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Este virus es trotskista

Los virus, que no saben nada de teoría revolucionaria, han venido a “agudizar las contradicciones”. Si el Estado no distribuye, concede, atiende, cuida, puede ser que la contradicción se agudice a niveles insoportables. En esta columna Quichino De Michele sugiere algunos ejes para morigerar la “agudización de las contradicciones” que parece generar el coronavirus.

 

Por QUICHINO DE MICHELE (Especial para EL MIÉRCOLES DIGITAL)

 

En síntesis apretada y algo banal: el materialismo dialéctico plantea como ley fundamental de la evolución, la existencia universal de la contradicción y sus fuerzas internas para la transformación. (Social, o de las otras, todas, cualquiera).

En las sociedades, la lucha interna entre los contrarios es ininterrumpida y puede ser equilibrada, o estar venciendo las nuevas ideas (dialéctica, reformas, revolución, socialismo, redistribución de las riquezas) o las primitivas (dogmatismo, estancamiento, atraso, capitalismo, empobrecimiento de las masas).

Si las amplias mayorías populares toman conciencia de su condición en medio de estas pujas,  mejoraría la evolución de la contradicción económico-social-distributiva en el capitalismo. Tal la teoría, intentando hacerla fácilmente comprensible.

Hacer que las masas se inclinen  para “este lado” se podría lograr por la educación, la militancia o (más rápidamente) “agudizando las contradicciones” . Y aún colaborando a que esto último suceda, y se suponía que la conciencia de clase mejoraría cuando hubiera más empobrecimiento, más miseria, más concentración de la riqueza, más sojuzgamiento, menos porvenir. Lo que se conoció, años atrás, como la teoría de “cuanto peor, mejor”.

Parece ser ( parece) que esto es lo que sostenía Trotsky, o se desprendió de los debates de la IV internacional, o ambas cosas, o ninguna. Poco importa. Lo que se sabe es que el “extremismo” y la postura a favor de la “agudización de las contradicciones” son calificados de “trotskismo”, sea esto justificado o no.

En “Un lugar en el mundo”, aquella hermosa película de Adolfo Aristarain, un viejo militante setentista, Mario, actuado por Federico Luppi, le prende fuego a la cosecha de los miembros de su cooperativa, con la idea de empobrecerlos completamente, a ver si de una vez por todas se dan cuenta de la necesidad de luchar contra Andrada (el “capitalismo” local) para conseguir mejores precios en la venta de su algodón.

También reafirmó Pilar Calveiro lo que imaginábamos que pensaban las guerrillas de los 70: el “cuanto peor, mejor”: “Y así fue que nada hicieron por impedir las dictaduras y las represiones militares en el cono sur de América“ porque “se esperaba que todo ello permitiera acelerar el momento del triunfo, ya que las masas serían empujadas hacia nuestro lado”.

En los 80 se comenzó a aceptar que la formula “cuanto peor, mejor” o “agudizar las contradicciones” había devenido obsoleta o falsa o no era tan efectiva y real como se creía.

Suponer que las masas oprimidas, perjudicadas y marginadas reaccionarían con aumentos de conciencia y trasformando la realidad no resultó verdadero. Y para malquistar aún más a los “agudizadores”, las socialdemocracias nor-europeas se demostraron más eficaces a la hora de lograr el bienestar colectivo.

Claro que fueron acusadas de “traidoras “ a los obreros, por endulzar el capitalismo y hacerlo soportable.

La experiencia mundial nos  muestra que es mejor tener una vía que nos conduzca a un objetivo, antes que un tren que nos pise.

Pero los virus no saben nada de todo esto y han venido a “agudizar las contradicciones”. Y si antes había poco trabajo, pobreza, desocupación y bajo nivel de sindicalización, ahora aparecen el cierre de empresas grandes y chicas, la miseria, la vagancia y el lumpenismo.

Tal vez no cambie mucho la conciencia de clase. Tal vez no asome la capacidad transformadora, ni  se cree un colectivo mundial social-redistribuidor. Pero sí es posible que aparezcan robos, anarquías  y salvajismo individuales o grupales.

Lo que el Estado no haga por la redistribución de la riqueza, lo harán los particulares, por mucha reja vertical bloqueando, y soldadesca horizontal que haya reprimiendo. Parece que el hambre no crea conciencia de clase pero tampoco deja alternativas.

Es el Estado el que debe “suavizar” y “endulzar” este capitalismo que está mostrando sus fauces. Si el dinero concentrado actúa como el oso almizclero de la última página de “Los Bienes Terrenales del Hombre” (Leo Huberman) y no suelta el panal, veremos muerte, plomo y anarquía en las calles. Si distribuye, concede, atiende, cuida, puede que la contradicción no se agudice a niveles  insoportables.

En esta línea, el ingreso básico universal (desde el nacimiento a la muerte), la dinamización de la creación de trabajo a través de la supresión de todos los costos laborales y el descuento del valor de ese ingreso básico del sueldo de bolsillo, la salud y educación garantizadas podrían ser algunas líneas de salida.

Las escalas salariales homogéneas, justas, sin prebendas, y la supresión de todos los privilegios (desde el estacionamiento gratis al acceso sin  concurso a los cargos) para los  funcionarios estatales, resultaría  ejemplificadora e imprescindible. Y el rediseño de los impuestos, simplificándolos y haciéndolos progresivos, resultaría necesario para solventar estas políticas.

Hay mucho más, claro. Pero estos podrían ser algunos de los ejes para acordar, en la línea de la morigeración de la “agudización de las contradicciones” que parece generar el coronavirus.

Pero ojo… que lo que Trotsky non dat, Coronavirus praestat.

 

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