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OPINIÓN

¿Cambiar ya “bife por remolacha”?

El autor de esta columna reflexiona sobre la carne, el cambio climático, el fin y los medios. Docente e investigador en temas de alimentación y ambiente, advierte que la agricultura contaminante representa más del 98 por ciento de las tierras cultivadas del mundo y se pregunta si, a partir de ese dato, es razonable plantearse cambiar ya “bife por remolacha”.

 

(*) Por PABLO MARROCCO

 

¿Es posible –en la realidad– abstraerse de aquella vieja máxima que hablaba del fin y los medios?

Es muy probable que en los últimos meses todos hayamos leído algo como esto: "Está demostrado que la industria de la carne emite más gases de efecto invernadero que todo el transporte del mundo en conjunto". Y ello, presentado como uno de los tantos motivos por los que no deberíamos comer carne. Bien, de alguna manera (más que nada por la forma grandilocuente en la que está expresada) aquella afirmación nos induce a pensar que el transporte es la principal causa de Gases de Efecto Invernadero (GEI), de modo que ya “lo de las vacas” pasaría a ser ¡dramático!

"En temas ambientales, es importante transmitir la idea de que el 10 por ciento de algo... ¡Es muchísimo!"

No obstante, consultadas las referencias sobre el tema (FAO, IPCC), resulta que:

- El aporte de las distintas actividades antropogénicas al total de los GEI viene en este orden: Producción y uso de energía, Industria (en general), Agricultura (¡!), Silvicultura y, quinto cómodo, el Transporte (con una contribución cercana al 10 por ciento del total).

- El metano –propio de las explotaciones ganaderas– representa alrededor del 10 por ciento de los GEI, mientras que el 80 por ciento corresponde a dióxido de carbono, asociado fundamentalmente a la quema de combustibles fósiles y a la deforestación.

¿A qué quiero llegar con esto? A que un número del orden del 10 por ciento para la ganadería (14 es el más alto que encontré), siempre respecto del total de los GEI generados por las distintas actividades del hombre, es un número suficientemente significativo como para tener que recurrir a ciertos “ardides” al momento de presentar los datos… Pará... ¿O tal vez sí hace falta, pues de lo contrario nadie le daría bola? No lo sé. Lo cierto es que (sobre todo una vez descubierta la “jugada”), cualquier forma “efectista” de presentar la información termina generando más rechazo que adhesión...

En conclusión: si lo que se desea realmente es crear conciencia ecológica, deberíamos trabajar como mínimo en dos puntos:

- Transmitir la idea de que –en estos temas– el 10 por ciento de algo... ¡Es muchísimo!

- En lugar de “demonizar” una práctica (la ganadería en este caso), debería enfatizarse en las numerosísimas ventajas que conlleva, por ejemplo, la práctica de la agricultura orgánica o ecológica (tanto para la salud del planeta como para la del ser humano).

Y es que, con la excepción del par soja/glifosato, se ve muy poco en los artículos de divulgación la cuestión de los diferentes tipos de perjuicios que provoca la agricultura tradicional (daños no solamente en términos de GEI –ya vimos más arriba el lugar que ocupa–, sino de contaminación del agua –vía herbicidas, plaguicidas y fertilizantes utilizados–, de degradación del suelo, y tantos etcéteras...).

"En lugar de demonizar una práctica habría que enfatizar en las ventajas de la práctica de la agricultura orgánica, tanto para la salud del planeta como para la del ser humano".

Y la cosa se complica aún más si tenemos en cuenta que la agricultura tradicional lamentablemente representa el 98.6 por ciento de las tierras cultivadas del mundo... (Dato extraído de OIA). De modo que, con este último dato sobre la mesa, y teniendo en cuenta exclusivamente el tema de la contaminación ambiental... ¿Se puede decir “Cambiemos YA bife por remolacha”?

Ahora, si lo que queremos es “tener razón” (a cualquier costo) alcanzaría con no dar números, utilizar adverbios de cantidad y fundamentalmente asociar a la ganadería con el transporte (camiones que llevan vacas), la energía (la nafta del camión que lleva las vacas) e incluso con la agricultura! Por aquello de que “gran parte” (¡¿cuánto?!) de lo que se cultiva es para alimentar animales...

 

Notas:

FAO: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (ONUAA, más conocida como FAO, por sus siglas en inglés). Es un organismo especializado de la ONU que dirige las actividades internacionales encaminadas a erradicar el hambre.

IPCC: Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (o Panel Intergubernamental del Cambio Climático). Es una organización intergubernamental de la ONU cuya misión es proveer al mundo con una opinión objetiva y científica sobre el cambio climático, sus impactos y riesgos naturales, políticos y económicos y las opciones de respuesta posibles.

OIA: Organización Internacional Agropecuaria S.A. Es una empresa argentina pionera en certificación, altamente reconocida por su trayectoria profesional a nivel nacional e internacional. OIA es miembro del Directorio de Afiliados de IFOAM (Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica).

 

(*) Pablo Daniel Marrocco nació en Gualeguaychú en 1972.

Es licenciado en Bromatología (UNER). Ex docente e investigador de la Facultad de Bromatología de la UNER (Gualeguaychú) y en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) de Concepción del Uruguay.

Actualmente en el área de aseguramiento de la calidad de laboratorios de especialidades medicinales. Se define como “re-lector compulsivo, aficionado a los foros literarios, creyente en la esperanza absurda a lo Kafka, en el humanismo a lo Camus, partidario del eclecticismo musical (pero con debilidades por la música de cámara y el indie rock, sea lo que sea que signifique esto último) y muchas cosas más, de esas que no se dicen (porque en verdad no existen)”.

 

 

 

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