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A 41 años de Malvinas: el recuerdo de Galtieri cuando fue intendente de Concepción del Uruguay

¿Sabías que el máximo responsable de la desgraciada aventura bélica en las islas fue, varios años antes, brevemente intendente en Concepción del Uruguay? Aquí reproducimos el capítulo de "Historias (casi) desconocidas de Concepción del Uruguay" (Editorial El Miércoles) editado en el año 2019, donde se narra ese episodio.

1966

Galtieri, intendente en Concepción del Uruguay

 El ex dictador que ordenó el desembarco argentino en Malvinas fue intendente de facto de Concepción del Uruguay durante algo más de dos meses, tras el golpe de Estado encabezado por Onganía. Aquí una reseña sobre esa historia lejana, aún rodeada por vahos de alcohol y tragedia.

                 El 29 de junio de 1966 en Concepción del Uruguay firmaba su primer decreto como intendente el entonces teniente coronel Leopoldo Fortunato Galtieri. El día anterior el general Juan Carlos Onganía derrocaba al gobierno democrático encabezado por Arturo Illia. Se iniciaba la llamada “Revolución Argentina”. Galtieri estaba a cargo de la Escuela de Ingenieros en Concepción del Uruguay desde hacía dos años. La celeridad de la “Revolución” no daba respiro: al otro día del golpe, Galtieri ya tenía su sello de “Presidente Interino de la Municipalidad de Concepción del Uruguay”. Y eso que por entonces no había internet ni computadoras.

Antes del golpe: el jefe de Policía Pedro Campbell, el intendente Juan Antonio Sansoni. Galtieri en el medio, a cargo del regimiento local.

Galtieri había nacido en Caseros, Buenos Aires, en 1926. En 1949 se graduó en la Escuela de las Américas, donde los Estados Unidos instruían a los militares del continente sobre la “subversión”. Después de haber ascendido a general de división, fue designado comandante del II Cuerpo de Ejército, con asiento en Rosario. Allí, durante los primeros años de la dictadura cívico-militar que entre 1976 y 1983 usurpó las instituciones argentinas, fue amo y señor de la vida y las propiedades de los “subversivos” (categoría tan laxa que en ella podía ingresar cualquier persona que significara un obstáculo para los planes megalómanos del militar). Se lo acusó por más de 700 desapariciones. Fue el responsable de violaciones a los derechos humanos en todas las escalas imaginables, siempre alimentando su ambición mesiánica: organizó la Quinta de Funes, un centro de detención que funcionaba en una casaquinta rosarina, que en realidad era un laboratorio de terror y espionaje destinado a “quebrar” militantes montoneros para infiltrarlos en la organización y obtener información de inteligencia.

Galtieri visitando el Colegio del Uruguay, en noviembre de 1980. En la imagen ingresa junto al rector Eduardo Giqueaux. Foto de Mario Soria. Gentileza de Esteban Alba.

El entonces general, que escuchaba folklore y rasgueaba una guitarra en sus ratos libres, planeaba operaciones audaces. En 1977, un grupo de tareas logró capturar a Tulio Valenzuela, máximo jefe montonero de Rosario, y se dispuso a utilizarlo para delatar a sus superiores. Al advertir que la mayoría de los cuadros de la organización estaban quebrados, Valenzuela simuló colaborar con una operación para secuestrar a Mario Firmenich y otros dirigentes montoneros exiliados en México. Sin embargo, una vez allí denunció la maniobra en una conferencia de prensa: fue un papelón, y Galtieri se vio obligado a evacuar el centro de detención. Desde luego, Galtieri no perdonó el fracaso del operativo: la mujer de Valenzuela, Raquel Negro, desapareció poco después en las catacumbas del Segundo Cuerpo, junto a dos mellizos que las Abuelas de Plaza de Mayo aún siguen buscando. Miguel Bonasso contó esta increíble historia en su libro Recuerdo de la muerte.

El ex dictador murió el domingo 12 de enero de 2003, a causa de un cáncer de páncreas que lo afectaba desde hacía tiempo meses. Tenía 76 años, y a diferencia de sus colegas Videla y compañía, conservaba el cargo de teniente general (R), por un resquicio legal que impidió su degradación Leopoldo Galtieri, que llevó a la Argentina a la Guerra de las Malvinas. Galtieri gobernó el país entre diciembre de 1981 y julio de 1982, y al momento de su muerte cumplía arresto domiciliario, procesado por el secuestro y desaparición de una veintena de militantes montoneros en 1980.

Dos hechos marcaron a fuego el interinato como dictador de Galtieri. Apenas asumió, en diciembre de 1981, proclamó: “Las urnas están bien guardadas”. Pero poco más tarde dio señales de estar predispuesto a perdurar en el poder cuando se produjese alguna clase de salida electoral. No encontró mejor recurso proselitista que tratar de rescatar del descrédito al régimen militar y, al mismo tiempo, promover su propia figura, abriendo hostilidades contra el Reino Unido tras darle luz verde a la recuperación militar de nuestras islas Malvinas el 2 de abril de 1982. Su momento de gloria, en el que se creyó estar al borde de eternizarse en el poder y (quizás) convertirse en un nuevo líder de masas en la Argentina, fue el 10 abril, ante una multitud en Plaza de Mayo: “Si quieren venir que vengan, que les daremos batalla”, arengó Galtieri y soñó con la posteridad. Apenas días antes, el 30 de marzo, esa misma Plaza había albergado la primera protesta masiva en un acto organizado por la CGT y ahora, gracias a su jugada magistral, la misma Plaza de Mayo lo aclamaba. Se imaginaba un futuro de dictador eterno.

Dos decretos del intendente Galtieri. El de arriba, firmado al otro día del golpe de Onganía. El de abajo, disolviendo el Concejo Deliberante, cinco días después.

Pero el delirio duró poco. Margaret Thatcher vio su propio filón y mandó su poderosa tropa al Atlántico Sur a enfrentar a un ejército improvisado y amateur, constituido centralmente por conscriptos más entrenados en hacerles los mandados a sus jefes que en cualquier asunto bélico. El delirio de Galtieri llevó a la muerte a esos jóvenes y arruinó las vidas de otros miles. Los Estados Unidos que alguna vez lo elogiaron (“un general majestuoso”) apoyaron a su aliado histórico. El 14 de junio se firmó la rendición y apenas tres días después, en calzoncillos y al pie de su cama, Galtieri optó por no resistir al reclamo del jefe del Estado Mayor, general José Vaquero, que le venía a pedir la renuncia.

El informe Rattenbach –la investigación realizada por el Ejército en 1982– recomendó que se condenara a Galtieri a degradación y fusilamiento debido a la forma irresponsable con la que manejó el conflicto. Pero el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas fue más benévolo y lo condenó a 12 años de prisión. En el Juicio a las Juntas Militares fue absuelto en la causa por la desaparición de 711 personas mientras estuvo a cargo de la jefatura del II Cuerpo y del aparato represivo en Rosario. Permaneció detenido en Magdalena seis años, hasta que en 1990 Carlos Menem lo incluyó en la primera tanda de indultos.

La firma de Galtieri, ampliada.

Más de dos décadas antes, Galtieri había ocupado la subdirección de la Escuela de Ingenieros en Concepción del Uruguay, entre 1964 y 1967. Fue en ese lapso en que, al producirse el golpe de Onganía, asumió como Presidente Interino Municipal. Tomó ese cargo el 29 de junio de 1966 y en los primeros días de septiembre del mismo año le cedió la posta a Carlos Alberto Roca, cuyo sello ya no dice “interino”, otra muestra de que la “Revolución Argentina” de Onganía pensaba quedarse en el poder. En ese lapso, de apenas algo más de dos meses, Galtieri firmó 28 decretos, tomando las más diversas decisiones relativas a la Municipalidad. Sin embargo, lo que más recuerdan los escasos empleados municipales que lo vieron pasar por la intendencia, es su conocida afición al alcohol. Quizás como parte de una leyenda negra, se asegura que en más de una ocasión colaboradores suyos debían “sacarlo a tomar aire, para refrescarlo un poco”. También circula la historia que asegura que, siendo subdirector de la Escuela de Ingenieros, subordinados suyos debieron recorrer toda la ciudad para encontrarlo, no sin sorpresa, durmiendo una borrachera en la vereda de un bar bastante concurrido de la época.

Los chistes de la época dirían luego que Galtieri tomó las Malvinas porque no tenía nada más que tomar. Pero lo cierto es que las chanzas no borran el amargo sabor de la tragedia de la que él fue uno de los máximos responsables, como jefe de la represión ilegal, y enviando jóvenes argentinos a morir en el Sur, ensuciando una causa noble como la de los derechos argentinos sobre las islas. El alcohólico represor tuvo un fugaz paso por la intendencia local. Tan fugaz como los efectos del alcohol.

 

La nota original se publicó en el número 111 de El Miércoles, en enero de 2003, con la firma de Américo Schvartzman y la colaboración de Valentín Bisogni y Armando Cergneux. Para esta versión se consultaron también notas periodísticas de José Natanson y Fernando Cibeira en Página/12, y el libro Recuerdo de la muerte de Miguel Bonasso. Hay mucho material sobre Galtieri en la amplia bibliografía sobre la dictadura militar 1976-1983, no obstante escasean obras específicamente sobre el dictador que inició la guerra de Malvinas. El Rosario de Galtieri y Feced, de Carlos del Frade, toma el período en que estuvo a cargo del terror en esa región. Paula Canelo en su trabajo "La descomposición del poder militar en la Argentina: las Fuerzas Armadas durante las presidencias de Galtieri, Bignone y Alfonsín (1981-1987)" ofrece un análisis de la fase final de la dictadura desde su mandato. Es de imprescindible lectura –al menos sus conclusiones o las diversas síntesis que se han publicado– el mencionado Informe Rattenbach, el voluminoso trabajo en 17 tomos producido por la comisión creada bajo la dictadura de Reynaldo Bignone para evaluar el desempeño de las fuerzas armadas durante la Guerra de las Malvinas, y que resultó lapidario para con Galtieri y el resto de la conducción bélica, al punto de sugerir la pena de muerte para varios de ellos. El Informe –que se conoce con el apellido del General Benjamín Rattenbach, quien estuvo al frente de la comisión– está disponible completo en el sitio oficial de la Casa Rosada desde 2012.

https://www.casarosada.gob.ar/informacion/archivo/25773-informe-rattenbach

 

 

 

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