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La mentira del final

En la carta con la que dio a conocer que declinó su candidatura, el gobernador entrerriano vuelve a mentir –una vez más y van…– como lo ha hecho en todos estos años, configurando una larga lista que no deja de sorprender, y que quizás algún día sea objeto de estudio para especialistas en semiótica o en otras disciplinas vinculadas con el discurso o la filosofía del lenguaje. O quizás en ética. Vaya uno a saber.

 URRIBARR

Por AMÉRICO SCHVARTZMAN de EL MIÉRCOLES DIGITAL

 

Los entrerrianos tenemos alguna fama de exagerados. ¿Quién no lo hizo alguna vez? Quizás por eso se le perdonan todas estas cosas. O tal vez porque como estamos en una era en la que la pretensión de una verdad absoluta se ha desvanecido, todo puede ser sometido a interpretación. “No hay hechos, sino interpretaciones”; podría decir Urribarri, y hasta ponerse un ratito un bigotazo de fantasía a lo Nietzsche.

Esta vez, el soñador entrerriano que acaba de despertar ha metido un nuevo bolazo de antología y lo hizo en su mismísima carta de renuncia a su precandidatura nonata. Dijo que en 2011, cuando fue reelecto como gobernador, ganó "con el 57% de los votos". Cito textual para que no haya dudas. No dijo votos válidos ni dijo “descontados los votos en blanco” ni nada por el estilo. Así de contundente: 57% de los votos. Parece que casi seis de cada diez lo votaron.

Pero la realidad del escrutinio definitivo de 2011 es otra. Votaron 759.332 entrerrianos. Urribarri obtuvo 368.111 votos, o sea el 48%. Bastante lejos del 57% que mintió en su carta. (Cualquier duda, aquí se puede consultar el sitio oficial del escrutinio definitivo: http://www.entrerios.gov.ar/elecciones2011/pdf/escrutinio_definitivo/departamental/TotalProvincial.pdf).

Alguno querrá justificar diciendo que el porcentaje se refiere a “votos válidos” y que surge al descontar los votos en blanco, que en esa elección fueron muy altos. Pero los votos en blanco son votos válidos. Se computan, se tienen en cuenta en la determinación del cociente electoral y en todos los aspectos de la elección. Por ende, si el porcentaje surge de restarlos, lo mínimo que se debe hacer es aclararlo.

La cuenta es sencilla: hubo casi 760 mil votos válidos y optaron por Urribarri menos de la mitad. No hay manera de llegar al 57%.

El otro detalle es que ese 48% fue, sin duda, una flor de elección. Aplastante, además: duplicó los votos de su inmediato seguidor, el radical Benedetti. Precisamente por eso uno se pregunta qué necesidad tiene de inventar casi 10 puntos de más. Pero así es como se instalan las ficciones en la vida política y social. Y sobre esas ficciones se monta el éxito basado en la inescrupulosidad.

Es notable, además, pues cada vez que Urribarri (o sus secuaces) mencionan esa elección, tiene un porcentaje un poco mayor. Es como Woodstock o la Guerra de las Malvinas, donde cuanto más tiempo pasa, más gente participó.

De hecho, en su perfil de Wikipedia dice que ganó (también textual) “con el 55,93%, récord en la historia política de la provincia”. Récord, sí. De bolazos. La próxima vez va a decir “reelecto casi con el 60% de los votos”. Total, qué cuesta añadir tres más…

(De paso, conviene chequear a cada rato, porque el ejército de lenguaraces a su servicio puede cambiarlo en un ratito: ese perfil ya fue modificado varias veces, entre otras ocasiones, para ocultar su participación durante la dictadura en el gobierno municipal de su pueblo, para disimular su pasado de intendente radical y para eliminar su rol de armador en la alianza de derecha del bustismo entrerriano en los 90: nada menos que con la Ucedé de Alvaro Alsogaray y el Modin de Aldo Rico. También para borrar a Busti y a Menem, claro. Y para que sus jóvenes e incautos seguidores lo crean hoy algo así como un Che panzaverde).

La mentira, elevada casi a un arte. Ése es, tal vez, el signo más relevante de su gobierno y de su carrera política. La inusitada cantidad de bolazos proferidos desde la posición de privilegio que le permite tener a disposición una legión de funcionarios propaladores, seguidores acríticos y medios complacientes.

Pueden parecer cuestiones menores, al lado de la ligereza con la que pretende adjudicar de manera directa 430 millones de dólares para acueductos chinos o con la que se liquidaron 10 millones de pesos para hacer campaña en Mar del Plata o con la que se entregaron más de 5 millones de pesos a una empresa trucha para fabricar cosechadoras que más bien parecían carrozas de carnaval o con la que se desentiende del desastre creciente del glifosato nac&pop.

Pero todo lo que existe está compuesto por pequeñas piezas. Incluso las mentiras más grandes y los sueños más delirantes.

 

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