Falleció el pasado 2 de abril en La Plata, pocos días después de celebrar sus 80 años. Radicado en Concepción del Uruguay durante cuatro décadas, fue un respetado hombre de la justicia, un reconocido docente y un ciudadano sensible y comprometido, de gran sensibilidad artística, y que había sufrido en su propia familia el horror del terrorismo de Estado.
REDACCIÓN de EL MIÉRCOLES
Enrique Augusto Bugnone murió el 2 de abril pasado en La Plata, adonde vivía desde 2010, y a pocos días de haber celebrado sus 80 años.
Había nacido el 18 de marzo de 1946 en Gualeguaychú, hijo de Elvira Cepeda y Enrique Bugnone, en el seno de una familia numerosa en la que era el tercero de siete hermanos y hermanos. Esa matriz familiar —hecha de cercanía, afectos persistentes y una memoria compartida— lo acompañó a lo largo de toda su vida. En Concepción del Uruguay desarrolló su labor como funcionario judicial, pero también en la docencia, y formó su familia. Tras su jubilación, en 2010 se instaló en La Plata.
Estudió derecho, primero en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y culminó la carrera en la Universidad Nacional del Litoral (UNL), en Santa Fe. Antes, al concluir la secundaria, se había recibido de maestro normal.
La llama de la docencia también se expresó a lo largo de su itinerario, ya que años después fue docente de la Facultad de Ciencias Jurídicas en la UNLP y en la Universidad de Concepción del Uruguay (UCU), además de la Universidad Tecnológica Nacional (UNT), y el Profesorado de Historia de la Escuela Normal.
También fue docente titular de la cátedra de Ética, Deontología y Bioética de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER) y co fundador del Comité de Bioética de la Investigación de la misma facultad.
Durante la última dictadura cívico militar, impulsó junto a otras personas la creación de una cooperadora en la cárcel, para mejorar las condiciones de vida de las personas privadas de la libertad.
En su juventud participó de obras de teatro dirigidas por sus padres, y toda su vida cantó con su guitarra en público y en sus ámbitos cotidianos. Teresa Parodi, Serrat y Alfredo Zitarrosa eran algunos de sus referentes, aunque también le apasionaba la música clásica.

En 1972 se casó con Marta Pardo, platense, su compañera de vida, a quien conoció en la isla Libertad. Con ella se instaló en Concepción del Uruguay, ciudad donde vivió hasta 2010, casi cuatro décadas.
Ingresado al Poder Judicial en 1971, en La Histórica fue secretario, defensor de pobres y menores —cargo que ejerció con particular orgullo— y luego fue juez y camarista laboral. Su nombre quedó asociado a un modo de ejercer la justicia sin exposición ni estridencia, sostenido en el trabajo constante y en una presencia de bonhomía que recuerdan todas las personas que trabajaron con él.
Enrique y Marta tuvieron tres hijas: Carolina, Florencia y Ana, sus grandes amores. Tuvo dos nietas y tres nietos, con quienes compartía de igual a igual charlas, música, paseos, ideas y proyectos. Tenía adoración por cada uno de ellos y ellas.
La dictadura como marca indeleble
Enrique sufrió en su familia y en carne propia los años del espanto: dos de sus hermanas, María Elena y Marta Elsa Bugnone, fueron víctimas del terrorismo de Estado durante la última dictadura y permanecen desaparecidas. Marta estaba embarazada. Enrique murió sin haber podido recuperar sus restos y sin haber podido conocer a su sobrino o sobrina, que su familia sigue buscando.
En 1975 habían allanado su casa de Concepción del Uruguay en busca de personas escondidas, armas, o rastros de actividad política. Previamente a este episodio, habían tenido que quemar libros y discos prohibidos.
La presencia de Enrique en las marchas en cada Semana de la Memoria, a partir del momento en que se retiró de la labor judicial, pasó a ser una constante.
En una entrevista con Radio Nacional Gualeguaychú, (algo infrecuente en él) Enrique marcó el lugar central que ocupaba esa experiencia en su vida, la presencia constante de sus hermanas y la lucha por la memoria por todas las víctimas: “Lo central siempre es recordarlas, tenerlas presentes. A mis hermanas las recuerdo diariamente y siento que me interpelan con lo que hicieron, con la vida que eligieron, con aquello por lo que se jugaron. Me acompañan en mi vida personal y profesional, y van a seguir estando conmigo hasta el final”, dijo entonces, en marzo de 2021, ya radicado en La Plata.

El arte y la sensibilidad social
Enrique brindó charlas en Gualeguaychú y Concepción del Uruguay en distintas ocasiones: ética, eutanasia, muerte digna, temas que le interesaban particularmente. Dio capacitaciones en el marco de la anterior gestión municipal de Gualeguaychú, conducida por el justicialismo.
También presidió la Biblioteca Popular El Porvenir de Concepción del Uruguay. Gran lector, lo hacía todo el tiempo, pero también escribía poesía y amaba el teatro y la música. Durante estos últimos años realizó diferentes aportes invaluables para el nacimiento de la librería “Librerío” de Gualeguaychú y sostuvo su acompañamiento y apoyo con felicidad y orgullo.
Siempre estaba preocupado por la situación social, política y económica del país: jamás fue indiferente a los dolores y sufrimiento del pueblo.
Luego de su jubilación cursó talleres de filosofía, arte, literatura, historia, entre otros temas, en el Programa de Educación Permanente para Adultos Mayores (PEPAM) de la UNLP.
Salía a caminar todos los días y amaba tomar mate a la vera del río. Conversaba mucho con sus afectos, con su familia, con sus amistades: tenía un gusto por el diálogo, el debate, el pensamiento. Y no podía evitar ayudar económica y afectivamente a quien supiera que lo necesitaba, a allegados y no tanto.
Testimonios y homenajes
El profesor Jorge Manuel Brun lo despidió con estas palabras: “Justamente por lo multifacético de sus intereses y sentimientos, al conocerlo era posible descubrir el mundo muy rico que anidaba en su interior. Su interés por los demás, por la situación del otro y por la sociedad, y su compromiso por los más débiles, daban cuenta de un espíritu sensible y solidario. Sus reflexiones eran profundas y certeras y su pensamiento, siempre alejado de lo banal, ayudaba a construir ideas sin necesidad de imponerlas”.
Norma Retamoza conoció a Enrique como compañero en la docencia en la Licenciatura en Enfermería (UNER) y celebra “el hermoso ‘tiempo a lo hondo’ que compartí con él, que como tiempo de reloj seguro no fue mucho; pero fue más que suficiente para que me dejara huellas. Su andar pausado, su sonrisa amable, su charla amena, tu tiempo siempre disponible para una respuesta que se le requería, el amor y la defensa a la enfermería, el acompañar siempre con un consejo, una aclaración, una interpretación ético legal, con alumnos y colegas, brindándonos su experiencia sin retaceos. Mi recuerdo entrañable está ligado a ese ser y hacer del Dr. Bugnone, le doy un gracias inmenso al profesor, al compañero de luchas, al que siempre estuvo cuando la carrera lo necesitó”.
Enrique sufrió en su familia y en carne propia los años del espanto: dos de sus hermanas, María Elena y Marta Elsa Bugnone, fueron víctimas del terrorismo de Estado durante la última dictadura y permanecen desaparecidas. Marta estaba embarazada. Enrique murió sin haber podido recuperar sus restos y sin haber podido conocer a su sobrino o sobrina, que su familia sigue buscando.
El abogado Héctor Fidel Rodríguez recordó que lo conoció desde su llegada a La Histórica y evocó otras facetas, como la preocupación por lo humano en su labor judicial: “Desde esa época conozco tu especial sensibilidad para las cuestiones sociales, cuando por ejemplo participamos de la cooperadora de la unidad penal, donde desarrollamos varias acciones para mejorar las condiciones de los internos”. Y también la artística: “El especial interés por el mundo del teatro, la literatura y la música. Alegraste muchas de nuestras reuniones con la guitarra y el canto que interpretabas muy bien y con tu especial sentido del humor”.
En su faceta como docente, destaca el profesor Gustavo Sirota: “A Enrique lo tuve como docente en el profesorado de Historia a mediados de los 80, y lo volví a tener años después en Derecho Laboral, en la carrera de abogacía. Sus clases eran excepcionales. Lo recuerdo siempre atildado, pausado en el desarrollo de la clase, con un conocimiento muy sólido. Era un placer ir a sus clases. Además era muy humano en el trato, en las evaluaciones. Un profesor brillante, una persona muy lúcida y muy cálida, muy afectuosa, en el aula y fuera de ella. Tengo el mejor de los recuerdos de él: una persona íntegra, eso era Enrique”.
El ex secretario de Salud de Gualeguaychú, Martín Roberto Piaggio, destacó sus aportes a la salud pública: “Enrique dejó una huella muy valiosa en la construcción de la salud pública de Gualeguaychú, no sólo por su enorme conocimiento compartido, sino también por su generosidad y compromiso permanente. Acompañó con dedicación procesos muy importantes, como la capacitación de equipos de salud y el impulso a la creación del Comité de Bioética, aportando siempre una mirada profunda, humana e interdisciplinaria. Sus intervenciones contribuyeron a pensar una salud más justa, más ética y más cercana a las personas. Estuvo disponible cada vez que se lo necesitamos, con calidez, claridad y verdadera vocación de servicio. Las capacitaciones que brindó, su acompañamiento y sus aportes concretos en la construcción institucional son solo un reflejo de su solidaridad y compromiso. Recordarlo es también agradecer, su sensibilidad y el legado que permanece entre quienes tuvimos la suerte de aprender y compartir junto a él”.
En la evocación de su sobrina María Marta Simon, reaparece la sensibilidad: “Enri era un lector agudo y culto, un músico de voz clara y melodiosa, un hombre del juego y de la estrategia, pero también alguien que sabía escuchar y decir, con un humor sutil, inteligente y preciso, que aparecía en el momento justo”.
La memoria familiar suma otras escenas. Su sobrino, Pablo Bugnone lo evocó como padrino y cómplice: “Era el que sobresalía con su voz cantando en las reuniones familiares, el que cruzaba el río en la canoa y el que encontraba siempre la manera de hacernos reír”.
Julian Froidevaux lo despidió con una frase que sintetiza memoria y proyección: “A pesar de que las sombras pretéritas quieran conjugar cada enunciado que nos vincule con él, resistiremos con su memoria viva y compartida”.
La tristeza y la lucha
En esa misma entrevista que mencionamos, Enrique también señaló respecto a la búsqueda de sus hermanas: “La tristeza está siempre, permanece, pero cada uno la atraviesa como puede. En mi caso, encontré también una forma de seguir en la lucha, en los juicios, en la búsqueda. Y eso ha sido importante, porque permitió que muchos responsables terminaran condenados. Eso no devuelve nada, pero tiene un valor profundo”.
En ciudades medianas como la nuestra, donde todavía las trayectorias conservan dimensión humano, donde todavía hay espacios urbanos en los que sentimos que “nos conocemos todos”, esas facetas no se separan: un funcionario judicial o un docente universitario es también alguien que canta, que toma posición, que deja huella más allá de expedientes o exámenes. Enrique Bugnone fue eso y fue también alguien que cargó con una historia que no eligió, pero que asumió sin impostación: la de una familia atravesada por el terrorismo de Estado, la de una búsqueda que —como él mismo dijo— es permanente. Su personalidad rica y multifacética deja una huella que permanecerá en quienes tuvieron la dicha de conocerlo en cada de las comunidades donde desplegó su sencilla y profunda bonhomía.
Fotos:
Archivo EL MIÉRCOLES
Facebook de familiares y amistades
Agradecemos a la familia de Enrique los datos y testimonios para esta despedida.
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