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MALEDUCADOS

En un texto que recoge sus lecciones de pedagogía y que resultaría  póstumo el filósofo alemán Emmanuel Kant nos legaba estas líneas: "Únicamente por la educación el hombre puede llegar a ser hombre. No es, sino lo que la educación le hace ser". La gran filosofía, más allá del paso de los siglos,  suele tener la capacidad de poner en pocas palabras las verdades que luego dicen- o no- los más largos discursos.

Por EDUARDO OJEDA

La sociedad argentina, como señala Emilio Tenti Fanfani, es propensa a considerarse experta en el tema: en efecto, es frecuente entre nosotros escuchar dictámenes sobre lo que se cree debería hacerse o no en materia educativa. No parece tan claro que esa preocupación se exprese  luego en un compromiso cierto y profundo de la sociedad con la escuela en sus diversos niveles. Tampoco parece haber conciencia de la altísima complejidad del quehacer docente: conocer su materia, conocer la didáctica de su materia, conocer la normativa vigente,  tratar con grupos humanos numerosos y diversos (lo que requiere de competencias en Psicología, Sociología, Culturas juveniles, etc.) son apenas algunos de los requisitos que un docente mal remunerado debe reunir hoy para cumplir acabadamente su tarea.

Entre nosotros circulan cantidad de mitos en torno a la educación,  pero creemos que por sobre todos sobrevuela un malentendido fatal: se cree que los docentes estamos ante todo para impartir disciplina, buena conducta y normas elementales de convivencia.  Pues bien, no es así: nuestra obligación sustantiva como docentes es enseñar y la de los alumnos es estudiar, algo que de tan elemental parece olvidado. Y secundariamente reforzar, sí, aquellos valores forjados en el hogar. En medio de las distorsiones y sobre exigencias que la escuela carga sobre sus espaldas se encuentra este malentendido. Una responsabilidad sobre nuestros jóvenes que es imperioso reconstruir junto a la familia, la sociedad en su conjunto y el Estado.

¿Y cómo se hizo posible y se naturalizó este equívoco? Desde hace décadas y por razones complejas que no podemos desmenuzar aquí los argentinos nos encontramos en una sociedad anómica, la que tan certeramente describiera Carlos Santiago Nino en su libro “Un país al margen de la ley”. Por eso mismo vivimos también en una sociedad “maleducada” de acuerdo a la segunda acepción que de esta palabra hace la Real Academia. “Maleducado: Descortés, irrespetuoso, incivil.” La nuestra se fue transformando en gran medida en una sociedad de maleducados.

Ahora bien ¿puede quedar  la escuela al margen de esta anomia, de esta generalizada  inobservancia de las normas, de la mala educación? Es evidente que no, la anomia roe las instituciones, los intercambios simbólicos, las relaciones jerárquicas y entre pares. Pero tampoco puede dejar de cuestionarla, ni de intentar restituir algo del orden de la ley  allí donde ésta aparece ausente. Violencia cotidiana en la profesión docente y de la que poco se habla, quizás porque no es políticamente correcto hacerlo: la violencia en la escuela no es sólo el bullyng,  los magros salarios,  la infraestructura obsoleta y los recursos escasos: también es la lucha cotidiana contra el fantasma de la anomia, del que los nuestros alumnos son víctimas,  y que en ocasiones es más poderoso que la autoridad docente, cuando regular la disciplina se hace obstáculo  para el dar clases. Y al respecto es bueno recordar que muchas son las lacras culturales que dejó el terrorismo de estado en nuestro país: la falacia de que todo ejercicio de autoridad es una muestra de  autoritarismo es una  de ellas.

Y así fue como aquello que la sociedad, el Estado y sus instituciones no podían, no podíamos resolver,  se le fue demandando a la escuela, hasta casi aplastar a  ese viejo fósil del proyecto igualitario de la modernidad, como lo describe Paula Sibilia.

Pretender que la escuela sea la institución que aporte la fórmula mágica para sacarnos de la anomia y la mala educación es pedirle  a la vez demasiado y demasiado poco. Ello no significa que la escuela se desentienda graciosamente del asunto- no podría hacerlo-, el problema es que jamás podrá resolverlo sola, aunque tampoco podamos lograrlo sin su contribución. Al menos si, como afirmaba Kant en las mismas lecciones referidas, queremos tener padres educados, pues “los padres ya educados son ejemplos, conforme a los cuales se educan sus hijos, tomándolos por modelo.”

 

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