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Foto: Mario Rovina

El constructor admirable

Conozcamos al hornero. Su casita de barro es admirada por todos y todas. Se puede encontrar en casi cualquier rincón del país, en medio del paisaje rural o urbano, lo que le valió el titulo de nuestra Ave Nacional.

 

Por MARIO ROVINA de EL MIÉRCOLES DIGITAL

 

Desde 1928 fue denominada el Ave Nacional de Argentina por la Asociación Ornitológica del Plata, hoy conocida como Aves Argentinas, por medio de una encuesta organizada en conjunto con el diario La Razón.

El 22 de marzo de 1928, el diario La Razón publicó una encuesta dirigida a los niños preguntando cuál era el ave que representaba a nuestro país. Se adjuntó un cupón, que se publicó en todas las ediciones, para que los chicos completaran. La pregunta era única, sencilla y concreta: ¿cuál era la especie elegida?

Nadie imaginó que la encuesta iba a tener tan amplia repercusión. La Razón recibió cuarenta mil cupones con votos y, luego del escrutinio, los resultados se publicaron en la edición del 25 de junio de 1928.

En primer lugar, con 10.725 votos quedó el hornero, seguido por el cóndor con un total de 5.803 votos y tercero el tero con 4.002 votos. El ñandú obtuvo el cuarto puesto y fue seguido por el chajá, el chingolo, la paloma, el águila, la calandria, la gaviota, el zorzal, el jilguero, el churrinche, el boyero y el loro, en ese orden.

Foto: Mario Rovina

 

El hornero solo se lo encuentra en Sudamérica, mide alrededor de 20 centímetros y posee plumas de color pardo terroso. A pesar de su aspecto simple, es dueño de una gran reputación. Mencionado en numerosos poemas y canciones, alrededor suyo se han construido muchos mitos y leyendas, pero sobre todo se lo ha identificado con la propiedad de brindar buen augurio.

En algunas regiones del país se lo conoce como “casero”; en Brasil se llama Joao do barro, en Bolivia, Ticuchi, y en Paraguay, Alfonsito. Es insectívoro y se alimenta de hormigas, pequeñas arañas o larvas, que consigue mientras camina por el suelo. Por lo general vuela siempre cerca del nido, en busca de materiales para la construcción o de alimento para sus pichones.

Este ave constructora habita tanto en el campo como en las ciudades: puede asentar su nido en árboles, postes o cornisas de edificios. La clave para elegir el lugar donde instalarse suele ser la presencia de agua, ya que eso le garantiza conseguir el barro que necesita para fabricar su refugio.

La casita del hornero tiene alcoba y tiene sala”, describe una poesía que Leopoldo Lugones le dedicó a esta especie. Este concepto está basado en la realidad de su nido: en el interior siempre hay un tabique que divide el sector de entrada y la cámara de incubación. De esta manera impiden el paso de los depredadores y protegen a los huevos de los vientos.

Otra de las características distintiva de esta especie es que mantiene una pareja durante toda la vida y desarrolla la mayoría de sus actividades en conjunto. Tanto el macho como la hembra pueden construir el nido e incubar los huevos y es muy común escucharlos cantar a dúo, tanto de día como de noche.

Es importante conocer nuestras aves y entender que su lugar es la naturaleza y no una jaula, las aves se disfrutan en libertar, donde pueden desplegar su vuelo y entonar su canto.

Foto: Aníbal Noro

 

Leyendas horneras

Cuentan que en las tribus que habitaban a orillas del río Paraguay, cuando los muchachos llegaban a cierta edad debían pasar tres pruebas. La primera consistía en correr muy rápido, mucho más que el viento veloz.

Para superar la segunda tenían que nadar de un lado al otro del río. Por último debían cumplir con un extraño ritual: quedarse acostados sin moverse, muy quietos, tan quietos que no podían ni siquiera pestañear, durante un largo tiempo. Todos los jóvenes de esa tribu se entrenaban con gran dedicación para poder pasar esa prueba. Aprobarla, significaba pasar a ser adultos.

Una vez existió un joven llamado Jahé que sorprendió a todos con su destreza. Cuando le tocó realizar la primera prueba, muy pronto dejó atrás a los demás competidores. Cuando cruzó el río, mientras los otros luchaban para que la corriente no los llevara, él juntaba piedritas de colores que encontraba en el fondo. Cuando debió permanecer acostado, el se mantuvo tan quieto, que por más que saltaban, y hacían bromas a su alrededor, él permanecía inmóvil como una piedra.

Así Jahé, pasó ha ser un adulto. Lo que nadie sabía era que mientras el joven corría, en las alas del viento escuchó la voz de una mujer como el canto de un ave. Esa misma voz fue la que lo alentó mientras cruzaba el río Paraguay y la que le permitió concentrarse cuando debió permanecer quieto.

Como era costumbre en esa época, el jefe de la tribu premió a Jahé concediéndole la mano de su hija. Jahé no podía aceptar ese ofrecimiento, pues la melodía que escuchó durante la prueba lo acompañaba día y noche. Jahé se había enamorado. El jefe de la tribu comenzaba ha impacientarse por la falta de decisión del joven.

Una mañana el muchacho elevó sus brazos al cielo pidiendo a su amada que lo ayudara a decidir. Entonces volvió a escuchar su voz. Las manos de Jahé comenzaron a moverse al compás de una suave música, hasta que tomaron el movimiento de las alas de un pájaro. Los que observaban la escena vieron con asombro cómo el cuerpo del joven comenzaba a transformarse en un pájaro y se perdía volando en el aire.

El ave era de color pardo y desapareció en los bosque que bordean el Paraguay. Buscó entre los árboles a su amada pero no la encontró. Construyó una casita de barro para resguardarse de los rayos, los vientos y las lluvias. Por fin una mañana la dulce cantora se posó en su nido y desde entonces es su compañera.

Fuentes: La Nación / Argv / Cultura Guaraní 

 

 

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