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Ecología y gobernanza en esa promesa llamada comité de cuenca

A 60 años de la hipótesis Gaia de Lovelock y compañaía, este 2026 resulta un año clave en los entrerrianos para alumbrar caminos ya trazados, pero ocultos, derribar tabúes, aventar riesgos y rescatar la integridad.

 

Por DANIEL TIRSO FIOROTTO (*)

 

La visión ecológica rompe fronteras ficticias en el conocimiento, diluye los diques que separan a las disciplinas y a los distintos modos del saber, así como los arroyos cruzan jurisdicciones.

La gobernanza incluye cierta gestión participativa, menos vertical y menos aislada que el gobierno clásico. De ahí que la ecología y la gobernanza sean compatibles en algún plano, y eso puede ser una realidad palpable en caso de que una sociedad se cure de antropocentrismos y otras verticalidades, es decir: entienda a la especie humana adentro de la biodiversidad.

En la Argentina la política del agua ha apilado organismos de los estados nacional, provincial y municipales con responsabilidades superpuestas, en una fragmentación nociva bien señalada por estudiosos de la región, y con resultados a la vista. De modo que la creación de un comité de cuenca puede abonar el vicio, si no cumple una función distinta, ¿y cuál es?

El objetivo central de un comité de cuenca, si no quiere caer en más de lo mismo, radica en gestar una atmósfera en la que puedan palparse las huellas de la vida, con sus imprevistos, sus contradicciones, sus encuentros. Radica en recuperar un clima con aire comunitario, integral, de consenso, que el sistema ha menospreciado.

Los riesgos de un comité de cuenca son varios. Por ejemplo, que los miembros queden enredados en palabrerías. Hay que estar atentos, porque ese entretenimiento sirve a todos para la apariencia, y no sirve a la cuenca, es decir: a nadie. Conviene evitar convertir el comité en una estructura dinámica que se autoalimente y genere un conjunto de normas y actividades sin vasos comunicantes con el centro de la cuestión, que es la cuenca.

El comité de cuenca no decide, no realiza obras, no juzga. Su trabajo es la comunicación auténtica, volviendo a la correspondencia entre la palabra y las cosas y los hechos. Habrá entidades que sobrevivan al macaneo, pero no es el caso del comité de cuenca.

En un sistema con predominio de la desconfianza y las acusaciones mutuas, donde tantos se cuidan y viven a la defensiva, ese otro clima aparece con el estímulo de la capacidad de escuchar, con la gimnasia en el diálogo, con la paciencia y la búsqueda de consensos, en grupos con distintas vertientes pero inclinados todos ante la biodiversidad; personas equidistantes del arroyo, en una relación comparable a la de los miembros de una nación con su bandera.

Romper la compartimentación, realizar estudios serios, provocar encuentros cara a cara, revisar prejuicios, evitar la sanata: de eso se trata. Es lo más parecido a la rueda de mate, también menospreciada por el sistema y con cualidades milenarias que la gente común reconoce bien y practica mejor en el día a día.

Reaprender principios de armonía bien cultivados en comunidades ancestrales, en colectivos ecologistas, en estudiosos del ambiente, en ámbitos particulares y también estatales; y ofrecer argumentos integrales para que la biodiversidad vuelva a su centro naturalmente. He ahí el asunto del comité de cuenca.

Claro: la comunicación auténtica, la confianza, requieren hablar con argumentos sólidos, sinceridad y amabilidad a la vez. Y no es fácil, porque en virtud de las costumbres, cada cual se siente aludido, señalado, y levanta la guardia, cuando se diagnostica una situación. Por ejemplo: algunos pensamos que en el Gran Paraná, incluidos varios municipios, es más fácil hablar en público del sexo no convencional que de la tierra. Y es que vemos a muchas familias hacinadas, cuando no inundadas, al lado de campos altos inmensos reservados para la especulación durante décadas por empresas muy vinculadas a los partidos políticos. Es el sistema el absurdo, pero cada cual se siente señalado… Campos vacíos; terrenos inundables y peligrosos repletos de ranchos de nylon. De ahí a la tragedia, con cada chaparrón, estamos a un paso. Si no es María será José, pero la creciente se cargará con un niño, una niña.

Fecha clave

Se cumplen 60 años de la aparición en germen de la hipótesis Gaia, es decir: la concepción de la Tierra como un organismo que se autorregula. Tapiar los ecosistemas, desnaturalizar el agua, el suelo, el aire; interrumpir las relaciones complejas, siguen siendo habituales en nuestra región y debieran compararse con la trombosis, la amputación, el ACV, en el cuerpo humano. De ahí que la hipótesis Gaia sobrevuela nuestras inquietudes. Desde esta convicción, un arroyo obstruido o contaminado hiere los ojos.

Las ideas se van rumiando con el tiempo, pero en este caso nos referimos a un artículo presentado por James Lovelock y Dian Hitchcock, que publicó la revista Icarus, en los albores de la hipótesis Gaia. La entrega fue en 1966, la publicación en el ‘67. También ocurrió alrededor del ’66 una advertencia de Lovelock a la empresa Schell sobre las consecuencias dañinas de los combustibles fósiles en el clima.

La mirada integral de las relaciones complejas nos inclina a la intersección de grupos, personas, seres diversos, para aceitar el diálogo, la comprensión mutua, y para generarnos compromisos.

James Lovelock.

Son momentos clave, pues, para la conciencia ecológica. Los biógrafos hablan de una carta de Dian Hitchcock a Lovelock en diciembre de 1966. Allí su compañera describe los intentos de identificar la vida con estudios sobre la huella física de la biota en la atmosfera. “Y ahora tendemos a ver la atmósfera casi como algo vivo en sí misma, porque es el producto de la biota y un canal esencial por el cual se comunican los elementos del gran animal vivo”.

La gobernanza incluye cierta gestión participativa, menos vertical y menos aislada que el gobierno clásico. De ahí que la ecología y la gobernanza sean compatibles en algún plano, y eso puede ser una realidad palpable en caso de que una sociedad se cure de antropocentrismos y otras verticalidades, es decir: entienda a la especie humana adentro de la biodiversidad.

Observar la huella de la vida en la atmósfera terrestre, para usar ese método en Marte. Esa era la idea. Y nosotros advertimos que el comité de cuenca puede abonar esa otra atmósfera que decíamos, con una red de vínculos como testimonio de vida.

Fue más conocido el varón, Lovelock, y menos reconocida su pareja, Dian. Eso ha sido común en la historia. Sin embargo, no es necesario dar un nombre de mujer para saber que en la vida comunitaria (y la mirada ecológica es comunitaria), la mujer cumple el rol central de gran tejedora, y como tal no exhibe siempre nombres propios porque allí la jerarquía no es prioridad como sí lo es en la vida militar, en las religiones, en los estados, en el capital; todos emparentados.

La vida regula la vida, dirá la gran hipótesis que ha estimulado nuestros sueños por seis décadas. ¿Qué posibilidades tiene, de regular la vida, un arroyo saturado de venenos, taponado de residuos?

La ecología estudia un fenómeno en su contexto, dice Edgard Morin. La ecología indaga en las interacciones, no separa; tampoco divide la naturaleza de la cultura. ¿Se abrirá la gobernanza a la tradición comunitaria, integrada al paisaje, o usará la buena fe para entretenernos en políticas de angaú, al decir guaraní? (de Angaú, de mentira).

Un botón de muestra

El Comité de Cuenca Arroyo Las Tunas fue conformado a la manera de una rueda de mate. Allí no se puede macanear. En la rueda de mate porque está presente el paisaje, con los espíritus de los antepasados. En el comité de cuenca porque el centro es también venerable: el arroyo mismo.

Por Reglamento redactado y votado por unanimidad, el Presidente de esta institución mixta nacida en la primavera de 2025 es el arroyo Las Tunas. Allí no hay una persona que tenga más autoridad que otra, no hay doble voto en caso de empate, tampoco hay reelección. Es cierto que algunos miembros del órgano Ejecutivo adquieren, sí, mayores compromisos, es decir: más trabajo.

El texto que el órgano ejecutivo elaboró para presentar a la Asamblea Plenaria prevista para marzo de 2026, y al Consejo regulador del Agua -Corufa-, con la política hídrica para 2026, tiene puntos precisos sobre la acumulación de residuos sólidos y efluentes industriales y cloacales domiciliarios, y también sobre el asentamiento de familias en humedales y en barrancas peligrosas, e invita a revisar las políticas en relación con la propiedad de la tierra en las zonas urbanas.

Cuando la sociedad genere mayor conciencia y obre en consecuencia, no será común buscar cuerpos de personas en el agua después de cada tormenta, y menos aún cuerpos perdidos entre los residuos arrastrados por los arroyos. La tristeza de estos días, la honda pesadumbre, puede ser el combustible de un diálogo sincero, a corazón abierto, sin discursos fáciles. El Gran Paraná puede romper los compartimentos que frenan el flujo de la vida.

Árboles, arroyos, aves, anfibios, insectos, peces, mamíferos y entre ellos los seres humanos con sus saberes, artes, luchas, oficios, disciplinas, angustias, fiestas, tecnologías, creencias, organizaciones, viviendas: esa es la cuenca. Las interacciones alimentan el círculo de la vida. Si los guazunchos no pueden beber en el arroyo porque allí circulan aguas residuales; si las familias deben alejarse del curso por lo mismo, entonces la salud del conjunto está en peligro. Y lo está.

Los arroyos son el espejo de nuestra sociedad. Si mañana viniera un loquito con la propuesta de privatizarlos, muchos de los que abandonamos y destruimos los arroyos saltaríamos con gritos de patria y soberanía, levantando el dedo índice.

Desde un comité de cuenca podemos demostrar que lo público es nuestro, aunque suene de Perogrullo. Demostrar que nos ocupamos, y que el estado cercano puede colaborar con los bienes comunes y tomar otro camino, es decir: sanar la biodiversidad, protegerla. Nada de esto es sencillo cuando se ha tornado un hábito la pelea, y peor cuando se trata de lugares que cruzan múltiples jurisdicciones.

 

Por la integridad

“Debajo de este arbolito/ suelo amarguear en silencio;/ si habré lava’o cebaduras/ pa’ intimar, y conocerlo./ No da leña ni pa’ un frío,/ no da flor ni pa’ remedio,/ y es un pañuelo de luto/ la sombra en que me guarezco./ No tiene un pájaro amigo,/ pero, pa’ mí, es compañero”, dice la milonga de Osiris Rodríguez Castillo.

El árbol y su valor propio, el árbol lejos de la mirada utilitaria. La admiración del hombre ante lo que parece poquito, lo sencillito. Los versos del gran oriental señalan el camino del comité de cuenca: el árbol, como el arroyo, no porque nos sirven sino porque son. Y dicen algo más: la meditación en silencio, con la compañía del mate, para escuchar el paisaje, porque el silencio derriba fronteras, claro. Conocer el árbol es ser el árbol, así sea el menos agraciado.

El comité de cuenca requiere de tiempo y de silencio. Si no caminamos las barranquitas no escucharemos sus mensajes. Hay que lavar algunas cebaduras en la orilla para tomar energía allí y actuar en consecuencia. Sus transparencias son nuestras transparencias, sus olores nauseabundos son nuestros olores. Si está lastimado, tenemos que tratarnos.

“Una sola salud”, dice el principio universal que seguimos en el Comité de Cuenca Arroyo Las Tunas, y es eso: reconocernos miembros de la biodiversidad, miembros de la cuenca.

La premisa de este comité de cuenca se resume así: cambiar de clima. ¿Por qué? Porque los tratados internacionales, las constituciones, las leyes, las ordenanzas, lucen empantanadas. Al cambiar de clima, todo fluye. ¿Qué gana el hombre? Integridad. Y con ella, salud.

 

Riesgos

Los riesgos de un comité de cuenca son varios. Por ejemplo, que los miembros queden enredados en palabrerías. Hay que estar atentos, porque ese entretenimiento sirve a todos para la apariencia, y no sirve a la cuenca, es decir: a nadie. Conviene evitar convertir el comité en una estructura dinámica que se autoalimente y genere un conjunto de normas y actividades sin vasos comunicantes con el centro de la cuestión, que es la cuenca. El segundo riesgo sería empantanarse en fenómenos emergentes, sin observar las causas subyacentes. Por ejemplo: vivir enterrando “basura”, en vez de acudir al origen de esa “basura” y en vez de separar los residuos orgánicos e inorgánicos, con lo cual se advertirá que la basura no existe si no la provocamos. O lamentar los plásticos sin observar y reclamar a quienes lo traen, las empresas. A eso lo aprendimos de prédicas diversas. Lo mismo: si vamos con una retroexcavadora y quitamos plásticos en un lugar inhóspito, y colocamos rejas para que no pasen las botellas, y al mismo tiempo dejamos que ingresen plásticos desde los minibasurales.

 

En la Argentina la política del agua ha apilado organismos de los estados nacional, provincial y municipales con responsabilidades superpuestas, en una fragmentación nociva bien señalada por estudiosos de la región, y con resultados a la vista. De modo que la creación de un comité de cuenca puede abonar el vicio, si no cumple una función distinta, ¿y cuál es?

Otro riesgo: convertir a la entidad en una suma de partes en lugar de generar el clima nuevo. Los integrantes pueden pertenecer a diversas jurisdicciones, pero deben atender a la cuenca, al territorio. Si la mirada sigue siendo limitada, parcial, localista, las soluciones no van a fluir. Otro riesgo consiste en tomar la desidia que padeció cada región como una excusa. Si el arroyo tiene algo parecido a un cáncer, es cierto que el tumor pudo incubarse durante muchos años, pero una vez que el médico diagnostica y el paciente toma conciencia, la quimio, los rayos, la extirpación si fuera necesario, se suceden en pocos meses.

Desde estas reflexiones, los responsables de la gobernanza en el Gran Paraná encontrarán en un comité de cuenca un aliado, una orientación, una huerta de ideas, un espacio sereno donde las diferencias resultan complementarias, donde los filos se liman. Hallarán un clima en donde el silencio milenario de la biodiversidad, que nos precede, ocupa su lugar como eje sobre el cual giran ideas, historias, proyectos, debates, posiciones de ocasión.

(*) Artículo  publicado en eldiario UNO, se reproduce por gentileza de su autor.

 

 

 

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