Narrador, profesor de varias generaciones, escritor de honda sensibilidad, poeta, investigador, historiador y ensayista, dos veces Premio Fray Mocho, el "Flaco" Izaguirre falleció este jueves, faltando un mes para cumplir sus 90 años, dejando una huella inconfundible de la que en esta despedida se detallan algunos rasgos.
A.S., de la REDACCIÓN de EL MIÉRCOLES
La comunidad uruguayense y la literatura entrerriana despiden hoy a una de sus voces más valiosas, hondas y sensibles: en horas de este jueves 11 de junio falleció el poeta, ensayista y profesor Héctor César Izaguirre, premio Fray Mocho en 1974 y en 1981. Algunas figuras de la literatura entrerriana, entre ellas varias que fueron iniciadas en las letras por el Flaco, como afectuosamente le llamaron sus estudiantes, lo despidieron con palabras muy sentidas. Compartimos aquí conceptos de Luis A. Salvarezza, Daniela Churruarin, Orlando Van Bredam, Marga Presas y Juan Meneguin.
Su amplia obra literaria abarca géneros diversos que muestran su extensa fruición por el saber, pero donde la literatura hispanoamericana, y en particular las letras entrerrianas, ocuparon un espacio central.
El Flaco había nacido en San José (departamento Colón) el 16 de julio de 1936. En Colón se graduó de bachiller y luego realizó sus estudios del Profesorado de Castellano, Literatura y Latín en el instituto de Paraná. Tras egresar se instaló en Concepción del Uruguay, donde por décadas introdujo a varias generaciones en el universo de la creación literaria. Dictó clases de Castellano y Literatura en el histórico Colegio del Uruguay y en la Escuela Normal, y en el Profesorado de esta última, donde fue uno de los docentes emblemáticos.
Allí también, en la Escuela Normal de Concepción del Uruguay, estuvo entre los principales impulsores de la revista SER, cuyo consejo de redacción integró desde el primer número, en 1962. En sus páginas publicó numerosos ensayos, además de algunas de sus poesías. Allí se publicó su “Canto a Entre Ríos”, extensa poesía que obtuvo el primer premio en los Juegos Florales organizados por la Dirección de Cultura de Entre Ríos en el año 1979. Obtuvo el premio Fray Mocho, el más importante de la creación literaria entrerriana, en dos ocasiones, en ambas en coautoría y en el mismo rubro, Ensayo: en 1974, con Julio Pedrazzoli (“Manual de la prosa literaria entrerriana”) y en 1981, con Laura Erpen (“Defilippis Novoa: una dramaturgia al servicio del hombre”).
Como ensayista, Izaguirre es autor de una valiosa y extensa obra. Fue colaborador de la monumental Enciclopedia de Entre Ríos que editara Arozena en los años 70 y 80, en los tres tomos dedicados a la literatura de nuestra provincia. Su compromiso con las letras entrerrianas se concreta en ensayos sobre la obra de Carlos Mastronardi, de Martiniano Leguizamón, de Samuel Eichelbaum, de Juan José Manauta, de Amaro Villanueva, entre otros. Formó parte del equipo que editó los Cuentos Completos Manauta para la EDUNER, editorial universitaria con la cual también colaboró en la colección “Tierra de Letras”.
Su poesía se publicó en obras como De otoño y raíces encendidas (Río de Los Pájaros, 1997), Adán y Eva en destierro y otros poemas (Dunken, 2013) y la reconocida Sinfonía gualeya: de Ñamandú, escrituras y río serpiente de costas imprecisas (Dunken, 2010), poemarios que expresan su pasión persistente de indagar en las raíces profundas de la cultura regional, como dice Juan Meneguin: “no buscando cantar una fácil nostalgia sino recuperar un pasado para legarlo. Encender las nutrientes del suelo para que la savia regrese con más vigor, ‘ascendiendo desde el ardoroso aleluya de la sangre’, hacia una epifanía de campos labrados hasta el próximo amanecer”.

Durante quince años fue vicepresidente de la Sociedad de Escritores (SADE) filial río Uruguay; fue miembro de la Junta de Historia de Entre Ríos. Fue premiado en concursos de poesía en Mendoza y de cuento en el certamen de la Asociación Entrerriana General Urquiza. Le fue otorgado el Premio al Mérito por la Dirección de Cultura de Entre Ríos y colaboró regularmente en varias publicaciones como El Mirador, Comarca y universo (publicación de la Junta de Historia de Entre Rios), Letras de Buenos Aires, Milenio y antologías como A tiempo, de la SADE filial Río Uruguay.
Como ensayista publicó también El Colegio del Uruguay y la Fraternidad. Visión de sus ex alumnos y ex internos fraternales 1849-1949 (Dunken, 2007), una valiosa investigación donde refleja instancias esenciales de los primeros cien años de vida del Histórico Colegio fundado por Urquiza.
El Flaco fue también jurado de concursos literarios, dictó charlas y conferencias, y hasta hace poco tiempo, mientras su salud se lo permitió, fue un generoso anfitrión de quien fuera a consultarlo para saber un poco más sobre cualquiera de los rubros en los que su sensible inteligencia había profundizado a lo largo de su labor creadora.
En 2020 el profesor Izaguirre despidió a su compañera de toda la vida, Crispina Pagola, Pini, también docente y escritora, con quien tuvo a su hija, Andrea.

EL RECUERDO AGRADECIDO
Luis Alberto Salvarezza fue primero su alumno y luego su amigo y colega. Además ilustró la portada de su imprescindible Sinfonía gualeya. Lo despidió con estas palabras:
“Decir Héctor César Izaguirre es decir: profesor; el buen profesor de Literatura Argentina e Hispanoamericana. Es nombrar al hombre que me invitó a gustar del ensayo y la poesía, nuestra poesía. Es el ensayista y poeta que te movilizaba desde esos lugares y lo hacía conversando, comentándote. Estaba al tanto de todo lo que ocurría en nuestras letras. También era el hombre que te orientaba y alentaba. Por eso fue también un compañero e innumerables fueron las actuaciones conjuntas. El que no sólo me permitió el acceso a la Revista SER, al Círculo de Literatura, sino el que citó al alumno y le dedicó algunas páginas y le permitió que ilustrara su obra. Por eso en el tener que nombrarlo va todo mi agradecimiento y reconocimiento. Y este abrazo afectuoso. Q.D.P.”
Daniela Churruarin, poeta e investigadora, nos envió estas bellas palabras en donde lo evoca en recuerdos recientes:
“Una mañana de invierno de 2019, el profesor Héctor César Izaguirre me recibió en su casa de Concepción del Uruguay. No nos conocíamos, pero ambos nos habíamos leído, algo sabíamos el uno del otro, un eslabón encadenaba el destino: su amorosidad con María Esther de Miguel y mi camino tras sus huellas.
La charla fue un precioso vaivén de recuerdos, pormenores, fechas precisas, temas históricos, la amistad de aquel tiempo en el tiempo de la literatura que también los unía. A lo largo de la mañana recorrimos el nacimiento, la escritura y presentación de Jaque a Paysandú en la heroica, como también la trastienda de otra de las grandes obras de María Esther, El general, el pintor y la dama. Volvimos a hablar de los tópicos de la literatura latinoamericana que ambos profundizaron, una en los cuentos, él en sus clases. Volvieron también a la superficie los apuntes de Federico Peltzer, ese amigo en común con quien ambos estrecharon lazos. Al promediar el mediodía de aquel encuentro, cerramos la conversación con las consabidas promesas de volver a reunirnos. Cumplimos en parte, en más de una conversación telefónica. El profesor Izaguirre me obsequió su tiempo, su memoria, y yo solo pude ofrendarle mi escucha agradecida.
Hoy, con la noticia de su partida, volvemos sobre su valioso trabajo sobre el Colegio del Uruguay, su poesía, sus aportes críticos, sus lecturas, su entrega, su demasía. De seguro la tarde se puso triste y la noche cerró sus ojos para recordarnos lo mucho que perdemos con su vuelo”.
Orlando Van Bredam, una de las voces más destacadas de la literatura argentina actual, lo despidió en su facebook compartiendo un relato propio (que reproducimos al final de esta necrológica), precedido por estas palabras:
“Se fue el Flaco Izaguirre, mi profe más querido, mi inspirador, el que me llenó de entusiasmo por la literatura y estuvo con sus 87 juveniles años la tarde en que regresé a Concepción a leer mis poemas. Vaya entonces este recuerdo que ya forma parte de mis memorias, mis dolidas memorias”.
Marga Presas, poeta uruguayense, fue su alumna también y nos acercó este recuerdo:
“El Flaco Izaguirre fue él único que se preocupó por acercarnos a la literatura entrerriana. Héctor y Pini no sólo nos recibían en su casa, también nos abrían las puertas de su biblioteca. Nos prestaban libros que a veces demorábamos mucho en devolver.
A los 20 años no nos sorprendíamos. Nos parecía algo natural. Pasados los años hemos valorado enormemente esos gestos generosos.
Cuando nos recibimos, Pini nos regaló un libro a cada una. Recuerdo que el mío era El Hacedor, de Borges.
Tengo una tristeza inmensa”.
Juan Meneguin, poeta y editor de Concordia, nos envió estas palabras conmovedoras sobre el Flaco:
“No fui su alumno, no estudié en Concepción del Uruguay. Quizás en algún encuentro en Gualeguay o Victoria, él me preguntó si conocía al Miguel, habiéndome escuchado leer aquellos lejanos Cantos apocalípticos y me dijo algo así: 'Me extraña que escribas poesía en Concordia'. Y yo me reí, “todo es posible, hasta cambiar la historia”. “Una vez trabajé –recién recibido-- en la Escuela Victorín, donde el único que podía entender de poesía era Benavento (el hermano del poeta) y todo el mundo me decía “qué vas a enseñar literatura en Concordia, entonces volví... Mi padre era el jefe de correo en Liebig y lo conocía a tu abuelo Ferrier, como a Mateo Zelich o Martí”…
Héctor, o simplemente el Flaco Izaguirre, el último maestro. El que decide irse el mismo día que hace 130 años naciera Juanele. El profe, el poeta, el formador de las mentes más interesantes de la última literatura entrerriana, el de la otra crítica literaria entrerriana, la surgida en la otra costa, en la antípoda paranaense, entre Delio Panizza y Angel Parodi y Linares Cardozo y gracias a ese tren casi fluvial que traía a Francisco Madariaga para reunirse con Luis Alberto Ruiz en Concepción del Uruguay, fue nutriendo su propia voz con eco de los Veiravé y las Ema de Cartosio y las generaciones del ‘40 y del ‘50 y luego los más jóvenes incipientes deslumbrados e iluminados por la poesía como Orlando van Bredam o Marcelo Rogatky y quienes no fueron poetas pero sí encumbrados alumnos como Ana María Silvano… yo no tuve ese privilegio pero celebro al gran maestro que tendía un puente invisible entre la tradición y los nuevos, y podía dialogar con ambos sin caretas mediante. El autor de Sinfonía Gualeya que sometió el juicio final de su obra a la lectura de dos jóvenes entrerrianos, con una gran humildad y cariño.
Soy de una generación casi sin maestros o cuyos maestros vivos llegaron ya habiendo recorrido un camino. Héctor C. Izaguirre fue uno de esos. Hasta la poesía siempre, querido Flaco".

UN POEMA DEL FLACO IZAGUIRRE A LA CIUDAD
Pregones de leyenda abruman sendas
y aquerencian historias,
esfumadas entre rejas, calles solariegas;
el Cabildo, la Iglesia;
salas desvaídas, corredores y hasta patios
que ayer fueran del monte y de las ánimas.
Y así vives y sueñas
junto a esquirlas de gloria
y el paciente dolor de llorar, de sufrir
por todo lo añorado, por todo lo perdido
en el terco vaivén de ciclos insaciables.
Héctor C. Izaguirre
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El contrato
Por Orlando Van Bredam
Estamos en tercer año del profesorado y es la primera clase de Literatura Argentina. El profesor Héctor Izaguirre entra, saluda y se sienta. Después de una pausa pregunta: ¿Qué obras quieren leer? Nos miramos sorprendidos. Es la primera vez que alguien nos consulta, la primera vez que un profesor no trae su programa armado. Insiste: bueno, díganme.
No somos muchos como para no ponernos de acuerdo. Apenas nueve. Ocho mujeres y yo. Entre mis compañeras, hay tres que se llaman Susana, las otras son Lía, Stella Marys, Beatriz, Graciela y María Angélica. El profesor nos conoce de los años anteriores. Insinúo que sería interesante leer a Borges. Una de mis compañeras sugiere que mejor atenernos a los autores que entonces se enseñaban en el secundario, entre los que desde luego, en 1973, Borges no era considerado. Propone la lectura y análisis de Martín Fierro de José Hernández. Me quejo, sostengo que aquellos autores clásicos, escolares, ya tienen suficientes estudios hechos, por qué no leer otros textos.
Finalmente, Izaguirre, escribe en el pizarrón algunos ejes temáticos que permiten agrupar obras de distintas épocas. Al final de la clase, tenemos a Hernández, a Borges, a Marechal, a Sabato, a Bioy Casares, a los nuevos narradores que son entonces Daniel Moyano y Juan José Hernández, entre otros.
Cuando salió el profesor, alguien hizo un comentario desagradable. “El Flaco no preparó la clase, ni la cátedra y se puso a inventar esto”. No dije nada, no supe qué decir ni qué pensar. Con los años, después de atragantarme de pedagogía y didáctica, descubrí que el Flaco Izaguirre había hecho con nosotros, democrática y consensuadamente, un contrato pedagógico. Una verdadera innovación para aquellos años.

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Los restos del profesor Héctor César Izaguirre serán llevados al Jardín de Paz de Concepción del Uruguay, donde se realizará una ceremonia íntima para despedirlo.
Imágenes: archivo de El Miércoles, salvo la indicada
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