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PECES EN EL RIACHUELO

Parafraseando aquella frase que dice que si uno mira largamente al abismo es el abismo el que al final termina escrutando nuestro interior, el oficialismo ha impulsado con tal fuerza la ficción del relato de una epopeya inexistente que ese mismo relato ha terminado devorándoselo.

Cristina

Por GUSTAVO  SOPPELSA

En el exacto momento en el que CFK y sus capitostes necesitan de la verdad, el relato se solivianta, desobedece la mano que le proporcionó el guión, y cobrando vida propia pone límites autónomos a la ambición de desambiguación de los hechos.

Un país que tiene cada vez más pobres, y en el que se presume ficcionalmente de que ellos están desapareciendo por su disolución en clases más pudientes gracias a la opulencia K., no tiene por qué regirse por las leyes de la cordura a la hora de especular sobre la muerte de Alberto Nisman.

¿Por qué el arquetipo de análisis basado en la desmesura valdría sólo para el gobierno y en su favor? El mandato y la apuesta son infantiles: hace una década que el kirchnerismo vive enseñando que las cosas no son como son, sino como se ordena que se vea que son.

No es sólo el publicitado síndrome de Hubris; más bien se trata del síndrome del Indec en calidad de títere de los antojos de Moreno. ¿Con qué legitimidad, entonces, con qué efectividad, puede pedir el kirchnerismo que se desbroce mito de realidad en el presente si él acunó la doctrina de la opinión del más gritón y el más prepotente como vara de toda verdad?

Los Kirchner abrieron la puerta no sólo a una multitud de desgracias en la Argentina, sino que, a la vez, envenenaron la cultura pública con la peor de las pociones: con la supuesta libertad, en realidad libertinaje, de nombrar a las sillas como árboles, a las ballenas como televisores, y a los microscopios como cocoteros. Bajo esa lógica, tardíamente, intentan en vano usar con desesperación pedagógica la sencilla regla del sentido común crítico y sin tutelajes como sistema métrico decimal racional. Y la gente, acertada o no, librada al vale todo del poder como órgano de mensura sin retaceos asume el poder de darse sus propias conclusiones, conclusiones que pueden ser totalmente equivocadas, sin duda. Sin embargo, la gente tiene el poder fatal y demoledor de la opinión pública escarnecida. Y sin razón o con ella, la gente repite ahora, porque se le ocurre, y así le han enseñado desde el kirchnerismo mediante la entronización del capricho interesado y a través de una arbitrariedad que hizo y hace lo que quiere y que según lo que quiere dice lo que le conviene, que si un fiscal iba en veinticuatro horas a revelar secretos sobre las primeras figuras del poder en el Congreso Nacional y muere en las vísperas, no de enfermedad ni por un accidente, sino en las condiciones más que dudosas de un hipotético suicidio, hay elementos más que suficientes para imaginar que lo mataron o lo indujeron a matarse bajo presión. Para sintetizar: si Cabandié vio peces en un Riachuelo donde no sobrevive ni un alienígena de titanio y criptonita, la gente puede con mucho menor grado de delirio suponer que a Alberto Nisman sencillamente mandaron matarlo desde el gobierno para que no hablara. En los relatos interesados todo puede ser, y los datos de la objetividad pasan al limbo de lo desdeñado y desdeñable: siembra incertezas autoritarias como dogmas y cosecharás desprecio de todo método de análisis crítico

 

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