"¿Qué ocurre cuando el comportamiento emocional de las personas se vende como trabajo? ¿Qué consecuencias tiene que existan reglas emocionales escritas en las normativas educativas?", interroga la autora de este texto.
Por VANESA LEOPARDO (Especial para EL MIÉRCOLES)
Foto de portada: Ilustrativa.
No olvidar sonreír, anotaba en su cuaderno una azafata de no más de 20 años de edad en un curso de entrenamiento brindado por Delta Airlines. Lo que se le solicitaba a la joven en esa capacitación era una sonrisa sentida; algo más que una mueca impostada o dibujada. El semblante exterior cálido tenía que evidenciar un trabajo profundo de inducción y supresión de sentimientos. Se trataba de sonrisas profesionales, que reflejaran la imagen que la compañía aérea quería transmitir: la confianza en que el avión no se iba a estrellar, que las partidas y arribos serían en horario, que el servicio a bordo sería adecuado.
Caí en la irónica tentación de comparar azafatas y docentes.
Un grupo importante de adultos destinados a convertirse en "amadores" de niños durante la Modernidad fue el de los docentes.
Desde entonces, no solo se insta a quienes ejercen el magisterio a querer a la infancia, sino que se los intima a preguntarse –una y otra vez- si aman suficientemente la docencia como para dedicarse a ella con verdadera alegría. Deben interrogarse constantemente sobre su vocación y su entrega, revisar sus emociones, discriminar las que son adecuadas para el aula y suprimir las que no tienen lugar.
A la pedagogía actual le importa saber si los maestros tienen suficiente entusiasmo para ir a trabajar cada día. Y, sobre todo, más allá de cualquier circunstancia: hacerlo con amor y alegría. El vocabulario sentimental adquiere cada vez más centralidad para pensar, describir y evaluar las prácticas educativas.
¿Por qué se asume que es mejor hacer las cosas en nombre del amor?
¿La profesionalización docente consiste en poner entre paréntesis las cuestiones del corazón o, por el contrario, en colocarlas al servicio de la acción educativa?
Si bien la pedagogía de la ternura viene a poner en primer plano las emociones -consecuentemente con la época de reverberación de la primera persona del singular como fuente de verdad-; también ha venido a exigir ternura como condición intrínseca al desempeño del rol. Eso me resulta, al menos, contradictorio. Su exhortación nos hace pensar en un amor que necesita ser solicitado, recordado e instalado, porque no ocurre naturalmente, ni es simple y evidente.
¿Iluminar aspectos afectivos de la tarea educativa desplaza cuestiones de mayor envergadura?
¿A qué otras profesiones se les exige amor por el objeto de su trabajo como condición para garantizar excelencia?
Mientras que en una fábrica de trapos de piso, escaleras o termos el trabajador reconoce que ha realizado bien su trabajo a partir de observar el objeto producido y la satisfacción del cliente; en la docencia, que el trabajador ame o parezca que ama al objeto de su trabajo es parte del trabajo mismo. No sólo debe reafirmarse en su elección vocacional sosteniéndola a cualquier costo; no sólo debe demostrar que ama su profesión, sino que está obligado a amar a los niños.
Esta romantización de la enseñanza opera como un velo: tras la exigencia de una alegría idílica y un amor obligatorio, se esconde la precarización de la práctica pedagógica.
¿Qué ocurre cuando el comportamiento emocional de las personas se vende como trabajo? ¿Qué consecuencias tiene que existan reglas emocionales escritas en las normativas educativas?
¿Cómo se piensa una política educativa a partir del imaginario de que los niños que habitan nuestras escuelas lo que necesitan es, fundamentalmente, afecto? ¿Qué consecuencias tiene el discurso que deja en segundo plano la función de enseñanza y sostiene que basta con estar y ser querido?
Esto se produce a partir de congelar a las infancias, especialmente a las más vulnerables, en el estatus de seres desdichados que solo demandan amparo afectivo. Una posición subalterna desde el inicio.
Corbo Zabatel lo dice de un modo claro y contundente:
¿Hace falta recordar las consecuencias letales, intelectualmente hablando, de una mirada que, poniendo el acento en la carencia del otro, reduce al alumno a la condición de quien se debe dejar cuidar, querer, proteger? [...] La obligación de amar a los niños no nos hace menos responsables de las acciones que la buena voluntad nos lleva a realizar. (2006: 126-127).
Esta romantización de la enseñanza opera como un velo: tras la exigencia de una alegría idílica y un amor obligatorio, se esconde la precarización de la práctica pedagógica. Al desplazar el eje de la enseñanza hacia el imperativo de la afección, la escuela corre el riesgo de transformarse en una empresa de contención emocional antes que en un espacio de emancipación política e intelectual para los sujetos.
La narrativa sobre la sola necesidad de cuidado y afecto conlleva muchos riesgos latentes: le apaga el interruptor a la importancia de la transmisión del conocimiento como dimensión sustancial para la libertad; degrada la profesionalización docente, reduciendo su buena labor a condiciones afectivas y emocionales que deben sostenerse pase lo que pase, aún en situaciones difíciles, aún en soledad. Usted contenga -aunque sea-; usted sonría.
Mientras suceden movimientos reivindicativos y propositivos por parte de los docentes, que instalan más que ternura: la noción de justicia salarial, los conceptos de reconocimiento, profesionalización, cuidado, igualdad; lejos de retóricas prolijas y románticas, que generan sobre exigencia sin recursos y no alteran ningún núcleo duro de reproducción de desigualdad.
El lenguaje afectivo en educación no es solo un recurso que invita a querernos unos a otros. Es un idioma para pensar políticas educativas contradictorias…
Quién sabe si podremos adoptar una posición entre la que enfrenta razón y pasión y la que domina la narrativa educativa actualmente: aquella que se obnubila con el componente emocional de la enseñanza. Se fascina tanto que postula que una buena enseñanza es aquella que dice ser realizada en nombre del amor. E incluso, si no se produjeran ni la enseñanza ni el aprendizaje, basta con que el maestro ame a sus alumnos y sonría.
Bibliografía consultada: Ana Laura Abramowski (2021). Los afectos magisteriales: el problema de amar a los niños.
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