BNA
Inicio » Novedades » Argentinos, de tronco en tronco, y el coraje de la rata almizclera

Argentinos, de tronco en tronco, y el coraje de la rata almizclera

La reciprocidad profunda, el “continuo renacer” de un principio ancestral, y la valiente rata almizclera que podríamos imitar, como alternativas al continuismo, el personalismo y el extractivismo propuestos por oficialistas y opositores de casi todos los colores en la política.

 

Por DANIEL TIRSO FIOROTTO (*)

¿Pueden las culturas del mundo ofrecer respuestas de antes a problemas del después? Aquí lo veremos desde la voz de un pueblo ancestral ayudando a mostrar las similitudes de dirigentes que, en la puja cotidiana, se consideran adversarios, pero giran en torno de un mismo eje extractivista, como acostumbra a decir el economista Luis Lafferriere. Un eje colonial.

Los argentinos con el agua al cuello en tiempos de Raúl Alfonsín buscamos un tronco salvavidas; ese tronco vino a ser Carlos Menem… Con el agua ya en la nariz en tiempos de Menem buscamos otro tronco, y fue Fernando de la Rúa…

Los puntos suspensivos en ambos casos, para quienes no son argentinos, significan que con nombrarlos está todo dicho.

Así, un tronco tras otro, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Mauricio Macri… hace un par de meses, para salvarnos del ahogo seguro al que nos empujaba Alberto Fernández nos agarramos de un tronco más ruidoso: Javier Milei…

Sería una altanería decir que fracasan las personas, de manera sucesiva: aquí hay un problema de sistema, sin dudas.

Cada uno de nosotros cree que su tronco propio flota mejor que el tronco ajeno. ¿Y si buscáramos otras vías posibles?

En estos días de enero estamos procurándonos el enésimo tronquito que nos saque a flote y parece que se perfila para esa función Pablo Moyano. Basta tantearlo quince minutos para advertir su peso. El personaje asegura que ayer estábamos bien, con una economía ultra extractivista, y aun así el 50% de los trabajadores en la informalidad, siete de cada diez niños bajo la línea de pobreza, con pobreza creciente, sin moneda, inclinados al capital financiero especulativo, y una inflación galopante como el endeudamiento público y la corrupción. Poco importaría su opinión si no fuera que se adjudica representación de los trabajadores.

En medio del mar revuelto, nos parecemos a las víctimas del Titanic: por ahí alguien encuentra un chifle para anunciar que vive. Y el que trepó a la lancha trata que no suba nadie más, no sea que ponga en zozobra su “suertecita”, al decir de ese aire de chacarera que canta Bunbury.

De la Bandera a Leanne

Nuestra Bandera luce el sol ancestral (Inti) en el centro. Luz y calor, vida, conciencia y amor, y nos alumbra el camino a los saberes siempre vivos que hablan de armonía entre los seres humanos y de nuestra especie con sus pares; hablan de vida comunitaria, sin nadie afuera, sin excluidos; hablan de la búsqueda del consenso como una norma, en vez de la disputa permanente de los partidos que se afanan en erosionar al adversario, para reemplazarlo, en una interminable alternancia de troncos.

A la luz de la Bandera todo se aclara. Pocos países (Uruguay es uno de ellos) tienen esta gracia: la de pintar en el centro de su máximo símbolo moderno el máximo símbolo ancestral. Se le compara la bandera de Entre Ríos y esa banda roja en homenaje a la sangre derramada por las independencia y la soberanía particular de los pueblos, es decir: la vida comunitaria, sin mandones, el tejido regional articulado con otros tejidos regionales en confederación; esa fue y es la meta de la revolución independentista federal, cuya primera medida social fue la devolución de tierras a las familias, con este lema: “que los más infelices sean los más privilegiados…” ¿Hace falta explicar que está en las antípodas de los privilegiados actuales?

En esta ocasión, en vez de ajustarnos a tradiciones de este suelo acudimos a esa luz para abrirnos a tradiciones vecinas, del mismo continente, Abya yala, explicadas por la poeta canadiense Leanne Betasamosake Simpson, integrante de pueblos ancestrales de la costa norte del lago Ontario. Vale porque el movimiento canadiense “No más pasividad” (Idle no more) surgió en momentos parecidos a los que vive la Argentina, pero se orientó por los saberes milenarios del Abya yala, con alto empuje femenino, en vez de confiarse en troncos, como veremos.

“Apoyo Idle no more, porque creo que tengo que levantarme cada vez que el territorio base de nuestra nación se ve amenazado... ya sea por la legislación, la deforestación, la exploración minera, proyectos inmobiliarios, oleoductos, arenas bituminosas o campos de golf. Me levanto cada vez que el territorio ancestral de nuestra nación se ve amenazado, porque todo lo que tiene sentido para nosotros viene de la tierra: nuestros sistemas políticos, nuestros sistemas intelectuales, el cuidado de nuestra salud, la seguridad alimentaria, la lengua y nuestro sustento espiritual y fortaleza moral”, escribió entonces Leanne.

Naomi Klein le preguntó a Leanne: “¿puedes hablarme un poco sobre el nombre de tu libro, Dancing On Our Turtle's Back (Bailando sobre nuestro caparazón de tortuga), y lo que significa en este momento?”. La poeta respondió: “por años he oído a la anciana Edna Manitowabi contar uno de nuestros relatos de creación sobre una rata almizclera y una tortuga. En esa historia, hay una especie de crisis ambiental. Porque en la cosmología Anishinaabeg, este no es el Primer Mundo, tal vez es el Cuarto Mundo en el que estamos. Y siempre que haya un desbalance y no se remedie, con el tiempo habrá una crisis. Esta vez una gran inundación cubrió al mundo entero. Nanabush, uno de nuestros seres sagrados, termina atrapado en un tronco con muchos de los demás animales. Están flotando en este inmenso mar de agua sin tierra a la vista. Para mí, eso se siente como donde estamos ahora. Estoy en un tronco con mucha gente, el mundo que mis ancestros conocieron y en el que vivieron ya no existe, y yo y mi comunidad necesitamos pensar una solución aun cuando todos nos sentimos abrumados e irritados. Es una situación intensa y nadie sabe qué hacer, nadie sabe cómo hacer un nuevo mundo”.

Entonces continúa Leanne Betasamosake Simpson: “Así que los animales comienzan a turnarse para explorar el fondo y buscar un puñado de tierra para usar como inicio de un mundo nuevo. Los animales fuertes van primero, y cuando aparecen sin nada, los más pequeños toman su turno. Finalmente, la rata almizclera (parecida a nuestro coipo) logra traer tierra a la superficie. La tortuga se presta para que se coloque la tierra en su espalda. Nanabush ora e insufla vida en esa tierra. Todos los animales cantan y danzan sobre la espalda de la tortuga en un círculo, y mientras lo hacen, el caparazón de la tortuga crece. Crece y crece hasta convertirse en el mundo que conocemos. Es por eso que los Anishinaabeg llaman a Norteamérica Mikinakong, el lugar de la tortuga. Cuando Edna cuenta esta historia, dice que todos somos esa rata almizclera, y que todos tenemos esa responsabilidad de tirarnos del tronco y bucear sin importar lo difícil que sea buscando alrededor ese pedazo de tierra. Y eso fue tan profundo y transformador para mí, porque no podemos esperar a que alguien más salga con la idea. El punto es que vamos a mejorar esto si cada quien se enlaza con su propio ser, con sus dones y encarna este movimiento, encarna esta transformación”.

Amor auténtico

“Y por eso fue un relato transformador para mí en mi vida -apunta Leanne-, y me pareció muy relevante en términos del cambio climático, en términos del resurgimiento indígena, en términos de la reconstrucción de la Nación Anishinaabeg. Y así cuando la gente comenzó a danzar en círculo sobre el caparazón de la tortuga en diciembre y enero, me puse locamente feliz. Ver la naturaleza transformadora de esos actos me hizo darme cuenta de que es la encarnación, debemos encarnar la transformación.

—¿Qué sentiste cuando eso pasaba?, pregunta Naomi Klein.

—Amor. En un nivel emocional, físico, en un nivel espiritual. Sí, era amor. Era un amor profundo e íntimo. Como el amor que siento por mis hijos o el amor que siento por la tierra. Era ese tipo de amor auténtico, no el tipo romántico de amor efímero. Era un amor conectado con la tierra.

Para Leanne, “durante los últimos 400 años, nunca ha habido un momento en que los pueblos indígenas no se resistieran al colonialismo. Idle no more es la resistencia más reciente -visible a la población en general- y hace parte de una iniciativa histórica y actual en desarrollo para la protección de nuestros territorios ancestrales, nuestras culturas, nuestro carácter de naciones y nuestras lenguas. A mí me parece que ha habido una intensificación del expolio colonial... Pero en realidad, todos y cada uno de los gobiernos canadienses han tenido ese tipo de pensamiento en su base en lo que respecta a los pueblos indígenas”.

La poeta habla de Canadá como si lo hiciera de la Argentina. Calcado. “Extracción y asimilación van de la mano” (entendemos que dice asimilación como sinónimo de absorción, explotación). Y sigue: “El colonialismo y el capitalismo se basan en la extracción y la asimilación. Mi tierra se considera un recurso. Mis parientes en los mundos animal y vegetal son considerados recursos. Mi cultura y mi conocimiento son un recurso. Mi cuerpo es un recurso y mis hijos son un recurso, porque son el potencial para crecer, mantener y defender el sistema extraccionista-asimilacionista. El acto de la extracción suprime todas las relaciones que dan sentido a lo que sea que se extraiga. Extraer es tomar. En realidad, extraer es robar: es tomar sin consentimiento, sin pensar, sin cuidar e incluso sin conocer los impactos que tiene la extracción en otros seres vivos en ese ambiente. Eso siempre ha sido parte del colonialismo y la conquista. El colonialismo siempre ha extraído lo indígena: extracción del conocimiento indígena, de las mujeres indígenas, de los pueblos indígenas… Hay una extracción intelectual, una extracción cognitiva, además de una física. La maquinaria en torno a la promoción del extractivismo es enorme en términos de la televisión, el cine y la cultura popular”.

Mino bimaadiziwin

Y bien: hasta aquí la palabra de Leanne, la voz de nuestras naciones ancestrales. Hay que decir que una lengua lúcida así no viene de un repollo.

Los pueblos Ojibwa de Canadá y Estados Unidos, a los que pertenece Leanne, han acuñado el principio que llaman mino-bimaadiziwin, que facilita la relación de la comunidad y el cosmos, lo que nuestros pueblos guaraníes pronuncian tekó porá, el vivir bien y bello en comunidad, con nuestros modos, dentro de la biodiversidad.

Leanne lo explica de esta manera: “fue gracias a parte del trabajo de Winona LaDuke y mediante el trabajo con los ancianos sobre la tierra que realmente me puse a pensar en ello. Winona tomó un concepto que es muy fundamental para la sociedad Anishinaabeg, llamado mino bimaadiziwin. Muchas veces se lo traduce como ‘buena vida’, pero el tipo más profundo de significado cultural y conceptual es algo que ella realmente me inspiró, algo que tradujo como ‘continuo renacimiento’. Así, el propósito de la vida es pues ese continuo renacer, es promover más vida. En la sociedad Anishinaabeg, nuestros sistemas económicos, nuestros sistemas educativos, nuestros sistemas de gobierno y nuestros sistemas políticos fueron concebidos con ese principio básico en su esencia. Creo que esa suerte de enseñanza fundamental -agrega Leanne- orienta a las personas sobre cómo interactuar con los otros y con la familia, cómo interactuar con sus hijos, cómo interactuar con la tierra. Y luego a medida que se forman comunidades de personas, ella también orienta la manera como deben interactuar esas comunidades y esas naciones. En términos de la economía, eso significa una economía muy, muy localizada, donde había un grado enorme de responsabilidad y reciprocidad. Y así esos tipos de cosas comienzan con las personas y las familias y las comunidades, y luego como que se disparan hacia fuera a cómo interactúan las comunidades y las naciones entre sí”.

En los alrededores del lago Ontario se constituyó la Federación Iroquesa, una articulación de naciones que algunos consideran la primera democracia participativa del mundo. Su constitución oral se llamó Gayanashagowa.

En nuestros pueblos argentinos occidentalizados, fragmentados, con dirigentes que se sienten valientes cuando destruyen al otro y que tienen vedado el consenso por pura especulación, se ha instalado una democracia representativa, delegativa, que es un fracaso, una farsa. De Ahí que cada tanto estemos buscando un nuevo tronco salvavidas. En vez de abrazarnos a los miles de años de comunidades federadas nos abrazamos a los 300 años de despotismo monárquico, bien expresado en el estado-nación uniformador, enemigo de la vida comunitaria, autónoma, como enemigo de la confederación.

Le preguntaron a Leanne Betasamosake Simpson por la alternativa a la extracción y la asimilación y contestó: “La alternativa es la reciprocidad profunda”. También dijo: “es maravilloso tener una vida de comunidad rica y obtener felicidad de relaciones auténticas con la tierra y las personas que te rodean. Pienso que Idle no more lo señaló con las danzas en círculo y con la expresión de la alegría. ‘Hagamos esto divertido’. Fueron las mujeres las que aportaron ese goce”.

Por milenios, el litoral argentino supo de organizaciones comunitarias, basadas en la reciprocidad, sin mandones, y han quedado relictos de esa diversidad en la relación amorosa con el resto de la naturaleza, la gauchada, la hospitalidad, el trabajo colectivo y festivo… Esa vida comunitaria ausente en los debates de la partidocracia.

Es muy claro el camino, el sol de mayo lo muestra a diario desde los mástiles, con toda su simbología ancestral.

 

(*) Artículo originalmente publicado en diario Uno.

 

Esta nota es posible gracias al aporte de nuestros lectores

Sumate a la comunidad El Miércoles mediante un aporte económico mensual para que podamos seguir haciendo periodismo libre, cooperativo, sin condicionantes y autogestivo.

Deja tu comentario

comentarios

Destacado

El Mayo Argentino

"El tiempo pasó y por esos caprichos del destino -junto a los egos políticos- los …