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Parque Sur la ganó en la última

Parque Sur ganó 68 a 67.

En el reloj quedan 5,6 segundos. Lugrín ve y ya sabe que la última bola la tirará él.

Estudiantes de Olavarría acaba de convertir un doble para pasar al frente 67 a 65, tras una asistencia de Jeremías Sandrini y un bonito doble de Tomás Ligorria. En ese mismo partido que hace apenas un instante ganaba por 21. En ese mismo partido que dominó desde el principio. En ese mismo partido donde fue el dueño de todo. En ese mismo partido donde Parque Sur fue una suma de errores y tiros fallados durante media hora, jugando a todo lo que no le sale jugar y equivocando el rumbo. Sin nadie que pueda revelarse para marcar un camino cuando no sale nada.

5,6 segundos. Dos abajo y la pelota. Juan Pablo Lugrín escucha el minuto de su entrenador. Lo mira a Sebastián Alvarez, ausente por un desgarro y al capitán Agustín Richard, que intentó jugar lesionado y duró un suspiro. Lugrín ya sabe, que a sus 23 años y con aquel título de campeón con Platense en el bolsillo, lo definirá él en una noche de números tristes y una actuación para el olvido en los tres primeros parciales y con Estudiantes enfrente.

5,6 segundos. Lugrín ya sabe que recibirá la bola de Gervasio Guelache, ese pibe que hasta esos 5,6 segundos fue el mejor de Parque Sur con 14 puntos. Lugrín está a punto de convertirse en el goleador del partido, con ese triple, para sumar justamente 3 más que Guelache.

Lugrín recibe la última pelota. La pica, se mueve, busca pero no ve claro el tiro del final ni ve un pase posible. No hay tiempo para gambetear hasta el aro. Santiago Arese, el capitán de mil batallas en Estudiantes, también sabe que Lugrín la va a tirar. Y lo marca. Lugrín le amaga, Arese pasa de largo. Queda solo, con décimas de tiempo, detrás de la línea de tres, pero desarmado, medio incómodo, con una pelota que pesa varias veces más. Pero Lugrín sabe que hay que tirarla. Y la tira, para arriba, hasta el techo del Gigante. Lugrín sabe que ya está. Hizo lo que tenía que hacer. Tirarla, terminarlo, definirlo.

La pelota acaricia las luces del estadio y se suspende en lo más alto del barrio. Caerá como una mano de Dios. Como aquella del gol de Diego a los ingleses. Como aquel segundo gol, que Lugrín no recuerda en ese instante que duró exactamente el doble de segundos: 10,6. Entonces Lugrín ve, como si lo escribiera Casciari sobre aquel gol y mientras la pelota se eleva, a sus compañeros en la cancha, a los que están en el banco, a sus rivales y a la gente. Todos son una foto, una postal en esas décimas de segundo esperando esa mano de Dios y esa pelota cayendo desde el techo, como una plegaria para definir el triunfo o la derrota.

La pelota vuela tan alto que Lugrín ve la mano de Dios a los 23 años. Se ve en sus sueños tirando esa bola en un partido que era imposible de ganarlo. Tan imposible de ganar como Estudiantes de perderlo. Lugrín la tiró tan alto que tiene tiempo de verse en Los Indios, de ver ese pibe en Obras que quería ser jugador profesional de básquet, de verse cortando las redes con Platense para ascender a una Liga Nacional.

Cuando la pelota comienza definitivamente a bajar desde el cielo del barrio hacia el aro de la Cochabamba, Lugrín ve la cara de Arese y del Lobito Fernández no entendiendo nada. Ni Sandrini puede reírse. Lugrín se ve jugando en El Porvenir de José C. Paz. Y ve su sonrisa, su familia en la tribuna y a través de la tele, los amigos de aquel club humilde, las canchas de baldosas, el aro más bajo que el otro, las pelotas viejas. Lugrín ve todo eso cuando la pelota aún está viajando.

Como también ve cuando esa pelota mágica, épica, vestida de hazaña, que salió desde sus manos al cielo, entra limpita besando la red como un orgasmo para un triunfo 68-67. Ahí Lugrín ve aquel carasucia de la infancia y un estadio que lo abraza. Ahí Lugrín ve que se juega como se vive, que menos mal no se dedicó a la música como nos confesó hace poco y sí a jugar al básquetbol.

Antes hubo un partido bastante feo de básquetbol, con Estudiantes ganándolo bien durante más de tres cuartos y un Parque Sur estirando su mal momento en la cancha.

Con decir que el primer tiempo terminó 23-32 dice bastante. Con recordar que al final del tercero estaban 40-57 dice otro poco. Con informar que el último parcial lo ganó Parque 28-10 hace el resto. Pero hay noches como estas que hablar del juego, de figuras, de porcentajes y números y entrar en un análisis no sirve para nada. Duró 5,6 segundos. Lugrín vio todo para un final inolvidable e histórico. Vio esa mano de Dios para un abrazo interminable en el corazón del estadio. Y ese tiro que acariciaron todos quedará guardado para siempre, sin importar lo que pasó antes.

Informe: Marcelo Sgalia.

Fotos: Luciano Maneyro. Prensa de Parque Sur.

 

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