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Ana Teresa Fabani, la poeta trágica

Escritora y poeta de sensibilidad exquisita, un solo libro publicado en vida le bastó para ser reconocida como una de las figuras más notables en la literatura argentina de la década de 1940. La crítica especializada de la época la consagró como una voz poderosa y de enorme valía, y aunque es merecedora de numerosos homenajes, en su ciudad natal sigue siendo poco conocida. A continuación, el capítulo completo sobre ella que se publicó en el tomo 2 de "Historias (casi) desconocidas de Concepción del Uruguay" (Editorial El Miércoles, 2022).

 

“Ana Teresa fue como tantas figuras de nuestras letras, casi autodidacta. Estudió en la Escuela Normal, después, los libros de la biblioteca paterna, el roce con escritores y personalidades cultivaron su espíritu. El poeta genuino había nacido en ella. Empezó a escribir desde la más tierna adolescencia en el seno de un hogar acaudalado. Y día a día fue afinando su sensibilidad en las lecturas de Rilke, de Garcilaso, de Lope de Vega, iniciándose hacia el cómo y el porqué de cuanto nos rodea, hasta que su vida toda, así enriquecida, empezó a darse, mágicamente en el canto”, dice Domitila Rodríguez de Papetti.

Ana Teresa Fabani nació en Concepción del Uruguay el 6 de marzo de 1922 y falleció en Buenos Aires, a los 27 años, el 21 de junio de 1949, tiempos en que la tuberculosis (que la afectó tempranamente) era todavía una enfermedad temible. Ana Teresa, que era hija de Mateo A. Fabani y de Ana Teresa Rivera, egresó como docente en 1939 de la Escuela Normal Mariano Moreno. Y ese mismo año empezó a experimentar quebrantos de salud por su enfermedad: se mudó a Córdoba para tratarse en el sanatorio de Ascochinga. La tuberculosis frustró sus deseos de seguir estudios de diplomacia. Poco después, en 1946, se instaló en Buenos Aires, desde donde viajaba a su ciudad natal y a Córdoba. Y en Buenos Aires falleció apenas tres años después.

Su breve paso por la vida dejó sin embargo una fulgurante huella poética. Había publicado su primera poesía en la sección literaria del diario La Calle de Concepción del Uruguay en 1943 –sí, ¡entonces tenía suplemento literario!– y poco después diarios como Clarín y La Nación publicaron trabajos suyos. Su único libro en vida fue la colección de poemas Nada tiene nombre, editado pocos meses antes de su muerte. Su novela autobiográfica Mi hogar de niebla –que no llegó a corregir– se imprimió de forma póstuma en Buenos Aires en 1950, con un prólogo escrito por el escritor y dramaturgo Ulyses Petit de Murat e ilustraciones del destacado artista Juan Carlos Castagnino.

La poeta surrealista María Meleck Vivanco expresó en una entrevista su admiración hacia la autora, que además fue su amiga: “Tendríamos que hacerle el homenaje que se merece como mínimo en la Biblioteca Nacional. Era agnóstica, pero con mucha humanidad adentro. Yo me dormía sobre su frondosa cabellera extendida a modo de cola de pavo real y de un castaño dorado fuera de serie. Era muy fácil contagiarse la tuberculosis, sin remedio, pero los jóvenes jamás piensan en el peligro. ‘Mi único consuelo, me decía, es que mi cuerpo no conocerá la vejez’. Con su nivel de ternura tan alto y su extraña belleza, se la veía como iluminada”.

“Aunque ‘Nada (tenga) Nombre’, todo sufre. Sufre la noche que nos llama. / Sufre ella y le responde. Y hace tanto tiempo que la noche no la nombra / que resulta inusual que esta noche, insistentemente, la nombre”, dice Luis Alberto Salvarezza en un poema que lleva como título el nombre de nuestra escritora.

Con motivo del primer aniversario de su fallecimiento, en 1950 sus amistades, con el auspicio de la Biblioteca Popular El Porvenir, editaron un Homenaje a Ana Teresa Fabani, impreso en los Talleres Gráficos Blaistein, de nuestra ciudad. En esa publicación, con palabras de introducción de Leopoldo Broedl –el fundador del diario La Calle– se suman al reconocimiento autores de prestigio en la Argentina de entonces, como José Portogalo, Cayetano Córdova Iturburu y Raúl González Tuñón, y destacadas voces poéticas entrerrianas como Juan L. Ortiz o Luis Alberto Ruiz. La presentación tuvo la colaboración musical de Darío Peretti.

En ese folleto dicen dos versos del poema de Córdova Iturburu: “Cuando no estés, si es que no estás un día, / sólo oiré en las palabras tu palabra”. Y coincide con lo que expresa Luis Alberto Ruiz: “Para decirte adiós, / tendrían que perder su sentido / las palabras con que dijiste tu pasión...”. Y en homenaje de la SADE, casi tres décadas después, Domitila Rodríguez de Papetti –estudiosa de la obra de Ana Teresa– descubre leyéndola: “El inasible esplendor de las palabras / y su frágil tiniebla”.

Salvarezza destaca “esas palabras que el viento hablaba con ella y ella le decía al río Uruguay; esas que a veces se quebraban como una rama o un ala. (A propósito, lo alado, tópico en su obra, laemparenta con el cielo, lo espiritual y el pensamiento)”.

También Alfredo Veiravé la evoca: “...Y tu perfil se desvanece como un junco / –sombra de pájaro ausente– / Clavel del ay! / entonces la tarde / reclina su silencio en un espejo demorado / donde duermen tus ojos, / el río / y la inerte azucena del pecho / cuando el dolor se rompe en tu costado”. Y en algunos versos reconstruye su imagen Jorge Enrique Martí, quien le dedicó un “Romance”: "Era como si la luz / se hubiera vuelto muchacha, / con todo (su) pelo rubio / en fulgores de cascada / cayendo en oro purísimo / por la albura de (su) espalda". Y luego: "Y (sus) ojos de esmeralda, / verdes con azul de río, / azules con verde de algas".

Los homenajes poéticos de sus colegas escritores y escritoras son un notable monumento vivo para Ana Teresa Fabani. Pero para sopesar el reconocimiento a su obra en su época, nada mejor que reproducir estos fragmentos, escritos por Córdova Iturburu, autor del prólogo a su poemario Nada tiene nombre, impreso en enero de 1949 –el último año de vida de la poeta– en Buenos Aires. Dice el prologuista: “Este libro es una selección de sus poemas más recientes. No vacilo en afirmar que con ellos se incorpora a nuestra poesía –y muy particularmente a la femenina– un acento de antecedentes ilustres en la literatura del mundo; pero casi sin precedentes en la de estos alrededores del Río de la Plata. Ese acento es el de un lirismo delicada y hondamente íntimo, el que asoma sus percepciones sutiles, su llanto contenido y su sonrisa melancólica en algunas páginas memorables de la lírica anglosajona, en cierto Garcilaso, en cierto Góngora, en cierto Lope de Vega, en los sonetos de aire atardecido y noche desconsolada de Enrique Banchs. Ana Teresa Fabani Rivera nace a la poesía –y a la vida, por tanto– con la extraña carga de una sabiduría infusa: la del frágil mundo de los sentimientos”. Luego afirma que “el pensamiento de la muerte, el sentimiento, mejor, domina esta poesía con su magia nocturna de hielo, de soledad y oscuridades. (…) Esa parte de misterio, de milagro y de magia en que la poesía se acerca a la difusa vaguedad de la música es, tal vez, lo mejor de la poesía si no es la poesía misma”.

 

Ana Teresa en retratos: arriba, tinta de Ernesto Bourband T y caricatura con técnica mixta de Jorge Petersen. Abajo, tinta de Norma Frigerio, en la antología “Entre Ríos cantada”, y dibujo a lápiz de Juan L. Ortiz.

Fueron innumerables los comentarios que generó esa obra. Portogalo, en el Homenaje... de la Biblioteca antes citado, dice: “Nada tiene nombre abrió de inmediato una perspectiva en la lírica argentina. Teresita, Teté, como la llamábamos en nuestra rueda de amigos, estaba transfigurada, radiante como un amanecer en el campo. Había conseguido al fin romper la clausura en que se debatía su delicada naturaleza física. Era ya ella en plena posesión de su destino vocacional. Nada tiene nombre tenía su propio nombre para la consideración crítica”.

También la elogió la crítica de numerosas revistas literarias, como la que se publicó en Iberoamericana –sin firma en este caso– con las siguientes palabras: “Estas sencillas poesías de la joven autora entrerriana parecen dichas en voz baja y hablan de imperceptibles anhelos, temores y decepciones, mientras los días van resbalando hacia la 'nada' para confundirse con todas las demás 'nadas' en que se desvanecen la risa, los pensamientos, el dolor o la dicha. Hay un tono de desencanto ante el vacío del mundo que la rodea y que carece de sentido, si todo ha de deshacerse en humo. Es la desazón metafísica de la juventud moderna, a tientas en busca de una eternidad en la que apenas cree y que en la poesía de Ana Teresa Fabani Rivera cobra un acento de suave tristeza”.

También la revista Marginalia, de Montevideo, en un comentario que firma Manuel A. Abella, la define como “nueva y notable voz femenina de nuestro tiempo”. Y enfatiza: “Su poesía sorprende por la exactitud de la imagen, por la precisión del ritmo, por la finura del vocablo, por la íntima y rigurosa profundidad de los temas. Y se añade, por sobre todo ello, coexistiendo, el milagro, el misterio”. En esa misma revista, a fines de ese año 1949, se publica el poema inédito “No me digan que ha muerto…", con la aclaración siguiente: “Habíamos solicitado su colaboración para Marginalia, cuando sobrevino su prematuro fin. A la atención de sus familiares debemos el poema inédito que ahora publicamos”. Es este que transcribimos:

No me digan que ha muerto...

No me digan que ha muerto— porque el día
crece como una rosa cristalina.
Y en el cielo han abierto golondrinas.
No me digan que ha muerto... todavía
corre la luz y el aire en torno vela
como cuidando a un pájara que vuela.

¡No lo quiero saber... No hay nadie muerto.
De todos los que ni vivir un día
nadie dejó de ser...! Que no sea cierto
el silencio y el frío de los muertos
hasta que yo no esté también ya fría.

También en su ciudad natal arreciaron comentarios favorables al libro de Ana Teresa. El poeta y periodista Francisco Javier Abescat en la revista Substancia, afirma sobre el poemario: “Puede decirse que en él hay perfume de lejanía; aroma de flor guardada en un libro; silencioso dolor de pájaro herido, sueño de nido que borró la noche; noche de olvido que se hundió en el recuerdo. Cuando un alma delicada entra en el país espiritual de la soledad, la soledad realiza la paradojal milagrería de tornarla dulce o rebelde. La soledad con sus silencios musicales y sus vientos sin ruidos, llena el alma; con el verbo sonoro de Santos Chocano o la suavidad de la frase de Teresa Wilms Montt, la soberbia protesta de Almafuerte o la dulcedumbre de Santa Teresa de Jesús. (...) La poetisa tuvo la bondad de no dar nombre a lo que pudo tenerlo; diluyó en la aérea ala de la nada lo que rondó en su soledad y su tristeza. Como la sombra maestra de Da Vinci en el muro del Convento de Santa María de la Gracia al producir La Última Cena, la poetisa adelantó la perspectiva titular con la elocuencia desdibujada de una sombra que siendo sombra es luz”.

Y nada menos que Mario Benedetti, en la legendaria revista Marcha, de Montevideo, escribió: “Nada tiene nombre es, en primer lugar, un libro sincero, en el que el lirismo no precisa del decorado erótico ni tampoco de acrobacias verbales, para merecer la atención del lector. La autora dice su obsesión de la muerte sin exagerar nunca el tono ni traicionar su serena tristeza. Esta vida de la muerte se nos adhiere inevitablemente y sentimos que frente a ella el nombre de las cosas y de los seres se desvanece lentamente hasta dejarnos a solas con su presencia, que es ausencia. La muerte existe dolorosamente en cada misterioso instante de la vida, y su posibilidad implacable, desnuda, verdadera, subvierte los valores y burla a cada paso las márgenes desconcertantes del previsto futuro. Responder, ante la expectante ansiedad del ser, que 'nada tiene nombre', que se es de la soledad y solo de ella, que no es olvido el silencio que dejamos detrás de nosotros y que hasta la nada pasará como un sueño que no es eso revela una amargura ya descifrada, crecida hasta los labios en imprevistos hallazgos del espíritu. Este es un libro de incertidumbre, de dudas esenciales. Aunque los caminos se anuncien, sigilosos y vacilantes, la verdad es que todo desconcierta. Y esto quizá ni es sueño ni sea nada. Ana Teresa Fabani está segura de su inseguridad. Pisa la tierra y parte. Vuelve a pisar la tierra. Oscila entre las voces, entre los ángeles que miran el pensamiento y el temblor de la dicha que no se goza”.

Portada original de “Mi hogar de niebla”, con ilustración de Juan Carlos Castagnino.

Alguien podrá preguntarse a esta altura: ¿cómo es posible que semejante talento poético sea apenas conocido (y
menos aún leído) en la ciudad misma de la poeta? La recopilación de homenajes que realizó Luis Salvarezza acude a acrecentar esa perplejidad. Por ejemplo, cuando registra los interrogantes o las respuestas poéticas de todos los tiempos a ese título. Como dice el poeta Jorge Enrique Martí: “Y tuvo nombre tu nombre / convocador de nostalgias”. O Juan L. Ortiz (acaso la más grande voz lírica del Litoral), en su poema "Ana Teresa Fabani": “O encontraste en lo hondo, en la pálida aurora abisal, / que 'todo tenía nombre', el nombre , ay, cambiante.…”. Por su lado, Juan J. Bredeston exclama: “¡No ha muerto todavía...! Va volando / y lentamente se aproxima al cielo; / aún se escucha como un canto lejano / el celeste aleteo de su vuelo. / Sube a buscar una palabra hermosa; / una palabra sensitiva y bella / con que poderle dar 'nombre a las cosas' / y a dormirse después, junto a una estrella”.

El profesor Roberto Ángel Parodi asegura, en la revista Ser, que Nada tiene nombre posee “para nosotros, subjetivamente, la unidad de un poema. Todas las páginas de su libro están motivadas por un mismo sentimiento que se torna sensible en bellísimas imágenes plasmadas por su espíritu. (...) Esa unidad temática se complementa con la disposición de sus versos en los que se puede seguir el tránsito de su lucha interior, de su propio vencimiento, de su salto definitivo sobre la angustia de la nada y de la muerte. Hay una gradación evidente de su proceso espiritual que se inicia en aquellos primeros versos en que se descubre a sí misma y asiste a su propio naufragio, a esa lucha desproporcionada y tenaz de un resto de vida zozobrando en una fragorosa inmensidad; y culmina en la última poesía, cuando adormecidos ya los sentidos, despojada de sus atributos terrenales se sumerge en el silencio, se libra de la muerte y alcanza por ahondamiento de su propia esencia, esa completa pasividad, esa tranquilidad morosa, esa quietista actitud contemplativa en la que el espíritu intuye la verdad".

Distintas antologías la recuperan: en 1953, Luis Gudiño Kramer la incluye en Escritores y Plásticos del Litoral, y en 1955 la primera antología iconográfica de poetas entrerrianos, Entre Ríos Cantada, un trabajo extraordinario de Luis Alberto Ruiz, incluye el poema inédito "El río Uruguay" y otros de Nada tiene nombre. Además transcribe fragmentos de páginas escritas con motivo de su muerte: “¿Hablaremos de todo lo que existe en Nada Tiene Nombre? Ana Teresa nunca corrigió sus escritos; ciertas figuras y formas, ciertas intuiciones descubren una percepción diferente de la realidad. Un aspecto extraño lo revela el afán de hacer intangible hasta lo concreto; innominado y sordo lo que nos rodea y nos es familiar. Fue una disposición no sensorial, sino nacida de la angustia de la soledad: donde cualquier llamado queda sin respuesta”.

Otro hallazgo de Salvarezza es la edición del poema “Niña del Alba” (de junio de 1949), no incluido en Nada tiene nombre y del que se imprimieron 34 ejemplares en papel fabriano filigranado con obras de Líbero Badii y tirada de Domingo Bucci, edición de Francisco A. Colombo, Buenos Aires, 1964. Dice ese poema: “En el aire lentamente / sonaron las campanas / y en su ahogado tañer, / para siempre hizo nido / la canción palidecida de tus labios. // La lluvia maternal / te meció en su anillo de silencio; / la lluvia acogedora / tomó el color y la forma de tus sueños; / y en cada primavera / cuando fecunde / los surcos y los huertos, / en el árbol y en la hierba / hará que tus sueños retoñen. // Oh! soñadora niña del alba!” En 1964 Colombo editó treinta ejemplares de su Canto al río Uruguay con dos ilustraciones de Libero Badii.

Salvarezza dice que Nada tiene nombre desarrolla la afirmación de Kurt Goldstein cuando sostiene que la angustia que no es connatural aparece ante la inminencia del peligro. “O en otras palabras consolida su conciencia que se remonta desde el ‘grito’ hacia una búsqueda de ‘celebración del hecho de existir’ en torno de esa situación existencial ‘ser-para la muerte’. Toda poesía también tiende a la muerte de la poesía. Y su obra, esa casa hacia la intemperie, es como un presagio ineludible: ‘cuando empecé a morir día por día’; ‘un día no seré’. Aclarar y profundizar el problema de la muerte es aclarar y profundizar el problema de la vida. La poética afirmación de que todo es pasado o acumulación del pasado en un íntimo presente tiene poderosa gravitación en Nada tiene nombre. De ahí que su obra posea el tono que precede a las despedidas. El tiempo, ‘esa pequeña caja palpitante de resonancias’, radica en el hombre mismo, no fuera de él. y Ana Teresa Fabani tiene de ello desgarrada conciencia: ‘Y callada también miro mi vida / que se va yendo sola y perdida’. ‘Todo pasa. La risa. La mirada / la última vez, y acaso todo eso / que se piensa y se sueña. Hasta la nada / pasará como un sueño / que ni es eso’. Su título nos dice o nos aproxima a lo ‘innombrable’. Y la presencia de lo innombrable está dada a través de la constante alusión a voces, manos, dedos, pasos y huellas sin nombre. El nombre es, pues, la sustancia de lo nombrado. El nombre puede ser también –y lo es en Nada tiene nombre– no la esencia misma sino la representación mental de la cosa ausente, su obsesiva espera, su llegada o su recuerdo”.

Para Rainer María Rilke, prosigue Salvarezza, “lo abierto implica una doble negación, un ningún sitio que nada delimita, un ningún sitio u objeto que nada nombra. Y frente a lo innombrable la soledad que crece, que avanza, que la acompaña, que la encadena, que la llama, que la despierta y duele. Esa soledad que se hace metáfora y es ‘muerte apagada’. Y es a partir de esa postura que todo lo que sucede se cumple para confirmarla o modificarla. Por eso decimos que Ana Teresa Fabani estuvo más estrechamente ligada a lo invisible que a lo visible. Su destino inexorablemente fue cercar el misterio. Y la noche que es además uno de los nombres claves de Nada tiene nombre opera como sinónimo de esa circunstancia. Pero aún en el tormento y angustia de la oscuridad, puede evadirse, sustraerse, escapar de esa realidad que la ahoga, la asfixia: ‘Piso la noche y parto. Pero alada. / Y esto quizá ni es sueño ni sea nada”. Y concluye Salvarezza: “Así, el poema base de Ana Teresa Fabani sería el de un mundo a la vez flotante y abismal. Por eso podemos decir: pocos seres habremos de conocer tan plenos de fatalidad poética. No tenía salvación. No había aprendido a mentirse, a resignarse, a olvidar. Tampoco buscó el suicidio, sólo se puso a esperar. Y porque todo lo que está muerto palpita (Kandinsky) aseveramos que Ana Teresa Fabani estuvo más ligada a lo invisible que a lo visible. Su destino inexorable fue cercar lo ‘innombrable’. Las llaves de ese cerco paradójicamente abren o nombran su poesía”.

El bajorrelieve de Juan Carlos Ferraro en homenaje a Ana Teresa, en el monumento ubicado en la plazoleta del bulevar Yrigoyen, en Concepción del Uruguay.

Se relaciona a Ana Teresa Fabani con otras dos poetas de su tiempo: María Adela Agudo y Ana María Chouhy Aguirre; configurando así un trío literario que el poeta y antólogo David Martínez, reúne bajo la denominación de “las malogradas”. Esta apreciación es reiterada por Domitila de Papetti y por Stella Maris Ponce. Especialmente parecen reunirlas no solo sus aportes a la poesía de la década de 1940 sino también lo prematuro de sus muertes. “Ana Teresa pertenece a esa transición entre las fuentes modernas y tradicionales que por su carácter conservador, un lenguaje alto y elaborado, versificación y tono y temas elegiacos, la nostalgia por lo pasado, la muerte y el recuerdo y esa constante que buscando la simultaneidad generó la dispersión y la soledad. Generación que agrupó sin manifiestos, aisladamente, e hizo una recomposición histórica en contraposición a la ruptura o quiebre que reclamaba la vanguardia: los neorrománticos. Innumerables antologías e historias de nuestra literatura, cuando citan esta generación, hacen referencia a Ana Teresa”, completa Salvarezza.

Mi hogar de niebla es la novela autobiográfica que se conoció después de su muerte. Con prólogo de Petit de Murat e ilustración de Castagnino, fue editada en 1950 y reeditada por Eduner en 2016; también generó innumerables comentarios. Carlos Telbea la califica de “monodiálogo” y agrega: “Una áspera desesperanza, una congoja insufrible rodean vertiginosamente de extrañas resonancias a las palabras y a los aconteceres. (...) Ana Teresa Fabani no tenía, por mayor soledad, la posibilidad de aprender a amar a Dios, sentirlo en la congoja espiritual, como le acontecía a Unamuno para quien la congoja era 'la pasión de no morir nunca', y no una enorme cruel incertidumbre, que es quizás, más dramático”.

En el prólogo, Petit de Murat cuenta: “Fue Raúl González Tuñón el que trajo hacia mí, por primera vez, el inaudito resplandor de sus cabellos dorados y sus ojos verdes. Estaba, como siempre, fatigada. Era de esas personas que llevan –visible, delicado, aterrador– el peso no sabemos si de la muerte o de la vida implacable, que exige ser vivida hasta el fin, tengamos o no fuerza para soportarla. Aposentada en su hogar de niebla, llegaba hasta nosotros con su voz quebrada. Pocas veces ajustamos nuestro paso al suyo. y cuando lo hacíamos era para regresar. (…) A través del magistral capítulo acerca de la sangre y el otro que trae referencias mágicas sobre la fiebre, nace la teoría de la muerte incompleta. O 'mi mediana muerte', como también la llama. De pronto la protagonista –ella misma– advierte que ha muerto, pero que a esa muerte le falta la redondez, la dulzura, el aposentamiento de lo que se ha perfeccionado. (…) Ese era el secreto de Teresita, como la llamaba yo a imitación de Córdova Iturburu, su otro gran amigo poeta. La sonrisa flotante, ciertas paradojas, los mismos caprichos no eran más que la señal cierta de que a ratos le costaba entenderse con gente del país de más allá de la niebla. Me doy cuenta recién ahora de la inmensa diferencia que hay entre el proceso de Teresita y el mío. Yo me acodé al balcón hacia la muerte. Eso era para mí Ascochinga. Para ella, en cambio, era su hogar de niebla. Ella vivía la muerte que para mí –incluso muriéndome– era espectáculo. Gritar no, hasta que no la muerte, sino el más allá mismo de la muerte nos mate –según la teoría agónica de Unamuno– es lo que me dio fuerzas para salir de un río de sangre y de fiebre y lo que se la daba a Teresita para entrar a él. Le hacía falta un poco más de muerte y la iba logrando despacio. Se lo dije a mi hermana María de las Mercedes a quien se le hacía duro verla en los últimos tiempos: 'Ahora se le están muriendo los cabellos'. En las manos hacía mucho tiempo que estaban acampadas las pálidas legiones de la muerte. La angustia de la ciudadela que sin ceder está esperando secretamente, para que termine su martirio, que haya cualquier oportunidad honrosa de rendición, era la que conmovía los días y las noches de Ana Teresa Fabani. Esto descartaba la coartada del suicidio. Y además, ¿cómo había de ocurrírsele, si no es apuntado como una fugaz entrega, cuando describe la pequeña tentación, a su llegada a Buenos Aires, si era buena, si no había deseado nunca matar a nadie? Ni siquiera a la vida ya que se consideraba una muerta, una modesta, dulcísima, inolvidable muerta incompleta, que no cesaremos de llorar”.

Ana Teresa vista por artistas entrerrianos contemporáneos: arriba, dibujo de Leo Maldonado. Abajo, caricatura de Javier Toto López.

El título Mi hogar de niebla, para Salvarezza, remite a esa suspensión de gotas muy pequeñas en el aire que compara con “una masa de tules” o “un gris inmenso” reduciéndole la visibilidad, confundiendo o impidiéndole ver. Por eso sólo intentó verse y lo hizo a través de la palabra. Y lo que ocurre en la naturaleza le sucedía a ella: era sacudida por nieblas evaporativas y aquietada por las de enfriamiento. Ese hogar al que ingresó a los diecisiete años, con su flamante título de maestra y hermosas vivencias y la albergó diez, en Ascochinga, Córdoba, entre la búsqueda de restablecerse de la tuberculosis y el desencuentro que suponía el aislamiento, que le posibilitó en ese verse confesional este claroscuro que es su novela autobiográfica.

“Esa lira en días de niebla se escucha”, expresó Regina Suárez de Vanzini. En una plazoleta del bulevar Hipólito Yrigoyen, entre las calles Fray Justo Santa María de Oro y Combatientes de Malvinas de su ciudad natal, la que por Decreto N° 6444 lleva su nombre, el escultor Juan Carlos Ferraro realizó un monumento cuyo bajorrelieve muestra a Erató (musa griega de la poesía) y la transcripción del verso “Piso la noche y parto...” (de Nada tiene nombre). Ese homenaje se lo rindió la Sociedad Argentina de Escritores, Filial del Río Uruguay, el día 12 de junio de 1981. En la inauguración del monumento se refirió a Ana Teresa el presidente de SADE, profesor Alberto Jaime Masramón.

Una calle de Concepción del Uruguay y otra de Paraná llevan su nombre y en el Salón Mujeres Entrerrianas de la Gobernación (rotativo) en el año 2017 se exhibió y colgó su retrato. En 1987 la Editorial de Entre Ríos editó una Selección Poética. Antes y después, innumerables antologías y ensayos, que siguen hasta nuestros días, dicen de su obra. Pero sin dudas, el mejor homenaje será que las nuevas generaciones –en especial escritores y escritoras– lean su producción. Así se harán otra vez verdad sus palabras:

..Este silencio que quedó, tan mío,
es mi paso y mi voz. Y una serena
garza del río cruza leve, apenas
la noche en donde parto y mi mirada.
Piso la noche y parto. Pero alada.
Y esto quizás ni es sueño ni sea nada.

 

 

 

 

Este capítulo se construyó a partir de la estructura de un trabajo del poeta, artista plástico e investigador Luis Alberto Salvarezza, titulado “Ana Teresa Fabani: bibliografía y poemas no recogidos en Nada tiene nombre”, todavía inédito, y proporcionado generosamente por su autor para este tomo. En ese trabajo, Salvarezza cita diversas fuentes –que se mencionan en el texto– entre las cuales vale mencionar ejemplares del diario La Calle de Concepción del Uruguay; el Noticioso Bibliográfico Isondú N°2, Año 1, de 1950, de la misma ciudad; la revista Ser N° 2 y N.º 3, 1963 y 1964 respectivamente, editada por los cursos de Profesorado de la Escuela Normal de Concepción del Uruguay; la poesía y la nota de Regina Suárez de Vanzini en Evocaciones, 2da. Edición, Imprenta Municipal, 1976; los trabajos de Domitila Rodríguez de Papetti en Homenaje a Ana Teresa Fabani, Ediciones SADE Filial Entrerriana del Río Uruguay, Cuaderno N° 1, Gráfica Yusty, 1979, Concepción del Uruguay, y Resplandor de Naranjos, Ayala Palacio Ediciones, Buenos Aires, 1998; y otras publicaciones como la Enciclopedia de Escritores Entrerrianos y la Guía turística de Concepción del Uruguay, editada en 1971 por Ernesto Bourband T.

Una curiosidad: en distintos medios de Entre Ríos se publica esta fotografía como si se tratara de Ana Teresa Fabani. En realidad, es una joven Laureen Bacall, actriz estadounidense fallecida en 2014. La insólita errata ha sido incluida hasta en medios digitales oficiales.

 

 

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