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VEINTE AÑOS DE EL MIÉRCOLES

Los fundamentalistas de la felicidad (2012)

Este artículo humorístico y (no tanto) de mayo de 2012, inauguraba una columna del mensuario que marcaba el regreso de El Miércoles en papel. Con el estilo particular de la publicación, el espacio central de la tapa hacía alusión a una situación particular que no tenía que ver por eso con algún informe interior.

Esas notas mencionadas estaban referenciadas en otros espacios de la página iniciadora (como La historia de la “cosetrucha”..., etcétera). La columnista arrancaba sus temas justificando: “alguien tenía que hablar de esto”.

El texto mencionado más arriba, de aquel festejado N° 263, más de ocho años atrás, abordaba como eje a “Los fundamentalistas de la felicidad”, en el primer número del último regreso de El Miércoles en papel. Con la acidez que luego se convirtió en un sello de la autora, utilizaba sus palabras para plasmar “una columna deliciosa, revulsiva, ocurrente y divertida, aunque no siempre eso se da de manera simultánea”.

Así, compartiendo con nuestros lectores algunas de las más relevantes notas publicadas durante dos décadas, celebramos los 20 años de Miércoles, que se cumplen en este 2020.

 

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ALGUIEN TENÍA QUE HABLAR DE ESTO

 

Los fundamentalistas de la felicidad (2012)

 

Natacha, abogada oriunda de Cedelú, escribe una columna en el mundo paralelo del féisbuc y en El Miércoles Digital. Una columna deliciosa, revulsiva, ocurrente y divertida, aunque no siempre eso se da de manera simultánea.

 

Por NATACHA MATZKIN

No sé si existen desde siempre o son una moda del momento, pero lo cierto es que hay una secta de fundamentalistas del optimismo que logra sacar lo peor de mí.

 

Son esos que andan todo el día mechando en cualquier charla lo del Secreto y la Ley de la Atracción y no bien escuchan que alguien se queja de cualquier cosa, esgrimen sus “pensamientos positivos”, como los exorcistas, vampiristas y Ligas de Padres de Familia blanden sus siniestros crucifijos para espantar los demonios.

Esta gente no se conforma con creerse el cuento a pie juntillas y repetir como un mantra las frases tontas de Claudio María Domínguez. Militan su estupidez y salen en cruzada contra cualquiera que pretenda expresar una preocupación, ya que creen que eso produce una interferencia nefasta a las vibraciones positivas que intentan emitir para atraer todas las cosas buenas que el universo les ofrece.

Realmente creen que encontraron el santo grial de la felicidad en la góndola de autoayuda, y como los librejos esos les advierten que para que el truco funcione es necesario que nada desentone, que nadie atraiga indeseables desgracias con su mala onda, que todos enfoquemos los pensamientos en el mismo sentido, no te dejan quejarte o putear en paz.

Está claro que cuando uno es feliz, cuando está contento, cuando es simpático, todo es más liviano y disfrutable y es posible que te inviten a fiestas y reuniones para que contagies alegría. También es comprobable que cuando te embarga la tristeza, te cae encima una desgracia, o andás con cara de orto permanente, la gente tiende a evitarte.

La aparente obviedad de esa observación hace que, por momentos, nos tentemos con hacerles caso a los boludos felices y procuremos conjurar la desgracia, la tristeza y la frustración cumpliendo a rajatabla con la regla de ver el vaso medio lleno, aunque sea evidente que está completamente lleno de nada.

Pero rascando un poco el barniz satinado de la pelotudez pintada de sabiduría ancestral, se evidencia la mentira: todos y todas nos vamos a morir, vamos a sufrir, vamos a ser felices e infelices durante intervalos más o menos largos, dependiendo un poco del azar y otro poco de la capacidad de cada uno para resolver sus problemas, y el hecho de que repitamos afirmaciones positivas como cotorras y reprimamos cualquier expresión de disconformidad o frustración, no cambia en nada el insoportable sinsentido de la vida.

De todos modos, si les resulta, si compraron el libro de Stamateas, viajaron a conocer al Sai Baba, hicieron el tránsito de drogones perdidos a predicadores evangélicos o reconvirtieron su carrera de gatos menemistas a veteranas espirituales, cambiaron los crípticos y anacrónicos textos religiosos por una lista de afirmaciones pelotudas más aburridas que la guía telefónica, pueden estar tranquilos porque sí lograron la felicidad. Principalmente la de estos gurús truchos con aborrecibles caras de nabos, que al convertirse en best sellers con su bibliografía berreta y sus discursos tan bobos que abochornarían a una maestra jardinera egresada de la escuelita de Coti Nosiglia (la de Boluda Total, no el otro), pueden venderse como ejemplos en primera persona, afirmando satisfechos: “YO LO LOGRÉ”. Y como parten de la base que el ejército de perdedores mononeuronales que los siguen, tienen los mismos básicos e individualistas objetivos de vida: salud, dinero, amor; venden su receta para lograrlo y uno no puede evitar pensar: si este infeliz con semejante cara de pajero la levanta con pala repitiendo hasta la nausea: “A mover el culi culi” (Claudio María); “Amor, amor, amor” (Claudio María), ¿por qué no yo?

Pero mi cerebro debe ser mucho más difícil de lavar que el de otra gente, ya que puedo seguir razonando y viendo que la gente que uno admira o de la que se nutre, nunca ha utilizado recursos tan playos para inspirar sus luchas o sobreponerse a las adversidades y aún, siendo optimistas crónicos o pesimistas estructurales, algunas veces las cosas le salieron bien y otras veces mal, con total independencia de la actitud (más optimista que el Che Guevara, no conozco y todos sabemos cómo terminó, más pesimista que Woody Allen no se me ocurre en este momento, y podemos ver cómo el éxito lo viene acompañando en su larga carrera, y sobran ejemplos de uno y otro extremo).

Por lo tanto, déjennos de joder con la receta de hacer afirmaciones positivas por más que no pegues una, ya que por este lado tenemos nuestra propia receta para transitar la vida expresando claramente lo que a uno le pasa: si te va mal puteás hasta desgargantarte, te cagás en todo, inclusive en vos y en la puta madre que te parió; si te va bien decís: “Qué bien, por un rato toca ser feliz, traten de no romper las pelotas”. Y para que se broten de envidia (sentimiento que, sabemos, emite vibraciones de baja frecuencia y mala calidad), les digo: tan mal no nos va.

 

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