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A UN AÑO DE SU ADIÓS: SEMBLANZA DE JOSÉ ANTONIO CASTRO, "EL CHAMARRITERO"

Este martes 30 de enero se cumple el primer aniversario del fallecimiento de José Castro, “El Chamarritero”.  La profesora Stella Maris Goudard de Rudminsky nos regala esta semblanza del músico uruguayense.

 

 

SEMBLANZA DE JOSÉ ANTONIO CASTRO, EL CHAMARRITERO (1932-2017)

 

SE “NOS” FUE A CHAMARRITEAR A OTRA PARTE

I

 

“_ Cuando un gaucho mira un árbol, ve su fronda para cobijarse; cuando lo mira un carpintero, solamente ve su madera para cortar”.

 

Aquella mañana sorprendentemente tibia de otoño, José Castro “el Chamarritero”, sacó de la manga “su” carta de presentación, con aquel decir pausado, melodioso y profundo que yo escuchaba por primera vez.

Era el 1º de mayo del ´87, en el ámbito histórico y de concordia de “La Fraternidad”, en Concepción del Uruguay.

Fue en aquella ocasión en que un puñado de docentes nos habíamos transportado hacia allá, con el propósito cierto de encontrar el asesoramiento adecuado para poder dar los primeros escarceos en la regionalización de la enseñanza media en Entre Ríos.

Nos esperaba un puñado de entendidos - que conformaban una de las “herencias” de Don Florencio López -,  el Instituto de Antropología “Juan Bautista Ambrosetti”, dependiente de la UCU (Universidad de Concepción del Uruguay): la Lic. Alicia Cora Quereilhac de Kussrow, la Prof. Juana Aladio Varela, el Dr. Jorge Diaz Vélez,  el propio Chamarritero,…

Por entonces, yo me desempeñaba como Directora Organizadora de “Entrerrianía”, el flamante Ciclo Básico de Villa San Marcial, Estación Urquiza, en el Departamento Uruguay, el que acababa de abrir sus puertas sólo un mes atrás, el 7 de abril.

 

II

 

Desde entonces, se sucedieron los inolvidables y enriquecedores encuentros con José (como le gustaba ser nombrado).

Aprendí a conocer en él a un uruguayense leal y de principios; a un apasionado sabedor de historias; a un afanoso narrador de vivencias; a un rico transmisor de anécdotas; a un orgulloso amante de su terruño; a un presto colaborador de “Entrerrianía”; a un amigazo fiel de otros grandes músicos; a un enamorado de la vida junto a “su” Marga, su compañera de ruta …

Tuve la suerte de arrimarme a ese hombre generoso hasta los codos,  que tuvo su propia fortuna: la de nacer en Concepción del Uruguay “ciudad tan entrerriana y tan argentina, tan plena de historia, de tradición y de poesía, con un paisaje de prado, monte y río, capaz de atesorar la vocación de sus hijos apuntalando el ayer para que sea más firme la luz del mañana”, en labios Atahualpa Yupanqui.

Tuvo por testigos de nacimiento ese monte entrerriano _ que, por entonces, parecía poseer una riqueza inacabable _  y ese río que lo acunó en sonidos, el que en su decir se haría letra sentida, ese Uruguay “cabeza de escorpión” -en la pluma de Juan José Saer-, hasta cuya desembocadura llegara, en el ardiente verano de 1516, Juan Díaz de Solís y su expedición de innominados.

 

A los dieciséis años su voz se hizo canto, y a los veintidós se regaló la primera oportunidad de actuación con la música, a través del éter de la LT11 local.

Comenzaba a trenzar, así, su destino de cantor, su visceral relación con la canción del litoral, la que afiataría cuando, en septiembre de 1963, le tocara en suerte acompañar a Yupanqui durante su visita a la Histórica y le escuchara decir: “esto no es un entretenimiento; esto es una enorme responsabilidad”.

 

Ese orgulloso muchacho de zapatos lustrosos, que guiara a aquel grande de Julio Sosa en la búsqueda de unos cigarrillos importados, frente a la Plaza “Ramírez”, para ser convidado luego con un “¿Nos tomamos unos vinos, negro?”, fue empleado municipal.

Y no faltó quien pensara en castigarlo sin saber que lo premiaba, cuando pasó a la administración del tercer y definitivo cementerio de la ciudad _ el que fuera apadrinado por Urquiza _ “el lugar donde se encuentra la verdadera historia de todos los pueblos”, según su propio concepto… y como pez en el agua, hurgó entre tumbas y recuerdos, entre memoriosos y registros, entre Calventos y Urquiza, entre Panizza y Clark, entre López y Galarza, entre Tejeiro Martínez y Lorentz…

 

El escenario de Arequito, en la Provincia de Santa Fe, lo consagró en 1965.

Ese público contagiado por nuestra música litoraleña nunca supo que José había llegado hasta allí como en verdadera odisea: sin un peso en el bolsillo, en colectivo, en lancha, con largas horas de espera, con muchas paradas, compartiendo la amistad de unos amigazos recién casados, mate amargo y torta de bodas de por medio.

 

Por el ´68, el Encuentro Entrerriano de Folklore realizado en Villaguay, le otorgó el primer premio y, con ello, la merecida inclusión en la Delegación de Entre Ríos para participar del Festival Nacional de Folklore en Cosquín, en 1969, “cuando todavía el festival era auténticamente folklórico”, aseveraba.

Tuvo allí la inmensa satisfacción de compartir el escenario mayor junto a uno de los mentores del mismísimo festival y de su Ateneo Foklórico, el correntino aquerenciado en Concepción del Uruguay, Florencio López… Con el ritmo de su guitarra, “ilustró” la charla del Profesor Hernán Pirro sobre la chamarrita, junto a su entrañable amigo Aníbal Sampayo.

 

Las memorables tertulias realizadas en la Biblioteca “El Porvenir” le codearon  con  hombres de la talla del pintor Luis Gonzaga Cerrudo – porteño aquerenciado en la atrapante Concepción del Uruguay_ , y el nunca suficientemente bien reconocido F. López. Una verdadera cofradía intelectual.

 

De su copiosa y exquisita biblioteca especializada en folklore se nutrieron muchos; algunos, tal cual aves de rapiña, se llevaron parte para sí, en clara evidencia de que los libros difícilmente se devuelven y, máxime, cuando el dueño es generoso, abierto y humilde para pedir devolución.

 

Para el ´87, tampoco pidió plata para viajar y se subió a un camión para llegar a Tandil, con la delegación que representaba a su ciudad. Como solista, obtuvo el primer premio; y como integrante del conjunto instrumental “Brisas del Litoral”, el segundo.

 

.“¡Yo le debo tanto, tanto a la música y a la guitarra ¡… Y yo no sabía música, por eso me marché a Buenos Aires, para que un amigo – Roberto Aguilera _ le pusiera la música a las letras de mis dos chamarritas: “Arroyo de la China” y “La Delfina”. Tino y Chela Bentancourt le pusieron la danza a esta última…

Hoy “La Delfina” anda paseando por Méjico; eso creo”.

 

Cuando niño, a “Chiquito” – como le llamaban sus conocidos – la necesidad le apretó, como clavo a un perro echado, y le enseñó a trenzar el cogollo de la palma caranday para convertirlo en flor. Sentado por noviembre en el atrio de aquel cementerio que sería luego “su” fuente documental, fueron esas flores las que trocaron en sus primeras monedas.

El mismo “Chiquito” que, casi sin  palabras y con lágrimas, tuvo el público reconocimiento de toda una vida plena: Adulto Notable de Entre Rios por el Departamento Uruguay, en 2010;  y Ciudadano Ilustre de su ciudad natal, en 2012.

 

Cuando el “Juanele” paranaense albergó el festival-encuentro organizado por el grupo “De Costa a Costa” en homenaje a su amigo Sampayo, José atravesó la provincia y cantó “presente”. Se reencontró con amigos y se lo vio feliz.

A la distancia, adiviné que aferraba entre sus manos el regalo que traía para mí: un DVD que contiene material valiosísimo para los que amamos la cultura de cantares olvidados; diría, un material casi inhallable.

Trasnochamos y “conversamos con unos vinos”, como decía Marcelino Román (aunque, en verdad, no tomamos vino), acompañados por Cecilia, su hija, y su fiel acompañante terapéutico.

Era noviembre de 2016.

Fue nuestro último encuentro.

 

III

 

Estoy segura, segura,  que estará “atado a un antiguo madero estremecido, la guitarra” _ en palabras de Yupanqui … y que andará regalando aquella copla suya , nacida de su alma, en Arequito , por el ´65:

 

“Desde Concepción del Uruguay, / donde el Río de los Pájaros pasa a lo lejos, / besándola con un silencio de adiós, / y el aire mañanero despunta las islas de esmeralda, / de calandria y contrapunto, /  de zorzales, / y el cielo azul se salpica de garzas y biguaces. / Ahí, / en los atardeceres sangrantes y violetas de las costas del Río Uruguay / he visto crecer a los gurisitos, / pies descalzos, / lejanos de ternura, / con sus miradas sencillas y provincianas;  / y a las lavanderas a mano, / morenas copos de espuma, /corvadas sobre la arena, / que eran sus formas de rezar. / Entre ellas, / el recuerdo imborrable / de mi querida abuelita, / lavandera de cuarenta años en el Arroyo de la China. / Todo eso, y muchas otras cosas más, / es lo que mantiene encendido este fogón telúrico / que arde en mi pecho de muchacho provinciano, / y que yo acerco a ustedes, /  con el sincero anhelo de que llegue puro y simple / como lo siento yo, / como lo sienten los autores de los que componen mi repertorio. / Por eso es que yo le canto a los pescadores, / como aquel que contrabandeó, / a quien en desgracia cayó, / por balas del guardacostas, / sin saber que a esa derrota / la pobreza lo llevó. / Canto al litoral / con su acento tan genuino. / Yo le canto al lado argentino / como a la Banda Oriental: / sos una pena espiritual / porque un río nos separa / y, con mente preclara, / al cielo del Uruguay”.

 

Prof. Lic. Stella Maris Goudard de Rudminsky

Desde Paraná, enero de 2018.

 

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