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ADIÓS AL “GRAN MAGO”…

Me enteré tarde -y lejos de Uruguay-, que te habías ido, y en ese momento se me anudaron las tripas y se me quebró el corazón. Vinieron a mi memoria cataratas de imágenes, recuerdos, momentos, anécdotas, etc., vividas junto a aquel irrepetible equipo de basquetbol del Tomás de Rocamora que brilló en lo más alto del firmamento provincial y nacional en los ‘60 y ‘70.

Gonzalez
"Fue grande-grande de verdad, sin vueltas y si algún día se arma una Galería de la Fama del basquetbol argentino, sin duda alguna el Tucumano Mario Alberto González la integrará por derecho propio". (Ilustración. Facebook de Rocamora).

 

Por CARLOS R. CANAVESSI

Aunque parezca lejano, empecé a seguir a Rocamora desde que jugaba en la cancha abierta situada en la esquina de Galarza y Supremo Entrerriano, donde hoy está el Juzgado Federal. Brillaba por entonces la figura gigante de Nando Gondell. Después fueron algunos partidos en la sede provisoria de Rocamora y Combatientes de Malvinas, para posteriormente llegar a la propia, la actual, en el bulevard Yrigoyen. Aún recuerdo la exhibición en las veredas del viejo Centro Comercial, frente a la plaza Ramírez, de la maqueta a escala de esa obra, con todos sus detalles: el acceso, la sede social, las canchas de tenis y la “espectacular” cancha abierta de basquetbol, rodeada de tribunas y plateas de hormigón, un inmenso adelanto para la época. Todo estaba siendo preparado para las funciones del “Gran Mago” que disfrutaríamos a pleno a partir de entonces…

Yo era por entonces un adolescente que iba por las tardes y noches a presenciar los entrenamientos del Rojo. Tenía un lugar especial: me sentaba en las plateas, atrás de la mesa de control y al lado de Don González-papá del Tucumano-, con quien charlábamos todo el rato y me detallaba las jugadas, las picardías, los lujos de su hijo, en medio de “explicaciones técnicas” dictadas más con el corazón que con la razón.

Hasta que llegaban los partidos. Podrían ser en verano, con tremendos calores, bichos y humedad, o en invierno, soportando heladas en la espalda. Pero todos esperábamos ansiosos el inicio de la función. Apenas el árbitro lanzaba hacia arriba la pelota de cuero (no existían por entonces ni la “americana” ni los “americanos”; ambas cosas vendrían años después…), comenzaba la actuación del “Gran Mago”. Era un prestidigitador, un ilusionista, que en cualquier momento hacía aparecer un conejo o un pañuelo de la galera… Cientos de pares de ojos estaban fijos en él, pendientes de qué haría, qué cosa inventaría en cualquier momento. Sensación que sólo volví a experimentar años después con Diego Armando y ahora con Lionel. Lujos por todos lados, amagues, frenos, fajas y todo el repertorio imaginable. Hasta que en una ráfaga todo terminaba con los adversarios desorientados, perdidos y el “Gran Mago” depositando la globa en la canasta… Era el director de una orquesta muy afinada, que formaba un conjunto insuperable e irrepetible. Don Julio desde afuera, disfrutando también, y adentro de la cancha la Culebra, Cacho, Luis, Jorge, el Queso, el Gordo, después el Monito, el Cuqui, el Dormilón, el Memo y tantos otros que aparecieron luego, siempre bajo la tutela del “Gran Mago”…

En 1965 se produjo uno de los hechos deportivos de mayor nivel del deporte uruguayense: el Campeonato Argentino de Clubes Campeones de Basquetbol, ganado en forma invicta y brillante por aquel tremendo equipo del Tomás de Rocamora, venciendo en la final al Club Inti de Santiago del Estero. Recuerdo claramente a la figura estelar de ellos, el “Inti” Ríos, diciendo: “…si llegamos a la final, Rocamora es pan comido…”. (No me lo contaron, lo escuché yo mismo de boca del jugador). Recuerdo también las angustias de no saber si el Tucumano podría jugar, pues estaba haciendo la colimba en Punta Indio, cerca de Bahía Blanca, y no había certezas de que le permitirían participar en el torneo. Finalmente todo se dio: el estadio abierto a pleno, repleto de espectadores, con su nuevo cartel marcador a manijas, donado por “Lusera” (que permitía marcar hasta 99, porque sólo tenía dos dígitos por equipo y a nadie se le ocurría que se podría llegar a 100 o más), las transmisiones radiales con LT11 a la cabeza, una noche de febrero hermosa y el Tomás de Rocamora, de la mano del “Gran Mago” y su pandilla, Campeón Argentino de Campeones…

La Magia traspasó las fronteras uruguayenses y se floreó, deleitando fanáticos, por todos los confines provinciales y nacionales. En 1968, la selección de Entre Ríos fue invitada –de apuro, ante la deserción de otro equipo- a un cuadrangular internacional en el Luna Park de Buenos Aires. Como no podía ser de otra manera, el “Gran Mago” comandó aquella selección, acompañado por los mejores jugadores de Paraná y otros puntos de la provincia. Derrotaron al Macabi de Tel Aviv y a la selección local de Capital Federal, en su propio reducto, ganando el torneo de manera brillante y quedando –una vez más- en la historia grande del basquetbol entrerriano.

Por aquellos años hice mis estudios universitarios en Rosario, donde cada vez que asistía a un partido de básquet y decía que era entrerriano, surgían los elogiosos comentarios para el “Gran Mago” de Rocamora. Todo el mundo hablaba maravillas de él, como jugador y como persona. Fue una figura cumbre del deporte uruguayense, de esos que surgen muy de vez en cuando, que desparramó talento y calidad por cuanta cancha pasó, no importando si jugaba de local o visitante. Fue grande-grande de verdad, sin vueltas y si algún día se arma una Galería de la Fama del basquetbol argentino, sin duda alguna el Tucumano Mario Alberto González la integrará por derecho propio.

Hoy el “Gran Mago” decidió irse; no más funciones.  Quienes tuvimos la inmensa dicha de aplaudirlo y ovacionarlo en mil oportunidades, hoy lo despedimos con el corazón estrujado. ¡Hasta siempre Tucumano, “Gran Mago” del basquetbol…!!

Abrojo C.

 

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