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Me fui de vacaciones sin el celular y no me morí (*)

Una (1) llamada perdida, doscientos treinta (230) mensajes en Whatsapp, cuatro (4) correos electrónicos, quince (15) notificaciones en Instagram y otra docena en Facebook fue el saldo de un fin de semana largo en la que el  Smartphone del autor también se tomó vacaciones. ¿Por qué? En la nota se los explica.

Por MARIO BOTTARLINI

A menudo encontramos en los sitios de noticias artículos que recomiendan disminuir el tiempo de los niños frente a la pantalla, o que alertan sobre los riesgos en la salud que conlleva el uso desmedido de la computadora. Cierto es que más allá de problemas posturales y de visión, el estar virtualmente disponible las veinticuatro horas también afecta nuestra conducta diaria y la relación con las personas. Y no es la idea de esta nota hacer una revisión concienzuda de estudios médicos y/o psicológicos sino contar la experiencia que vivió este cronista cuando en un mundo regido por el compartir constante decidió hacerse una escapada de fin de semana dejando su teléfono inteligente apagado en un cajón.

EL MENSAJE ES EL MASAJE

Estamos todo el día con el celular. En la mano, en el bolsillo, sobre un mueble, siempre visible, cargado, cargándose, atento al led que titila si alguien nos whatsappea o al ding que notifica si gustó o no gustó esa foto que subimos a Facebook hace menos de un minuto. Nos acompaña mientras cocinamos, mientras hacemos el mate, en la cola de la carnicería, y hasta en la propia cola del supermercado. No es cuestión de perder minuto y medio sin actualizarnos. Al momento de ir al baño hace ya tiempo que reemplazamos las etiquetas de los desodorantes y shampoos por el Smartphone. Revisamos notificaciones, borramos mails, nos ponemos al día con los grupos de Whatsapp y borramos las cientos de fotos que día a día en esos grupos se comparten. Después de ocho horas trabajando con una pantalla, llegamos a casa y nos relajamos viendo un documental de cocina en Netflix. Como nos dio hambre y nos pusimos gourmet, queremos cocinar algo distinto. Por suerte Youtube está lleno de recetas. Si el experimento culinario fue exitoso, habrá fotito para mostrárselo al mundo. Antes de dormirnos y de poner el celular a cargar, damos una última recorrida por las redes sociales y los grupos de Whatsapp. Los más osados pondremos el teléfono en modo avión con el riesgo de perdernos alguna cosa y de enterarnos recién al otro día, cuando desde el mismo aparato suene la alarma que nos despierte. ¿Pero estamos realmente despiertos?

DÍA DE LA DEPENDENCIA

Son incuestionables los beneficios de un teléfono inteligente como herramienta. Sin ir más lejos, los apuntes preliminares de esta nota fueron escritos en Google Docs desde un Smartphone. Lo que se cuestiona es el nivel de atención que tenemos para el resto de las cosas que pasan fuera del Smartphone. Desde poner el dedito en pausa mientras vemos un episodio de nuestra serie favorita para responder un mensaje, hasta perder el hilo de una conversación “en vivo” con otra persona de carne y hueso por estar más atento a esa notificación titilante que a la conversación en sí, nos estamos perdiendo muchas cosas por no querer perdernos nada.

VIVA YO

Como narcisos modernos que somos, si antes nos enamorábamos de nuestro blog después de estar horas “tunéandolo” ahora bien podemos sentirnos orgullosos de la vida que mostramos a través de nuestra cuenta de Instagram. Somos cholulos de nosotros mismos. Queremos decir, contar, mostrar. Por eso preguntamos nuevamente lo que alguien ya explicó tres mensajes atrás en un grupo de Whatsapp. Y lo mismo piensa alguien del otro lado, que ni siquiera descarga esa foto de los fideos con tuco que estás a punto de comer, más abocado a mostrarte lo helada que está la cervecita que va a abrir inmediatamente después del flash. Muchos comparten, pocos ven y a nadie le importa. Hay que emitir, emitir, y emitir. Que haya un receptor es un detalle nimio. En última instancia, siempre se puede "megustear" la foto propia en lugar de ver el "nomegusta" ajeno.

DESCONEXIÓN SIDERAL

Son muchas las cosas que pasan si dejamos el Smartphone en casa cuando nos vamos de vacaciones. Nos damos cuenta de muchas cosas, más que nada. La primera reacción que arroja el proceso de desintoxicación es que no es necesario compartir absolutamente todo. Ok, lavaste el auto y le llenaste el tanque para salir a la ruta. No es necesario que le saques una foto y la compartas. La mochila que conlleva el estar fotografiando y compartiendo todo a nuestro paso, es pesada. Ok, es cierto que casi todo el mundo usa el Smartphone para tomar fotos, pero si te fuiste con más personas dejá que otro haga el registro. O llevate una cámara a rollo de treinta y seis fotos como hacíamos antes y después contame si le andás sacando fotos a todo lo que ves. Hasta que sale en foco y con buenos colores, la comida ya se te enfrió. Las redes sociales son un monstruito que crece sólo si se lo alimenta. Reflexionemos sobre la importancia que tiene el estar disponible todo el tiempo. Por Whatsapp, por Facebook, por correo electrónico, por celular, por teléfono tradicional, todos somos ubicables en caso de emergencia. No nos sintamos tan imprescindibles. Contemos más cosas en vivo que por audios de Whatsapp. Que nuestra pareja se entere que compramos chuleta de cerdo de camino a casa cuando se la sirvamos en el plato y no por una foto que enviamos saliendo de la carnicería. Toquemos timbre con el mate bajo el brazo y sorprendamos a un amigo y ahí sí, saquemos una foto y mostrémosle al mundo lo difícil que es clavar el visto en persona.

 (*) Tanto el título como la idea de experimentar una vida alejado de la tecnología fue inspirado por este artículo.

 

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