singular e iniciático en ciertos aspectos como hermético para otros, y provoca la tentación de ubicar a cada personaje, de ponerle un nombre, un rostro, de comprender en qué ciudad están ocurriendo los hechos, porque si bien la narración es una novela, no hay duda de que la inspiración fioroteana es impulsada y motorizada desde una realidad dolorosa, y entonces: ¿Donde queda Yaguarí, en qué ciudad entrerriana está la Avenida del Anacahuita, donde es Berdavia, dónde Igüigüitì? ¿Quién es Sanduende, quién León K, quién es Sara, quiénes son Huels Cabroso o Manuel Oliva, a quién refiere el cínico Uritu, quién es Carril Zapata, qué personas de la vida real de Entre Ríos sugirieron a Madela y a la parejita de Eloísa y Juan Bautista, y a las otras personalidades que viven en los personajes de Tirso? Partecita del sabor de SDG está en el juego de ponerle "otro" nombre a cada cual (¿el de verdad? ¿Pero es que hay algo más "verdad" que esta narración, que es tan verídica como el pan y la tierra?)

Entreverados en el texto pueden aparecer Garibaldi o Artigas, Zitarrosa o Flora Tristán, la trama de los principales negociados de las dirigencias entrerrianas y Aotearoa (el nombre maorí de Nueva Zelanda), expresiones típicas de alemanes del Volga y puteadas en portugués, la riquísima vertiente afro de nuestra gente y la perfidia o la virtud de los masones, Nebrija y Orwell, el Despertar del Obrero y un bicho extinguido, una macrauquenia que pasa al trote, entre guerrilleros humanistas y gente que solo maneja "la ley de los de abajo", y que en sus diálogos casi en clave encierran saberes ancestrales ("sin algún olvido es impensable sobrevivir un día más") y discusiones de estrategia revolucionaria ("¿Vamos por todo a la vez o le entramos de lleno contra este puerco?") y en medio de todo un humor muy de acá; todo un desafío para urbanizados pero también para tradicionalistas...

La profusión de datos y de historias y de reflexiones y de discusiones y de coordenadas y de juegos verbales y de raíces populares que se dan cita en SDG ameritarían ---no exagero--- casi un simposio por página. Y tiene más de 300. Pero la erudición de Tirso y la valía difícil de mensurar de esta obra, insisto en la palabra, mo-nu-men-tal, quizás no se aprecien por mucho tiempo.

SDG cuenta la historia de un joven afroentrerriano, Antonio (o Juan Bautista luego) que trata de encontrar su propia raíz familiar, su identidad ---ella misma vapuleada por los dramas de la historia reciente--- en un febril recorrido donde al mismo tiempo aspira a desafiar a los poderes reales, visibles, encarnados en personas que toman decisiones (y no en mega conspiraciones intangibles).
En ese camino de revelación sobran espejismos y alucinaciones pero precisamente la hazaña está en develarlos para dar con las verdades hondas que lo constituyen. Y es que SDG no es una novela solamente. Es una formidable exposición (en clave ficcional, sí, como toda gran obra literaria) de la dolorosa complejidad, notable profundidad y conmovedora empatía en el pensamiento filosófico de su autor.

Una de mis sensaciones poderosas al leerla hoy es que SDG no ha sido escrita para el presente (perdón Tirso, debo decirlo aunque duele) porque no sé si existen, en serio lo digo, si existen lectores dignos de esta obra, de esta maravilla que la academia, con suerte, descubrirá cuando ya hayan pasado muchos años de su publicación. "Si estuviéramos fuera de peligro, sería porque no fuimos explícitos", le hace decir por ahí el autor a uno de sus personajes, al que hace la síntesis al final, como ayudando a que se entienda mejor qué es todo lo que fue hilando la narración, como en una espiral invisible.

Me siento entonces ahora en condiciones de recomendarla. A mis amistades virtuales y reales, a quienes sienten que esta, nuestra patria chica tan grandiosa, tiene una profundidad que a menudo pasa desapercibida, por ser de acá, porque nadie es profeta en su tierra, porque las luces malas del centro son demasiado seductoras, porque así como no se lee a quienes están destinados a ser clásicos del futuro (no es consuelo, es diagnóstico) tampoco se lee a nuestros clásicos de ayer, a Amaro Villanueva, a Gerchunoff, a Mario César Gras, a Marcelino Román, a María Esther (o se los lee solo cuando los "descubre" alguien allá en la cabeza de Goliat, en Berdavia, o en algún simposio académico, preferentemente con el dictamen de alguien "de afuera").

No sé si aun se consigue, pregunten en librerías o si no llamen a Tirso. Pero, si pueden, lean "Si dijeras Gondwana".
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Febrero de 2026.

 

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