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Trigo transgénico: “Lejos de ser un avance es la profundización de un modelo que queremos cambiar”

Es presentado como un logro de la ciencia argentina, pero advierten sobre las consecuencias del trigo transgénico en la salud de la población.

 

Por EQUIPO DE REDACCIÓN DE EL MIÉRCOLES DIGITAL

El oficialismo gobernante en la Nación festejó la autorización que consiguió para un nuevo trigo transgénico, que fue presentado como un gran beneficio, pero en sectores de la agroecología se ha encendido la alarma y advierten sobre sus efectos. Por eso, ‘En La Víspera’, el programa radial producido por la Cooperativa El Miércoles entrevistó al ingeniero agrónomo uruguayense Nicolás Indelángelo, quien además integra la Red de Técnicos en Agroecología del Litoral.

Fragmento del reportaje realizado en La Víspera el martes 27 de octubre de 2020.

¿Cómo explicarías lo que sucede a alguien que no sepa del tema?

Es un desarrollo que se hizo en la UNL (Universidad Nacional del Litoral) y al trabajo lo encabezó la investigadora Raquel Chan, galardonada por Cristina (Fernández de) Kirchner en su gestión (como presidenta de la Nación). Es un trigo que tiene genes de girasol y, entonces, cuando falta un poco el agua, esos genes permiten que no se detengan los mecanismos de crecimiento. Con esa modificación genética podría soportar períodos de falta de agua sin mermar tanto el rendimiento. Pero tiene otros genes que le dan resistencia al glufosinato de amonio, un herbicida pariente del Paraquat y del glifosato, por ejemplo, que es secante para un amplio espectro de plantas. Ya se usa y, al menos en los estudios que hay hechos, es 15 veces más tóxico que el glifosato, el herbicida más usado.

"Deberíamos estar rompiéndonos la cabeza para ver cómo salimos de esa porque, en realidad, se nos ha asignado el rol de producir proteína barata para alimentar la producción de carne de las grandes poblaciones mundiales".

Por eso la alarma...

Venimos alertando que hay un modelo de agronegocios que tiene un pilar, que es esta tecnología que nada tiene que ver con la vida y con la producción de alimentos. Este uso masivo de agrotóxicos, de fertilizantes de síntesis química, comprometen seriamente las posibilidades de la vida a partir de la contaminación del ambiente y a la exposición del hombre a esa contaminación. Los pueblos se han enfermado muchísimo en los últimos 25 años. Argentina se ha convertido en el país que más agrotóxicos por habitante utiliza en el mundo. Estamos en una situación bastante complicada. Es un modelo al que se ha impulsado en estos últimos 25 años a los productores. En el campo argentino está la mitad de los productores que había en la década del 70. Para nosotros, lejos de ser un avance científico-tecnológico es la profundización de un modelo que tiene para la mayoría de la gente consecuencias negativas. Por supuesto que hay pocas empresas que con esto hacen muchísimo dinero y ese es su objetivo, pero la mayoría de la gente no, sino todo lo contrario. El ciudadano de a pie, el de los barrios más populares de Concepción, si esto sigue avanzando, lamentablemente va a consumir una harina que va a tener esta transgénesis y los agrotóxicos derivados de esa transgénesis. Las harinas de hoy ya están contaminadas con residuos de herbicidas y esto agravaría la situación, sumado a los efectos que tienen los transgénicos en los mamíferos. ¡Nosotros somos mamíferos! Es sumamente grave que se avance en ese sentido, porque los productos derivados de la harina, todo lo que es panificación y fideos, son de consumo masivo en Argentina y, sobre todo, en los sectores populares. Es muy grave exponer, a través de la alimentación, a la población a estos tóxicos que ya tienen demostrados los efectos en nuestros sistemas endócrino, neurológico, reproductivo. Para nosotros, lejos de ser un avance en ese sentido, es la profundización de un modelo que queremos cambiar.

"...no nos debería generar ningún orgullo".

Vos mencionabas a Raquel Chan, la principal investigadora de este trigo transgénico, pero es un laburo que, además, se realiza con una empresa a la que algunos le llaman “la Monsanto argentina”...

Claro, se llama Bioceres y uno de los dueños es la familia Trucco. Ahora, al frente de la empresa está el hijo (Federico) de quien fuese el presidente de Aapresid (Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa), Víctor Trucco. Es una empresa que se dedica a la biotecnología. Quizás, la particularidad no sea esa, sino que usan mecanismos muy imbricados de asociación con instituciones del Estado, con universidades, con organismos científicos tecnológicos para beneficiarse con toda esa estructura científico-tecnológica. Si bien es nacional, está beneficiada con nuestro laburo, con nuestros aportes. Lejos de responder a los intereses de quienes financiamos ese sistema, a partir de ciertas articulaciones, esa parte de los servicios científico-tecnológicos se ponen al servicio de estas empresas. Esto, por supuesto, tiene que ver con la desfinanciación de esos espacios académicos, científico-tecnológicos que, por una u otra razón, se vieron obligados a salir a buscar financiamiento. Lamentablemente, lo encuentran con estas asociaciones entre lo público y lo privado que dan estos resultados. Todo esto en un marco de “legalidad”. Digo legalidad, entre comillas, porque son mecanismos que le están permitidos a los científicos, esto de salir a buscar financiación que no da el Estado, entonces pasan estas cosas.

Y así las empresas se aprovechan del dinero del Estado...

Los mismos empresarios, cada tanto, se meten en las esferas estatales, en el Senasa (Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria), en la Conabia (Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria), en un mecanismo que la cineasta francesa Marie-Monique Robin describe como “de puertas giratorias”. Están un tiempo en la esfera pública, cumpliendo alguna función que le permite profundizar las bases jurídicas y legales para sus negocios, después salen de ese organismo público y vuelven a la esfera privada a potenciar su actividad. Así es el caso de varios funcionarios que han pasado por la función pública y, entonces, van profundizando las posibilidades de acción y potenciando empresas como Bioceres, como las de Hugo Sigman con todas sus farmacéuticas y su desarrollo de fármacos, tanto para uso humano como agropecuario. Esas alianzas entre el sector científico-tecnológico y las empresas privadas dan como resultado estos monstruos. Son presentadas como empresas, pero son alianzas complejas que a ellos les funciona muy bien, como la empresa Bioceres. Un aspecto que no hay que dejar de mencionar es que estos eventos transgénicos que desarrollan Bioceres, Monsanto y demás buscan que la agricultura se siga instalando en ambientes donde es necesaria la dependencia de insumos. Llevar la agricultura al norte de la Patagonia hace unos años parecía una locura. La Patagonia podría tener otros usos. Ellos dicen “para trabajar allí necesitamos esto”, eso es lo que desarrollan en el laboratorio y llevan ese modelo a esas regiones pampeanas, donde la dependencia de insumos es altísima. En la región pampeana esto se da por la pérdida de fertilidad natural de los suelos. Estos eventos están desarrollados para que siga funcionando la lógica del productor de ese insumo, que es costoso y ese es el negocio de ellos. Los mismos empresarios que desarrollan, que venden estos eventos genéticos son los que, de alguna manera, venden los insumos para que después ese evento desde la siembra llegue a cosecha. Cuando digo insumos me refiero a fertilizantes y agrotóxicos: fungicidas, insecticidas, herbicidas.

¿Hay reservas para impedir que esto avance o creés que es un hecho consumado?

Habría que chequear en qué estado está el proceso, porque estaba a referendo de los principales compradores, como Brasil, y hubo voces de la industria molinera brasileña que se oponían. Igual es una tendencia, si no se aprueba ahora van a seguir insistiendo hasta lograrlo. La aprobación tiene que ver con la profundización de este modelo y con hacerlo crecer. Hace poco se presentó en el Ministerio de Agricultura lo que se llamó “Iniciativa 200 millones de toneladas de granos”.  O sea que el Ministerio está queriendo llevar a esos niveles de producción por año. Para hacer esto tiene que sí o sí expandir la frontera agrícola argentina, porque el crecimiento de producción por unidad de superficie no tiene el ritmo que es esperado, no hay posibilidades por la degradación del ambiente. Entonces, sí o sí hay que crecer en superficie. También hay que poner en escenario el memorándum que, según la Cancillería, se va a retomar en noviembre con la intención de firmar con la República Popular de China para la producción de millones de toneladas de carne de cerdo que China dejó de producir por la peste porcina. Sumado a esto o complejizando a esto, la necesidad de dólares que tiene el país para cubrir, fundamentalmente, sus obligaciones externas. Todo esto hace pensar que, si no es ahora, van a avanzar en algún momento, porque esos objetivos macros están ahí dando vueltas.

Pero hay una resistencia que se escucha...

Yo creo que hay resistencia, esta carta de los científicos es muy importante, porque viene de un sector que tiene sus argumentos para esgrimir (N de la R: más de mil científicos del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina -Conicet- y de 30 universidad públicas nacionales se expresaron en rechazo al trigo transgénico). Obviamente, debería ser más que escuchado. Hay voces en contra de los propios productores, porque ese trigo es resistido en todo el mundo y hasta podría haber problemas para la comercialización. Esperemos que haya suficiente fuerza para resistir, se está haciendo lo que se puede. Soy bastante cauteloso: si se frena ahora creo que será una cuestión temporal, pero siempre va a estar ahí, a la espera. Si no es un trigo será otro maíz o una papa. Los eventos transgénicos están siendo desarrollados cada vez con mayor velocidad y hay cada mayor interés en ponerlos en funcionamientos, porque el sistema del agronegocio necesita ese tipo de eventos. Está cambiando el escenario ambiental, están apareciendo malezas que resisten a los herbicidas que se usaban antes, entonces se necesitan nuevos herbicidas para que los números sigan rindiendo y el agronegocio se reinventa permanentemente, y en esta reinvención está todo el tiempo presionando para que esas cosas se autoricen.

Si no hubiera sido por la no aprobación de Brasil, nuestro principal comprador de trigo, este transgénico se hubiera aprobado en nuestro país antes.

Otro aspecto muy grave de esto es que el trigo que no sea transgénico se va a contaminar. Va a ser fecundado por el polen de los trigos transgénicos, como pasa con el maíz y con otros cultivos que son de polinización abierta, que reciben polen del ambiente. El polen se mueve miles de kilómetros, entonces es prácticamente imposible controlar la contaminación. Hoy, cualquier chacarero que tenga en guarda una variedad de maíz, si hace un análisis va a encontrar que tiene uno por ciento, cinco o diez de contaminación con transgenes. Ese es un aspecto muy grave que atenta contra la autonomía y el poder de decisión, contra los chacareros que, por ahí, no quieren optar por esta tecnología y se ven violentados en esta situación de contaminación.

"Lejos de responder a los intereses de quienes financiamos ese sistema, a partir de ciertas articulaciones, esa parte de los servicios científico-tecnológicos se ponen al servicio de estas empresas".

Dos cuestiones. Por un lado, parece perverso presentarlo apelando a nuestro orgullo nacional, esto de decir “es un invento argentino” que nos permite pasar a la vanguardia internacional en este tema. Por otro lado, ¿existe algún estudio que analice qué pasa cuando los seres humanos consumimos este tipo de trigo que contiene glufosinato de amonio?

Sí. Los científicos que venían alertando sobre este herbicida y su posible rol de cuasi glifosato empezaron a investigar y han concluido que es neurotóxico, que afecta de una manera bastante similar a otras drogas que ya se venían usando. Son estudios de organismos estatales, pero que no lo hacen desde estudios de procesos de aprobación. Lamentablemente, nuestra legislación permite que sean las propias empresas las que presenten los estudios. Obviamente, esos estudios, por la duración o por las metodologías, buscan de alguna manera ocultar los efectos del uso, tanto de los agrotóxicos como de los transgénicos, y son aprobados sin demasiado control. La gravedad es que nosotros, en el Senasa, tenemos al mismo tiempo el organismo de aprobación y de control. En otros países están en organismos separados, entonces hay un poco más de tutela con estas cosas. En Argentina eso es pasar del primer al segundo piso, pero del mismo organismo, con los riesgos que eso acarrea, ¿no? Y con lo que decías de que es un invento argentino, sí, se presenta así, pero para mí es lamentable que Argentina siga pensando que no podamos salir del modelo agroexportador. Eso no nos debería generar ningún orgullo. Deberíamos estar rompiéndonos la cabeza para ver cómo salimos de esa porque, en realidad, se nos ha asignado el rol de producir proteína barata para alimentar la producción de carne de las grandes poblaciones mundiales. Estamos haciendo eso a costa de nuestro ambiente y de nuestra salud. Estar orgulloso de ese rol es un poco obsceno. Deberíamos estar pensando en otra cosa para sentirnos orgullosos.

 

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