"Cómo fue posible que un “admirador” declarado de la 'criminal de guerra' Margaret Tatcher, que ordenó hundir el crucero Belgrano fuera de la zona de exclusión, sea electo Presidente del país. Qué hicimos para que Estados Unidos - principal aliado geopolítico y militar de la potencia ocupante de Malvinas – sea socio y / o mandamás - privilegiado de nuestra economía, diplomacia y política exterior", razona el autor del siguiente texto.
POR GUSTAVO SIROTA
El recuerdo de aquel 2 de abril de 1982 lo llevo muy presente. 16 años, cuarto año del colegio, y como cada mañana con el desayuno en mi casa, como en casi todas las de la ciudad, las voces inconfundibles del Profe Visagno y el Gordo Puchulu, conductores de El Gigante por LT11. Ese viernes trayendo las noticias y comunicados del desembarco y “recuperación” de las Islas Malvinas.
De allí en más fueron días frenéticos. Lugares apenas escuchados en alguna clase de geografía se hacían comunes. Buscábamos en libros y manuales para conocer de armas, buques y aviones de combate.
Luís Vernet, primer comandante político y militar en las islas, el Gaucho Antonio Rivero – que nació por estos pagos -, y hasta Dardo Cabo y el “Operativo Condor” recuperaban su lugar en una historia que hasta entonces contaba más de Grecia, Roma y “el descubrimiento” de América, que de nuestras luchas “en contra de toda dominación extranjera”.
La música en inglés, que inundaba horas y horas de radio y programas de televisión, dio paso al “rock nacional”. Voces como las de Mercedes Sosa, Jorge Cafrune o Atahualpa Yupanqui, silenciadas por años de prohibiciones volvieron a escucharse. Hasta los boliches – recuerdo escuchar a Porchetto y Sui Géneris en los viernes de Búfalo - dieron paso a un furioso “chauvinismo” que inundó por unos de meses la sociedad argentina.
Causa legítima en manos de un gobierno ilegítimo e ilegal. La guerra a cargo de generales de escritorio. Mandos empapados de sangre en la represión ilegal. Fuerzas armadas al servicio del terrorismo de Estado. Manotazo final de una dictadura criminal y que solo se sostenía por la represión y el miedo.
En un abrir y cerrar de ojos pasamos del “si quieren venir que vengan”, del ampuloso y repetido “vamos ganando”; al lacónico “la batalla de Puerto Argentino ha cesado”.
La derrota militar trajo el comienzo de heridas que aún nos duelen. Los soldados, apenas un par de años más que los que yo contaba entonces, incluso alguno compañero de barrio, fútbol y campito, regresaban para ser ocultados y olvidados.
De a poco en canchas y recitales atronaría el “se va a acabar” repudiando a los responsables de la derrota.
Jóvenes y no tan jóvenes engrosarían marchas y movilizaciones para saber del horror – y los responsables – de la dictadura y su secuela de crímenes, desapariciones y muerte.
Desde entonces Malvinas es una causa presente. Declamada y muchas veces bastardeada. Es recuerdo para la efeméride. Son los soldados veteranos de guerra “peleando” por sus pensiones o el acceso a tratamientos de salud. Es el canto tribunero de “los chicos de Malvinas…”.
44 años después de aquel despertar de viernes de abril seguramente el gurí que se aprontaba para ir al colegio, mientras la radio traía las noticias que llegaban desde las “recuperadas” islas, se preguntaría que pasó en todo este tiempo. Qué nos pasó a los argentinos y argentinas.
Cómo fue posible que un “admirador” declarado de la “criminal de guerra” Margaret Tatcher, que ordenó hundir el crucero Belgrano fuera de la zona de exclusión, sea electo Presidente del país. Qué hicimos para que Estados Unidos - principal aliado geopolítico y militar de la potencia ocupante de Malvinas – sea socio y / o mandamás - privilegiado de nuestra economía, diplomacia y política exterior.
Que paradoja cruel, verdadera afrenta a la memoria de los caídos en Malvinas, nos ha atravesado como Nación para solicitar en 2024 la “posibilidad de convertirse en socio de la OTAN”, la misma alianza militar que apoyó y respaldó a Inglaterra en 1982 y que es parte hoy de la ocupación de nuestro territorio insular.
Cómo le explicaría a aquel adolescente que cuatro décadas más tarde casi en cadena medios – televisión, radios, diarios y revistas – nos abrumen y humillen contando las peripecias de los miembros de la “familia real pirata”, o ensalzando el lazo “diplomático y comercial” con la potencia ocupante de parte de nuestro territorio.
O que en 2025 el sitio web del Correo Argentino, en el mapa interactivo de sucursales, nombrara las Islas Malvinas con el nombre pirata de “Falkland Islands”, y Puerto Argentino figurara como “Stanley”.
Decirle sí que mantengo vivo el recuerdo de los caídos en la turba malvinera. Que como entonces sigo rindiendo honor a mis únicos héroes en esta historia, los soldados conscriptos hoy veteranos de guerra, y a cada familia que desde entonces tiene parte de su corazón latiendo en nuestras islas.
En tanto seguimos reclamando lo que nos pertenece. Como lo cantó en sus versos Atahualpa Yupanqui: “Malvinas tierra cautiva, de un rubio tiempo pirata”, te seguimos esperando “para llenarte de criollos, para curtirte la cara”. Que la memoria arda hasta que nuestra “hermanita perdida” vuelva “a casa”.
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