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DIEZ DÉCIMAS PARA EL DIEZ

Un homenaje en décimas (estrofa constituida por diez versos octosílabos) para el jugador más grande de la historia del fútbol mundial, símbolo e ídolo popular que trascendió las fronteras de su país.

 

Tantas cosas se dijeron,
tantas aún que se dirán.
Y tal vez nadie hablará
de tu temor verdadero:
el no tener heredero,
el de emerger desde el pozo
para refulgir glorioso
con una pena escondida
siempre sumando una herida
cual Sísifo milagroso.

Los olvidados del mundo
vibraron en tu frecuencia,
dueños ellos de la ciencia
de amar tu sino profundo.
Tu magia nos dio un segundo
de delicada ambrosía,
y tallando la ironía
--aunque todo fuera igual--
era menos desigual
el mundo ante tu osadía.

En ese juego sublime
hace tiempo transmutado
en vil burgués negociado,
culpable fuiste de un crimen:
cual Espartaco que gime,
que reclama, que alardea,
diste todas las peleas
eligiendo a tu enemigo
siempre arriba de tu ombligo,
tal fue tu noble tarea.

Diego de los arrabales,
Diego de los poderosos,
Diego del fondo del pozo,
Diego de los lupanares
Diego de los vendavales,
Diego de las armaduras
Diego de las amarguras,
Diego de las alegrías,
Diego de las fantasías,
ay Diego de la aventura.

Tanto para reprocharte
y yo siempre sentí igual:
que si se daba el azar,
la casualidad de hallarte,
si me era dado cruzarte,
--además de estremecer
ese albur todo mi ser--
solo podría decirte
"gracias" por lo que me diste,
"gracias" por resplandecer...

Diego en todos los excesos,
Diego excedido de peso,
Diego excedido de amor,
Diego creyéndose Dios.
Diego de contradicción,
Diego de los desafíos,
Diego de los desvaríos,
Diego de lengua filosa,
de la mano tan tramposa
Diego de todos y mío.

En mi Patria no hubo izquierda
que le haya dado alegría
a las grandes mayorías
como se las dio tu izquierda.
Y aunque en momentos te pierda
entre tanta mueca falsa
e hipócritas alabanzas
de poderosos y ricos,
lo que importa es aquel chico
que dio a mi gente esperanza.

Dios de barro, bello y sucio,
disimulo tus defectos
porque yo no soy perfecto
y al pedestal me rehúso.
¡Si hay en el Olimpo incluso
mil deidades incoherentes!
Si hasta el Dios benevolente
troca en odio todo amor
¿quién puede arrojarte a vos
la piedra más exigente?

Te digo adiós, Capitán
te digo hasta siempre Diego,
y cuando lo digo niego
que sea adiós en verdad.
No se muere una deidad
aunque esté hecha de barro,
y de ese sentir me agarro
al terminar estos versos
y de pie ante el universo.
en el llanto me desgarro.

Te lloro hoy en este duelo
porque en este adiós doliente
muere mi yo adolescente
al que vos le diste vuelo.
Tengo, empero, este consuelo:
en la lágrima sentida,
en la inmensa despedida
que te brinda todo el mundo
siento latir muy profundo
toda tu sangre en mi vida.

Américo, noviembre 2020

 

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