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El humor como historia viva

El reconocido periodista Pablo Marchetti hizo una excursión - incursión por el cementerio judío de Basso donde no pueden faltar anécdotas regadas con mucho humor.

Por PABLO MARCHETTI (*)
Fotos: LAURA SZERMAN

Entrar al cementerio judío de la mano de Hugo Arcusin es entender que la memoria implica el humor. Y es entender también por qué son tan populares los chistes en los velorios. “¿Vos querés el tour oficial o el otro?”, pregunta Hugo. Y en seguida aclara: “Primero vamos por el oficial, después el otro”.

Todo comenzó en Basavilbaso. Este fue el lugar al que llegaron los primeros colonos judíos a la provincia de Entre Ríos. Pero si se quiere ir al comienzo de todo hay que salir un poco de esta ciudad. Ir a las afueras, a la zona rural. Porque allí fue donde, en realidad, comenzó todo.

Y todo comenzó por el final. Es decir, por la muerte. Comenzar una vida implica, ante todo, garantizar el descanso de los muertos. Y los judíos que llegaron a fines del siglo XIX a Basavilbaso debían garantizar que sus Muertos descansaran en paz.

El cementerio de Basavilbaso es un lugar de memoria. No sólo por la memoria de los ausentes. Este cementerio es, además, un lugar de reserva cultural, la memoria viva (valga la paradoja) de aquellos inmigrantes rusos que pasaron a la historia como los “gauchos judíos”.

El cementerio israelita de Basavilbaso está, literalmente, en medio del campo. Para llegar hay que pasar antes por otra reliquia histórica: la sinagoga Novibuco, una construcción de ladrillos y adobe, con techos de tejas, de fines del siglo XIX, que fue la primera sinagoga de la Argentina. Se calcula que fue construida en 1895, en el mismo año que el cementerio.
Hoy no funciona como sinagoga, pero sí hay dentro algunas reliquias y puede visitarse con cita previa, dentro del circuito de colonias judías. Es una sinagoga-rancho. Ver esa construcción (que además de sinagoga era escuela) es entender por qué se habla de “gauchos judíos”.

Más adelante está el cementerio. Y allí no sólo está el imaginario de los gauchos judíos: quien custodia el cementerio es Hugo Arcusin, descendiente de los primeros colonos, el último gaucho judío. Ya desde su aspecto: Hugo viste bombacha de gaucho, sombrero y alpargatas, como cualquier otro paisano de la zona. Paisano, sí: en la acepción que prefieran.

Hugo es quien tiene las llaves del cementerio. Y es el custodio de la memoria. De la memoria de un pueblo, de la memoria de una cultura, de la memoria de una identidad. Y esa cultura, esa identidad, tiene como baluarte el sentido del humor.

Hugo Arcusin es un gaucho judío, no sólo por su aspecto y su tonada. Sobre todo, es un gaucho judío porque combina la ironía judía con la picardía criolla. ¿Imaginan una mezcla de Luis Landriscina y Norman Erlich (o Roberto Moldavsky)? Bueno, algo así.

Las llaves del cementerio

Entrar al cementerio judío de la mano de Hugo Arcusin es entender que la memoria implica el humor. Y es entender también por qué son tan populares los chistes en los velorios. “¿Vos querés el tour oficial o el otro?”, pregunta Hugo. Y enseguida aclara: “Primero vamos por el oficial, después el otro”.

Hugo explica primero lo que más nos llama la atención a los goim cuando entramos a un cementerio judío: las piedras sobre las tumbas, como señal de memoria y respeto. “Las flores se pudren, las piedras son eternas”, aclara.
Luego muestra la tumba del doctor Bernardo Uchitel, un médico que dio su vida por salvar a un paciente. Uchitel estaba enfermo de gripe en una época en la que no existían los antibióticos. Como un paciente lo necesitaba, fue a verlo. La gripe se transformó entonces en neumonía y el doctor Uchitel murió. Hoy una de las calles principales de Basavilbaso lleva su nombre.

El cementerio israelita de Basavilbaso tiene además una rareza absoluta: el busto del sargento ayudante Jacobo Roskin. Es un caso único en el mundo, pues en los cementerios judíos no se permite que haya bustos ni esculturas en honor a los muertos.

El caso del sargento Roskin es muy particular, ya que fue un militar judío (su segundo apellido era Cohen) en un momento en el que los judíos tenían prohibido entrar en las fuerzas armadas. Cuando Roskin murió, el propio ejército envió el busto.

Existen controversias sobre por qué enviaron ese busto: hay quienes dicen que para tratar de lavar la imagen de antisemitismo que pesaba sobre las fuerzas armadas; pero hay quienes creen que fue como una ofensa, pues en el Ejército sabían de lo ofensivo que significaba eso para los judíos.

La familia de Roskin se opuso a colocar el busto, justamente por considerarlo ofensivo. Pero los directivos de la comunidad judía convencieron a los familiares de que era mejor evitar conflictos y finalmente accedieron a colocarlo en la tumba.

Hugo Arcusin cuenta una historia de amor conmovedora, que también incluye una rareza. En todos los cementerios judíos del mundo, las tumbas miran hacia Jerusalén. Que en la Argentina significa hacia el Este. En Basavilbaso hay una excepción.
Se trata de la tumba de un hombre, que mira hacia la zona de las tumbas de mujeres. Porque en esa época, hombres y mujeres se enterraban en lugares distintos. Y la mujer de ese hombre murió muy joven.
El hombre quedó devastado con la muerte de su amada. Entonces compró tres lotes contiguos a la tumba que le correspondía, para ser enterrado de manera transversal, mirando a su amada por toda la eternidad.

Recorrido de parecidos

Después de la historia y de las emociones, Hugo arranca con el “otro recorrido”, el de la picardía. Y empieza por los parecidos: “Esta es Celia Cruz”, dice, y muestra una tumba con una mujer que, efectivamente, es muy parecida a la cantante cubana. “Y acá está la Mole Moli”, dice, siguiendo con los parecidos, frente a la tumba de un tipo idéntico al boxeador cordobés. “Y acá está López Rega”, y sigue.

“Cuidado con este”, dice Hugo Arcusin, y muestra una tumba donde hay una foto de un tipo muy parecido a Hitler. Es impresionante ver a “Hitler” sobre un mármol con una estrella de David. Y encima, la tumba está en un lugar importante, cerca de la entrada.

“Pobre paisano, mirá el parecido que le tocó”, dice Hugo. “Impresionante”, digo. “Si te impresiona a vos ahora, imaginate lo que deben haber pensado los paisanos que venían al cementerio a fines de los años ‘30 y principios de los ‘40”, dice Hugo.

Y cuenta lo siguiente: “Esta pared la construyeron para que la gente no viera esta cara. Parece que les daba miedo, no querían venir al cementerio, los ofendía”. Es cierto, llama la atención ver una pared tapando una tumba. Pero se entiende: el parecido es asombroso y aún hoy esa imagen causa cierto escozor.
Antes de la despedida, Hugo recita unos versos camperos, por si quedaba alguna duda sobre aquello de “gaucho judío”:

Yo sé, amigo, que a mí me critican
de que no sé leer
pero tal vez debe ser
que otros quieran mi lugar.
Sigo adelante, paisano,
en mi provincia, Entre Ríos,
aunque me digan “judío”
jamás me saco el sombrero.
Tengo sangre de extranjero
de judío yo soy hijo
pero en eso no me fijo
porque creo en el destino:
que un criollo y un judío
se sientan tan argentinos.
Bueno, amigo, me despido
con un sincero abrazo
si usted es de Capital,
yo soy de Basavilbaso.

Hugo cierra con llave las puertas del cementerio y no puede haber acto más simbólico de su condición de guardián de la historia, de una historia que jamás perdió el humor, a pesar de los contratiempos. A los cuatro costados, se extiende ancha la llanura del centro de la provincia de Entre Ríos. El viento sopla tenue, las hojas de los árboles suenan, los pájaros cantan.

El cementerio no es más que una porción de tierra en medio del campo. De este campo, de este suelo. De esta historia nuestra que sigue su curso.

(*) Artículo publicado en el portal Nueva Sion.

 

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