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Antonio Silio: “Una sociedad crece cuando uno está pensando en el otro”

Hace seis meses, la vida del entrerriano Antonio Silio dio un giro inesperado. De una reunión con amigos y en medio de un asado, pergeñaron la misión de rescatar gente que escapaba de la guerra en el límite de Ucrania con Polonia. En marzo último, cuando recién se desataba la violencia de la invasión rusa ante el estupor del mundo, el ex maratonista y récordman del atletismo argentino nacido en Nogoyá viajó hasta Przemyśl, un pueblo polaco que limita con territorio ucraniano, para ayudar. Los primeros que encontró de camino son quienes siguen hoy conviviendo con él en su casa de Guadalajara, España, donde está radicado desde tiempo con su esposa y sus hijos.  

Por JUANJO NOGUERA de ANÁLISIS DIGITAL

“Son una familia de campo, muy humildes. Lo percibí desde el momento en que los conocí en Przemyśl, este pueblo que está en la frontera con Ucrania. Fue la primera familia que conocí. Son muy amables y de compartir todo. Piensan en los demás y eso nos cayó muy bien”, resumió el dos veces olímpico, partícipe de Barcelona 1992 (10.000 metros) y Atlanta 1996 (Maratón).

“Es difícil convivir porque son culturas diferentes, pero todo eso se borra y no le das importancia cuando uno pone en la balanza y ve que son más las cosas positivas que negativas. A todo lo demás uno tiene que entenderlo y comprenderlo”, agregó el dueño de los récords argentinos de maratón (2:09:57), de medio maratón, 15, 25 y 30 km en ruta, 10.000 y 5.000 metros.

Medio año pasó desde que los recibió en su casa, luego de haber conducido un total de 6400 kilómetros en una furgoneta especialmente alquilada para dar una mano. Y algo ha cambiado en él y en su familia, por los lazos afectivos que tejieron con Sanya y su familia. Sanya es uno de los cuatro niños del grupo y regresó a Ucrania para reencontrarse con sus padres y sus hermanos. En España estaba con su tía y su abuela, además de sus primos.

“Han sido meses muy intensos. Cuando uno empieza algo, no sabe con qué situaciones se va a encontrar. No sabía si se iban a adaptar a la nueva vida. Los chicos comenzaron el colegio a la semana de que llegaron, desde marzo. Mejoraron muchísimo su castellano, quizás les cuesta un poco las matemáticas y otras cosas, pero se fueron relacionando”, comentó.

“Ahora se nos fue el alma máter del grupo, que era Sanya. Era el motor que hacía arrancar la estructura. Cariñoso, muy amable, siempre dispuesto a ayudar, tenía muy buen humor. A pesar de la diferencia de idiomas, se hacía entender y era especial. Lo echaremos mucho de menos porque creo que se ha ido un pedacito de corazón. Estoy esperanzado que volverá en algún momento a esta casa o a visitar a la gente que conoció, a nuestra familia o a nuestros vecinos. No ha pasado desapercibido por el carisma que tiene”, destacó Silio.

–¿Quedan más familias alojadas en casas de tus conocidos?

–Se han ido un 30 o 40 por ciento. Han querido regresar, porque a pesar de que la guerra sigue, lamentablemente se normaliza; es como si la gente piensa que puede convivir con las bombas y todo eso. Es como en la Argentina, donde estar en lugares marginados y donde la gente no tiene para comer parece algo tan cotidiano que uno, lamentablemente, parece acostumbrarse a esas cosas.

–¿Sigue funcionando la organización que armaron para colaborar con los refugiados de la guerra?

–Nosotros no tenemos una ONG, sino que es una asociación que nos costó muchísimo porque al ser una iniciativa nuestra no hemos tenido ayuda del gobierno. Esto se maneja mucho políticamente y hemos sido un poco olvidados. No hemos tenido ninguna ayuda. Es mucho gasto mantener una familia de cinco integrantes. Aquí han subido mucho los servicios, la luz, y ha habido inflación, la nafta ha subido casi el doble, incluso era costoso trasladar a la madre de la familia a su trabajo, a 25 kilómetros. Pero ellos al ganar dinero se han hecho cargo de esos gastos, al menos personales, y nosotros ya no tenemos que pagar la comida o los útiles del colegio, por ejemplo. Se nos ha aliviado un poco en ese sentido.

–¿Qué ha cambiado respecto de la guerra desde marzo, cuando los fuiste a buscar, hasta ahora?

–Ha cambiado muchísimo en estos seis meses. Para mí y para mi familia, es una responsabilidad enorme. Mi señora me ayuda muchísimo y mis hijos se han adaptado muchísimo a los niños. Los han llevado a jugar o al colegio; se preocupan de que no les falte nada, que estén bien y que se olviden que están lejos. Que lo único que tengan que hacer es estudiar, poder olvidarse que están pasando una guerra. Han estado mucho tiempo en la piscina nadando, los llevaron a los toros, toda una novedad para ellos; han pasado un verano que creo no se lo olvidarán nunca. Por eso insisto en que en algún momento nos vamos a encontrar en algún camino, en algún lugar, y creo que será especial, porque ha quedado un vínculo muy fuerte.

–A pesar de haber corrido siempre individualmente, ahora te rodeaste de un gran equipo para dar una mano… ¿Qué enseñanzas te dejó esta experiencia?

–Me dejó muchas enseñanzas, a mí y a mi familia. Particularmente, yo no soy muy demostrativo en el afecto. Me cuesta expresar el cariño, con abrazos o besos, y este niño, Sanya, me ha enseñado eso: no hay que tener prejuicio cuando uno demuestra en público cosas que siente y tiene la necesidad de expresar. Eso ha sido fundamental para mí. También aprendí que son gente de otra cultura, que son iguales que uno, que tienen casi las mismas necesidades y si bien la barrera es el idioma, en lo demás somos iguales. La verdad es que hemos aprendido muchísimo. Ellos necesitaban de nosotros y quizás mañana necesitemos de ellos. Somos personas que necesitamos vivir en sociedad y crear vínculos sin maldad, siempre pensando en colectivo: una sociedad crece cuando uno está pensando en el otro. Como se dice que el derecho de uno termina cuando comienza el del otro. Cuando iba por Alemania y Republica Checa, pensaba: por todas estas tierras hubo dos guerras mundiales, donde murió una cantidad de gente que quería vivir y algún loco les arrebató esa posibilidad por ideologías malignas que hicieron que millones de personas tuvieran que desplazarse, morir de hambre o quemadas. Esas injusticias tenemos en nuestra tierra. No pensamos que el otro sufre y necesita cosas. Muchas veces los políticos piensan en salvarse y los demás no les importa nada. Uno aprende mucho con estas cosas. Yo creo que el único cambio posible es que la gente se vaya dando cuenta y seamos más los que pensemos más en el prójimo que en uno mismo.

–La idea de buscar gente en Ucrania surgió de una charla entre amigos… ¿Imaginaste que llegarían a esto, a involucrar a tantas personas?

–Cuando fuimos a buscar los chicos a Ucrania, al principio de la guerra, éramos tres o cuatro los que empezamos a tirar para adelante. Salió de una charla de amigos en un asado, un sábado, y al viernes siguiente ya estábamos viajando. Luego se sumó mucha gente que se involucró, gente que quiere una sociedad mucho mejor y sin guerra. Donaron cosas, ayudaron con dinero a la asociación… Nosotros pensábamos pagar de nuestro bolsillo el viaje y la estadía, pero fuimos quedándonos en casas de familia en España, Francia, Alemania, y la verdad que nos recibieron muy bien. Yo viajé en una furgoneta grande que alquiló una empresa y eso salió de la ayuda de la gente. Yo creo que esto es lo lindo: la esperanza que nos da es que hay mucha gente que quiere un mundo mejor.

 

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