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Campaña antiargentina

Esta hermosa nota de Pablo Marchetti en "Panamá, no todo es política" da tela para cortar sobre lo que está muy en boga durante estos días. "Pensar a la Argentina como un 'país racista' es una idea ridícula. Casi tanto como pensar que realmente existe una 'campaña antiargentina'. Pero luego de descartar esta etiqueta, no está de más pensar en qué sí somos racistas. E ir aún más allá: qué significa, realmente, eso de ser argentino. Una hipótesis: no es casual que estos planteos, que estas preguntas, surjan en torno al fútbol, al Mundial y a la Selección". Para leer, disfrutar y razonar.

"Campaña antiargentina"

El Mundial de Alemania de 2006 fue el primero en el que participó Lionel Messi. La Argentina tenía un equipazo. Messi tenía 18 años cuando empezó el campeonato (cumplió 19 mientras se jugaba la Copa del Mundo), usaba la camiseta número 19 y era suplente. Compartía ese banco con Carlos Tevez, por ejemplo.

La camiseta 10 la llevaba Juan Román Riquelme y el plantel lo integraban también Maxi Rodríguez, Hernán Crespo, Esteban Cambiasso, Javier Mascherano o Pablo Aimar, entre otros. Lo dicho, un equipazo. Un equipo que, además, tenía el sello de su entrenador, José Pekerman.

El sello de Pekerman estaba dado en la trayectoria de todos esos futbolistas, entonces consagrados en las ligas más importantes de Europa. La mayoría habían estado a las órdenes del entrenador cuando estaba al frente del proceso más exitoso del fútbol argentino en selecciones juveniles.

Quizás el hecho de ser jugadores, en su mayoría, “hechos” por Pekerman provocó que no se recuerde de forma tan negativa dos decisiones muy polémicas por parte del DT, en el partido más decisivo, el que lo dejó afuera del torneo.

El 30 de junio de 2006, Argentina jugó contra el local, Alemania, por cuartos de final. Argentina lo ganaba con un cabezazo de Roberto Ayala, pero Alemania lo empató 1 a 1 con gol de Miroslav Klose. Así terminaron los 90, así terminó el alargue. Argentina jugó mejor, pero los locales ganaron en los penales.

En siete minutos, Pekerman hizo dos cambios que desconcertaron a todo el mundo. A los 72 metió en la cancha a Cambiasso. Pero lo ridículo fue que sacó de la cancha al 10, a Riquelme. A los 79, a Pekerman le quedaba un solo cambio. Y sacó de la cancha a Crespo para poner a Julio Cruz. Messi se quedó en el banco, sin poder entrar.

La imagen de Messi, con 19 años recién cumplidos, la 19 en la espalda, y su cara de nene afligido, desconcertado, fue la que mejor retrata aquel partido. El meme antes de que existieran los memes. Es cierto que Messi aún no era Messi. Tan cierto como que Messi siempre fue Messi. Y ni hablar que nadie lo sabía mejor que José Pekerman.

La foto de Messi sentado en el banco sintetiza la frustración y la impotencia nacional. Pero aquel Mundial y aquel plantel tuvo otras particularidades. Fue el único Mundial de Lionel Scaloni como jugador. El que juntó por primera vez a los dos Lionel que hicieron historia con Argentina.

El plantel de la Selección lo integraban tres de los cuatro integrantes del cuerpo técnico argentino de las dos finales seguidas. Además de Scaloni, estaban también Ayala y Aimar. Sólo faltaba Walter Samuel, que sí había jugado el Mundial anterior (Corea-Japón 2002) e iba a jugar el siguiente, Sudáfrica 2010.

Hay otro dato curioso del plantel argentino en Alemania 2006: tanto el capitán del equipo (Juan Pablo Sorín) como el DT Pekerman eran (son) judíos. Es un dato, sí. Pero no es algo en lo que mucha gente haya reparado. Simplemente por una razón: la integración natural que existe en la Argentina.

Pekerman y Sorín son dos personas que bien podrían ser un arquetipo, un lugar común de argentinidad: el ruso. Como el gallego, el tano, el turco, el chino, o el negro, que no es exactamente eso que el mundo llama negro.

José Néstor Pekerman nació en Villa Domínguez, una de las colonias judías en el centro de la provincia de Entre Ríos. De donde son originarios los llamados “gauchos judíos”, tal como los definió Alberto Gerchunoff, considerado el padre de la literatura judía latinoamericana.

La idea de “gaucho judío” sintetiza el sincretismo que, en la Argentina es una señal de identidad. Y no se trata de una alucinación: en Villa Clara, Domínguez o Basavilbaso quedan rastros de este sincretismo argentinísimo.

Hugo Arcusin, el hombre que guarda las llaves del cementerio Israelita de Basavilbaso, es uno de ellos. Un tipo hermoso, entrañable, que te hace de guía entre las tumbas con un humor que es una mezcla de Luis Landriscina y Norman Erlich. Un auténtico gaucho judío.

En Domínguez, en la plaza principal del pueblo, no hay una iglesia, sino una sinagoga. En Basavilbaso, se puede degustar la auténtica cocina judía eskenazi, pero la cocinera es una goy. Una goy que estuvo casada con un judío, y que aprendió a hacer barenikes, gefilte fish y otros manjares porque se lo enseñó su suegra. Las historias cuentan que hace poco más de medio siglo los paisanos entrerrianos aún vendían pescado por la calle al grito de “fish”. No en inglés, sino en idish.

Visitar las colonias judías de Entre Ríos (y Moisesville, la joya del norte santafesino) imagino que debe ser muy emotivo para quien tiene familiares que vienen de allí. O simplemente, para quienes son judíos. Pero visitar esas colonias también puede ser apasionante y muy revelador para un goy interesado en pensar qué significa ser argentino.

En Moisesville hay un teatro que guarda hoy una biblioteca que es un tesoro, con libros en alemán, ruso, idish y hebreo. Pero hay un dato que sintetiza el espíritu del lugar: en el teatro hay 800 butacas, y está en un pueblo que, en su momento de mayor esplendor, tuvo poco más de 3 mil habitantes. Es decir, un cuarto de la población podía entrar allí.

Para entrar a Moisesville, la ruta se convierte en la Avenida de los Inmigrantes. Un nombre que no sólo tiene que ver con quienes fundaron esta primera colonia judía en la Argentina, sino que hace referencia a la integración. No muy lejos se encuentra Humberto Primo, pueblo fundado por inmigrantes piamonteses y donde todos los años se celebra la Fiesta Nacional de la Bagna Cauda.

Los judíos que llegaron a Moisés Ville fueron estafados y estaban en condiciones muy precarias. Una situación muy distinta a la que vivieron un par de años después quienes llegaron a Entre Ríos, con las garantías del Barón Hirsch. Los piamonteses y los criollos les dieron una mano a los judíos, y así comenzó la historia.

El Museo Rabino Aarón Goldman, el teatro Kadima, el cementerio y las tres sinagogas son parte del legado judío en la Argentina. Pero son, sobre todo, parte de la historia de un país. Más que de los judíos en la Argentina, todo eso nos habla de lo judío como parte de la identidad argentina. Una identidad plural, coral, integradora.

Ingeniero Sajaroff es una de las colonias judías más pequeñas, cerca de Basavilbaso. Su sinagoga no funciona, pero es un lugar histórico que se puede visitar. Camino a Sajaroff, a dos kilómetros del pueblo, está el Cementerio de Manecos. Negros que eran esclavos en Brasil y cruzaron la frontera porque aquí eran personas libres, con las leyes que se implementaron a partir de la Asamblea del Año XIII.

Los negros y los judíos convivían en Sajaroff. Y hasta hay registros de fiestas en común, donde sonaban los violines del klezmer con los tambores de ascendencia africana. Todo en territorio argentino, en la llanura de los gauchos judíos y los negros libres.

Si Pekerman es el último descendiente directo de los gauchos judíos, Juan Pablo Sorín es parte de otro arquetipo, otro lugar común nacional: el judío de clase media, intelectual, profesional y progre. Una identidad muy reconocible, aunque poco frecuente en un futbolista.

Cuando irrumpió en el mundo del fútbol, Sorín ya era un bicho raro: un pibe que leía a Cortázar, que tenía un programa de radio en La Tribu, que no escuchaba cumbia, sino rock nacional, que no venía de un hogar pobre y que su papá era arquitecto y decano de la FADU, en la UBA. Un Valdano con otro origen social. Y judío.

El Mundial 2006 fue el primero que se jugó en la Alemania unificada. El anterior, el de 1974, se había jugado en la Republica Federal de Alemania, cuando el país estaba dividido entre un territorio dominado por los Estados Unidos y otro dominado por la Unión Soviética. Una división de Alemania pactada por las potencias mundiales, tras la derrota del eje en la Segunda Guerra Mundial.

Antes de la llegada de Hitler al poder, en 1933, el fútbol alemán tenía a muchos futbolistas judíos. Dos de ellos fueron los únicos dos judíos que jugaron para la selección alemana en la historia: Julius Hirsch y Gottfried Fuchs.

Fuchs nació en 1889 y como futbolista logró un récord mundial: en los Juegos Olímpicos de 1912 hizo diez goles en el partido en el que Alemania le ganó a Rusia 16 a 0. Este récord fue batido en 2013. Sin embargo, entre 1933 y 1945, la Federación Alemana de Fútbol borró todos los registros de Fuchs. Alertado sobre el peligro que corría su vida durante el nazismo, Fuchs emigró a Canadá.

Fuchs murió en febrero de 1972, el mismo año en el que se realizaron los Juegos Olímpicos de Munich, los primeros en Alemania desde Berlín 1936, los de Hitler, los de la película de Leni Riefensthal.

Un año antes del comienzo de Munich 72, el exfutbolista y entrenador de la selección alemana de entonces, Sepp Herberger, solicitó al vicepresidente de la Federación Alemana de Fútbol (DFB), Hermann Neuberger, que convocara a Fuchs como invitado de honor a un partido internacional, con motivo del 60 aniversario de su participación con la selección alemana. Pero inexplicablemente, el Comité Ejecutivo de la DFB se negó, argumentando que sentaría un precedente desafortunado. Sí, eso dijeron.

El otro futbolista de origen judío que jugó en la Selección de Alemania fue Julius Hirsch. Hirsch formó una delantera muy poderosa junto a Fuchs en el Karlsruhrer FV, con el que ganaron la liga de 1910. Pero su carrera futbolística tuvo una pausa: Hirsch se alistó y sirvió durante cuatro años al ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial. Por su desempeño en la guerra y los servicios a su patria, fue condecorado con la Cruz de Hierro.

Luego de la guerra, volvió a jugar al fútbol y luego continuó como entrenador. Con la llegada de los nazis al poder, Hirsch pensó que no lo tocarían. Era un héroe de guerra, además de un ex futbolista y un entrenador muy conocido. Sin embargo, fue detenido y trasladado al campo de exterminio de Auschwitz, donde seguramente murió, porque no se tienen registros. Técnicamente es un desaparecido.

Si hoy alguien puede preguntarse por qué no hay negros en la selección argentina, es perfectamente lógico que en 2006 un argentino se preguntara por qué no había judíos en la Selección de Alemania. Sin embargo, aquello hubiera sonado a provocación. ¿Por qué es que la pregunta hoy sobre la Selección parezca válida?

Lo woke trabaja con una idea de minorías. Y estas minorías requieren cuidado. Si el marxismo procura ser la vanguardia de la clase obrera, lo woke se erige como la vanguardia de un montón de grupos que, necesariamente, tienen que seguir siendo eso, grupos, minorías. Hay allí una actitud paternalista y de ejercicio de poder. A las minorías hay que cuidarlas, y esos cuidados los definen las mayorías. Pero además esas minorías funcionan como reservas de una pureza que, en los hechos, no existe.

Lo woke es la etapa superior de una segregación que viene de muchos años, o siglos. Es la otra cara de una misma moneda: donde decía segregación ahora dice orgullo. Pero nunca integración. Nunca sumar una identidad a algo más general, que tienda a que todo confluya en lo que realmente somos: seres humanos en una sociedad.

No existe un país no racista. Y la Argentina es un país con muchos, muchísimos problemas. Entre ellos, cierto racismo. Pero el racismo, si bien existe, no es el que se cree desde la lógica woke europea o, sobre todo, estadounidense. La identidad argentina se construye sobre el mestizaje, sobre la convivencia, sobre coger todos con todos.

En 2016 se estrenó una película dirigida por Alejandro Parysow y protagonizada por Juan Gil Navarro y Valeria Correa. El guión lo escribimos Ale, Carlos Perrotti y yo. La película se llama Campaña antiargentina y cuenta la historia de la Logia Cisneros, que, con el nombre del último virrey en el Río de la Plata, busca la destrucción nacional. Lo Logia mandó a matar a Carlos Gardel, a Evita y al Che Guevara, y robó las manos de Perón. La enfermera que llevó a Diego al antidóping en el 94, también integraba la Logia. Un delirio.

En la película imaginamos que aquella consigna con la que los milicos de la dictadura buscaban desacreditar la lucha de los organismos de derechos humanos, en realidad tenía un alcance mucho mayor y terrorífico. Insisto, un delirio. Un delirio que, diez años después, parece haberse hecho realidad. O al menos hay gente que pretende hacernos creer que es verdad.

La película puede verse en Cinear, al menos mientras siga existiendo esa plataforma. Tiene cameos de Adrián Suar, Nancy Dupláa, Andy Kusnetzoff y Daniel Melingo. Ale Parysow es uno de los editores más importantes del cine argentino (uno de sus últimos laburos fue en El Eternauta) y Campaña antiargentina es su única película como director.

Pensar a la Argentina como un “país racista” es una idea ridícula. Casi tanto como pensar que realmente existe una “campaña antiargentina”. Pero luego de descartar esta etiqueta, no está de más pensar en qué sí somos racistas. E ir aún más allá: qué significa, realmente, eso de ser argentino. Una hipótesis: no es casual que estos planteos, que estas preguntas, surjan en torno al fútbol, al Mundial y a la Selección.

 

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