Sin embargo, la reunión de la Celac de este domingo terminó sin una declaración de consenso sobre la situación de Venezuela…

Sí. Ahí me remito a la última reunión de la Celac, en Santa Marta, en la cumbre Celac-Unión Europea. En el punto ocho de la declaración se dice: “Reiteramos nuestra oposición a la amenaza o al uso de la fuerza y a cualquier acción que no sea conforme con el derecho internacional y la carta de las Naciones Unidas”. Esta es una declaración que firmaron todos, menos Venezuela y Nicaragua. ¿Se dan cuenta? Fue muy dramático para nosotros. Insistimos mucho en que lo firmara Venezuela, hasta último momento la iba a acompañar y finalmente no lo hizo.

¿Qué quiero decir con esto? Que hay margen para acuerdos. Yo creo que hay que dejar pasar un poco de tiempo para que se vaya ubicando la magnitud de lo que está pasando y para que dejemos de mirar solamente aspectos que puedan servir para una discusión menor de política. Con esto no estoy diciendo que hay que uniformizar las posiciones, pero hay un problema muy superior ahora. Estados Unidos planteó un problema que trasciende ampliamente el debate que siempre tuvimos sobre Venezuela. Necesitamos que la región tome conciencia del riesgo que está corriendo. Eso va a ocurrir y va a haber condiciones para que haya al menos mínimos comunes de consenso. Ese es el único camino posible.

Habrá veces que lo logremos y otras veces que no, [pero] ese es el esfuerzo de Uruguay: construir región. Y eso vale más allá de los gobiernos. Hay que aprender de los errores, y esto vale también para la reflexión de la izquierda y del progresismo: no podemos pensar procesos que sólo se sostengan en afinidades ideológicas. Necesitamos construir, aunque sea menos potente, visiones compartidas que resuelvan problemas concretos.

Cada vez que queremos hacer una declaración estamos más lejos de los consensos, [pero] cuando nos dedicamos a trabajar en temas concretos estamos más cerca. Esa es la tarea de esta etapa, y ojalá no retrocedamos en eso. Lo peor que nos puede pasar ahora es que nos dividamos y que nos dividan, porque esa es la historia de América Latina. Por eso nunca hemos logrado alcanzar niveles de desarrollo, por eso no hemos logrado salir del estatus periférico que hemos tenido siempre, por eso no hemos logrado influir en la política internacional y en el nuevo orden que está en construcción.

Es un año bastante desafiante para “construir región”. Chile va a cambiar de signo radicalmente y Brasil y Colombia tienen elecciones este año. ¿Cómo puede cambiar el panorama?

Vuelvo a decir que la consigna es la unidad más allá de las diferencias ideológicas, y que, por lo tanto, hay que buscar dónde están los consensos posibles. Ese es otro problema que ha tenido la política exterior de la región, también la de Uruguay, el de aterrizar a temas concretos. Nosotros necesitamos que la gente entienda que la política internacional es parte de la solución de los problemas concretos; si eso es así, vamos a encontrar muchas más razones para cooperar y articular posiciones conjuntas.

Hay que evitar forzar la división, porque la división es el veneno de nuestra región. Nosotros necesitamos construir la capacidad de escala que le permita a nuestra región ser un actor a nivel internacional. Lo que está en debate ahora es cómo se ordena el mundo, y eso no se resuelve ni escondiendo la cabeza ni creyendo que podemos hacerlo individualmente; serían dos errores. El tercer error sería asociarse a un bloque, creer que tenemos que pertenecer a una de las partes de la polarización global. Por eso es tan importante el viaje del gobierno uruguayo a China y, al mismo tiempo, negociar con la Unión Europea.

¿Se puede negociar con Estados Unidos?

El nivel de pragmatismo que tiene el gobierno norteamericano muchas veces habilita que ciertas discusiones sean mucho más simples que con otros países. Ahora, claro, no con estas lógicas de intervención militar.