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LA PANDEMIA Y LOS ENTRERRIANOS POR EL MUNDO (VI)

Coronavirus: la alegría ya no es brasilera

Desde San Pablo, la ciudad más grande del Brasil, Eduardo Sincofsky –psicólogo y periodista uruguayense– cuenta cómo se vive la pandemia en aquella parte del mundo, donde el desafío es doble: el coronavirus y Bolsonaro.

Por EDUARDO SINCOFSKY (*)

Ver también: Cómo se vive la pandemia en el resto del mundo, en primera persona

La Avenida Faria Lima en San Pablo, centro neurálgico en términos de negócios, totalmente desierta (Foto: Eduardo Sincofsky).

 

Vivo en Brasil desde julio del 2002. Llegué al país entre el periodo final del mandato de Fernando Henrique Cardoso y el inicio de la campaña de lo que sería a la postre el primer mandato de Lula (aún recuerdo el “Lula Lah, brilla una estrella” estremeciendo a todo el mundo en su época). Pasé cuatro años en Río y llevo 14 en San Pablo. Casado con una brasileña, tengo dos hijos: una nena carioca de 15 y un paulista de 11. Todos cuervos de ley, aún a la distancia.

Como en casi todo el mundo sufrimos el confinamiento de forma angustiante. Calles vacías, poca circulación de autos y personas, algún que otro ómnibus. En Brasil la restricción no es compulsiva, no hay policías en la calle preguntando adónde se va. Se dio primero de manera espontánea y autodefensiva en los barrios más acaudalados, y luego se extendió con el cierre de escuelas desde la semana pasada y comercios desde ayer (martes 24 de marzo). El transporte público funciona para poder facilitar el desplazamiento de quienes trabajan en servicios esenciales: allí surge un primer efecto nocivo: relatos de trabajadores que son hostilizados en vagones de trenes y subtes. “Salí del vagón, enfermo” le dicen a quienes trabajan en hospitales y visten ropa blanca de trabajo, retrata hoy el diario O Estado de São Paulo. Los mismos trabajadores del subte tienen miedo de estar expuestos al virus. Pensemos que en un día normal, circulan casi ocho millones de personas en subtes y trenes de San Pablo. Aun diezmado el servicio, son millares quienes lo utilizan.

Mis hijos tienen clases virtuales, siguen la rutina de la escuela en casa. Mi hija mayor tiene clases de las 7,15 a las 15, y el menor de 11 desde las 8 hasta las 13. No es así en todas las escuelas. Diría que hay tres grandes grupos: quienes mantienen la rutina normal de horarios de manera virtual (escuelas más privilegiadas de la red privada), quienes siguen ejercicios posteados por sus profesores, sin compromiso horario fijo por día (escuelas públicas y privadas), y escuelas del Estado de zonas más periféricas que directamente dieron vacaciones (a cuenta de las de invierno, que aquí son de 30 días).

Como vi que también pasa en Buenos Aires, crece enormemente aquí en San Pablo la compra de supermercado online, y algunos ya están saturados, o realizan entregas de aquí a 15/20 días. Como punto destacable, muchos supermercados abren de 6 a 7 de la mañana con atención solo para personas mayores de 60 años.

Brasil vive estos días una pelea doble: al coronavirus se le suman los vaivenes inexplicables y casi suicidas del presidente Jair Bolsonaro.

Si buena parte del mundo lucha contra el coronavirus y sus efectos, Brasil vive estos días una pelea doble: a la pandemia se le suman los vaivenes inexplicables y casi suicidas del presidente Jair Bolsonaro. Aun estamos digiriendo el discurso en cadena nacional del presidente de ayer (24 de marzo) en el cual una vez más minimiza el virus (una “gripezinha / resfriadinho”), llama a la ciudadanía a volver a la normalidad, cuestiona que se cierren escuelas “si el riesgo es para personas mayores de 60 años”, carga nuevamente contra los gobernadores de São Paulo y Rio de Janeiro (donde están casi dos tercios de los casos) por sus medidas restrictivas al comercio. Juega todas sus cartas a una lotería: que el virus sea menos letal en estos trópicos. Y desafía, ademas del sentido común, a las propias medidas de su ministro de Salud, que dicho sea de paso es de lo mas sensato que tiene su gabinete.

Nada de esto es gratis para el presidente. Como habrán leído, Brasil ya va por el octavo día consecutivo de “panelazos” en sus grandes capitales. Por primera vez nos sumamos en casa con fuerza a darle a las ollas, en los anteriores teníamos que aguantarnos la furia insensata de una turba enloquecida por sacar al PT (sin desconocer los errores cometidos). Los panelazos actuales tienen múltiples lecturas: por un lado, expresan el descontento antes medidas absurdas del presidente, que se prueba en diversas encuestas de opinión, con la erosión de su propia base de electores. Es la reacción casi instintiva frente al absurdo. Es canalizar la libido en un ser que ya generaba muchas antipatías, pero que hoy logra sumar a propios y extraños en su contra.

En lo personal, hay una mezcla de rabia e incomprensión. Lo mas difícil de estos días es encontrar equilibrio psíquico, pensar en positivo, prever cuándo la crisis pasará, cuándo podré ver a mis queridos padres en mi Argentina natal. Tener informaciones claras y seguras, ademas de sentir que el país tira para el mismo lado es fundamental. Y aquí la grieta local (sí, Brasil tiene su grieta) se coló con fuerza. Empresarios y pro Bolsonaros defendiendo “la economía/ puestos de trabajo” versus quienes piensan que lo prioritario es defender vidas, evitar el colapso de hospitales y luego pensar como minimizar los efectos en la economía y personas con mayores necesidades. Sintomático que parte del sector financiero pide un “Plan Marshall”, los mismos que durante años pregonaban libertad de mercado, y todo su derrotero.

Lo mas difícil de estos días es encontrar equilibrio psíquico, pensar en positivo, prever cuándo la crisis pasará.

Los panelazos también tienen sus formas de delivery: circulan en las redes de whatspps innumerables músicas de cacerolas tocando, que amplificadas con cajas de sonido, hacen un lindo barullo en los balcones del país. Y en Spotify hay también versiones con gritos y palabras de orden.

No todo es furia y descontento. Pululan en diversos ámbitos diferentes estrategias de cooperación, acercamiento al “otro”, pensar una ciudad/país mas colaborativo y solidario. Personas que confeccionan máscaras protectoras en casa y las distribuyen en barriadas de forma gratuita. Iniciativas que ayudan a ancianos a hacer las compras, propuestas de compras de alimentos colectivos, ayudas para lidiar con el mundo digital para adultos, empresas de cerveza que producen Alcohol en Gel. Páginas en facebook que organizan las ofertas de ayudas y pedidos. Sites para patrocinar campañas de apoyo a pequeños emprendedores autónomos, realizando compras anticipadas con entrega de los productos post crisis.

Como la estructura hospitalaria tiene chances de colapsar, medidas paliativas vienen siendo tomadas. Dos metáforas de la cultura brasileña abrigan estos días dos hospitales de campaña: el Sambódromo de Anhembí y el estadio del Pacaembú en San Pablo, con 2.400 camas entre ambos.

El gran desafío, como en buena parte del mundo, es cómo aumentar la cantidad de test del virus que ayuden a orientar las políticas de aislamiento. Brasil dispone de um instituto central (FioCruz) que produce los test básicamente para el SUS (Sistema Único de Saude), y existen más de 50 startups locales en la carrera para producir los “test rápidos”, de los cuales ocho ya fueron homologados por el Ministerio de la Salud. Se calcula que Brasil tendrá disponibles hasta 22 millones de test hasta agosto de 2020. La ciencia y la universidad públicas brasileras, las mismas que Bolsonaro desdeña y critica, consiguieron en 48 horas aislar y secuenciar el virus en San Pablo (el primer caso detectado fue el 26/2, el 28/2 fue aislado, tiempo récord en el mundo).

Dos símbolos de la cultura brasileña abrigan estos días hospitales de campaña: el Sambódromo de Anhembí y el estadio del Pacaembú en San Pablo, con 2.400 camas entre ambos.

En lo personal, siento mucho la falta del contacto diario con la alegría innata del brasilero, esa natural buena onda, educación y respeto que se respira en la mayor parte de las interacciones. Vivir en una San Pablo sin brasileños serií “infumable” prácticamente. La diferencia está en las personas. Y las personas hoy se reducen a la virtualidad, a sus expresiones en memes o chistes. Como muchos otros, estamos tratando de sortear eso con videoconferencias, aunque reconozco que hay más encuentros virtuales con argentinos que con brasileños, en este caso más reducidos al ámbito laboral.

Nos queda entonces, en el medio de los dilemas diarios de cómo poder seguir trabajando desde casa y organizar los horarios/espacios con los chicos, sumergirnos en la batalla virtual, la grieta que produce un sinnúmero de memes a favor y contra el Presidente (desde ya que son muchos más contra). Y allí afloran todo tipo de narrativas, desde las más ideológicas a las más creativas.

Hay algo que me falta y nadie mejor que la gente entrerriana para entenderlo: desde el lunes andamos a las peleas con la yerba mate gaúcha, que como muchos habrán experimentado, es finita (un “nesquick verde” dijo un amigo de Concepción ayer al ver la foto), se mete en la bombilla entrerriana, se aspira y se tapa. Ayer lo resolvimos chapuceando un filtro que quedo algo más parecido a mate cocido que otra cosa. En tiempos de Coronavirus & Bolsonaro, un buen mate es un antídoto indispensable. ¡Vamos por él!

 

 

 

(*) Psicólogo (UBA), periodista egresado de TEA, master en Análisis de Opinión Pública (UNSAM). Casado, 48 años, dos hijos (15 y 11). Trabaja en investigación de mercados desde hace 20 años. Vivió en Bolivia donde trabajó en consultoría política.

 

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