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OPINIÓN

Arturo Illia, o la ética de los bolsillos vacíos

No fue recordada tanto como merece la figura de Arturo Illia, Presidente ejemplar, político a imitar, arquetipo de dignidad.

 

Por JULIO MAJUL

 

El 28 de junio de 1966 es una fecha infausta para la argentinidad. Ese día, ante la indiferencia general (me incluyo, por cierto) un grupo de soberbios entorchados decidía expulsar a un Presidente elegido del modo democrático que era entonces posible, para instaurar una dictadura oligárquica y extranjerizante.

El derrocado era Arturo Umberto Illia, un médico aquerenciado en Córdoba, de raigambre radical (más que eso, sabattinista, como gustaba evocar). Hombre nacido en Pergamino, que se quedó casualmente en Cruz del Eje, en principio para atender un enfermo y nunca pudo irse. Médico tan humanitario y generoso, que la casa donde vivió le fue regalada por todo su pueblo, tras una colecta popular con ese fin; Illia no tenía tiempo para cobrar su trabajo, ocupado en curar a la gente de sus males.

Otra clase de hombre, claro, mirado desde la perspectiva de la decadente clase dirigente argentina actual; clase dirigente que, precisamente por carecer de gente como Arturo Illia, nos llevó inexorablemente a la decadencia moral (que creo es lo peor) en la que nos revolcamos cada día.

Para definir rápidamente y claramente lo que fue Arturo Illia tomo conceptos del paranaense Pedro Aguer: “Su autoridad descansaba en la ética de los bolsillos vacíos y en la franqueza de su mirada”. “No necesitó acumular dinero, ni someter conciencias para valer”, dice también Aguer en su evocación del ignorado tantos años, ahora felizmente rescatado, Presidente Illia.

No quiero dejar de recordar otros conceptos que tiene Pedro Aguer sobre Illia; este gran hombre demostró que “la honradez y la política son compatibles, cuando se entrega la vida a los ideales emancipadores de una nación”.

No pudo acumular poder, porque ni siquiera su propio Partido entendió su mensaje de emancipación nacional, de austeridad republicana, de empecinada busca de la justicia social.

Así, quedó inerme cuando un grupúsculo de soberbios envalentados con el poder de sus armas lo desalojó de la Casa de Gobierno. Fue el golpe final que ya habían iniciado los defensores del autoritarismo, de la intolerancia, de adorar al dinero, de desdeñar los valores del patriotismo. Fue un punto de inflexión en el camino de decadencia que iniciaron quienes derrocaron al Presidente Yrigoyen en 1930, y se cerró con la oprobiosa dictadura que cesó en 1983. Ese medio siglo inició la decadencia institucional y ética de la argentinidad; los años que vinieron después sólo la agravaron, y horriblemente encubierta bajo una pátina mentida de democracia.

Así estamos: extrañando a gente como Illia, o Scalabrini Ortiz, o Alende, o Jauretche, y soportando la mediocridad de la clase dirigente que padecemos.

 

 

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