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“Garrafas para todos”: una metáfora de la década ganada

El plan del Gobierno para que los usuarios de gas accedan a garrafas de 16 pesos está a años luz de cumplir el cometido para el que se creó, pese a que su implementación data de 2008. En ciudades como Concepción del Uruguay los destinatarios del programa no pueden usufructuarlo. Algunos ni siquiera saben que existe. Los obstáculos para el usuario residencial terminan siendo insuperables: los únicos dos puntos de venta están ubicados fuera del ejido urbano, por lo cual no tiene sentido gastar combustible o contratar un remis para ir hasta allá, y los pocos que lo intentan deben hacer cola desde la madrugada para poder llenar su garrafa. Quienes sí lo aprovechan son distribuidores y revendedores, que compran a precios subsidiados y luego le ganan dos a tres veces el precio, en una derivación por lo menos absurda de una política pensada para favorecer a los sectores más vulnerables. Una metáfora notable de la distancia entre la realidad y las promesas del kirchnerismo.

garrafas 

 

Por AMÉRICO SCHVARTZMAN de la Redacción de EL MIÉRCOLES DIGITAL

 

El Plan Garrafas para Todos está vigente, y según el jefe de Gabinete de Ministros de la Nación, Jorge Capitanich, tiene un subsidio de 1.700 millones de pesos por año que garantiza “que las garrafas lleguen a quienes la necesiten”. Pero ¿es así? La realidad muestra que está muy lejos de serlo.

 

PROBLEMA CRÓNICO

El programa Garrafa para Todos o Garrafa Social (aparece de ambas maneras en la información oficial) comenzó en octubre de 2008, con el fin de subsidiar el gas envasado, único servicio que no estaba subsidiado y que consumen, en mayor medida, los sectores más pobres. Fue una iniciativa impulsada por el Gobierno nacional ante un problema crónico para numerosos habitantes de distintos puntos del país, a los cuales no llega el gas natural.

Los costos de la garrafa eran muy elevados para quienes consumen el servicio, en su mayoría usuarios de escasos recursos. El programa fijó un precio de referencia para las garrafas de 10, 12 y 15 kilos (16, 20 y 25 pesos, respectivamente). Aunque el tubo de 45 kilos también figura en la ley 26.020, nunca tuvo precio de referencia.

Según datos oficiales, en el país hay 4,5 millones de hogares que usan el gas en garrafas. Tampoco tienen gas natural distribuido por redes el 60 por ciento de las familias que viven en piezas de inquilinatos, y el 66% de las familias que viven en ranchos o casillas. Otro 25 por ciento directamente utiliza leña, carbón, o energía eléctrica. Hay provincias enteras que carecen de gas natural, como Chaco, Misiones, Corrientes y Formosa. En Entre Ríos -una de las provincias donde más se extendió este servicio- según datos oficiales, el 56 por ciento de la población está conectada, es decir que casi la mitad de los entrerrianos requiere del gas en garrafas.

El problema que hace poco viable el plan para la mayoría de los destinatarios, es que a la garrafa hay que ir a buscarla a los “puntos de venta” oficiales, y llevarla con los propios medios al domicilio. En todo el país se han realizado denuncias por esta situación: los puntos de venta son escasísimos (en todo el territorio entrerriano, por ejemplo, solo 17); en la mayoría de los casos el recorrido es de muchos kilómetros; los usuarios más vulnerables (por ende los más necesitados del plan) carecen de medios para llevar y traer las garrafas, y en cambio lo aprovechan revendedores y distribuidores. Así se desvirtúa el sentido del programa.

Si el usuario solicita el envío a su domicilio, la de 10 kilos puede llegar a costar entre 40 a 50 pesos. Si se coteja con quienes poseen conexión de gas natural, la comparación es enojosa: los sectores sociales más pobres terminan pagando el metro cúbico de gas en garrafas, seis o siete veces más caro que quienes tienen la conexión, que en la abrumadora mayoría de los casos son usuarios de mejor condición socioeconómica.

Desde hace 12 años, el gas natural está subsidiado por el Estado, con tarifas insignificantes en comparación con el gas en garrafa. (Si aun no lo sabía, haga el siguiente ejercicio: busque su boleta de gas natural y mírela. Cruzado en rojo y letras enormes, dice: “Consumo con subsidio del Estado nacional”; y en letra muy chica, debajo, antes del talón, detalla a cuántas garrafas de 10 kg, es decir de 16 pesos, equivale su factura). Para graficar parte del problema, si se mide en dólares, al inicio del programa la garrafa de 10 kilos costaba unos cinco billetes estadounidenses. Hoy cuesta dos (siempre al cambio oficial, claro). ¿Quién dijo que en la Argentina las cosas no mejoran?

 

SUBSIDIO: NI LOS FUNCIONARIOS RENUNCIARON

Las empresas nunca pierden. La “década ganada” no se animó a eliminar los subsidios insostenibles a las empresas y derivarlos a los usuarios, fundamentalmente porteños, que pagan tarifas irrisorias (algo en lo que quiere avanzar el ministro de Economía y que inevitablemente habrá de encararse algún día). Los fue dejando pasar -sin asumir que el problema cada vez sería peor-  para no pagar el costo de un malestar generalizado entre las clases medias urbanas habituadas a pagar centavos por sus consumos.

En lugar de afrontar el problema y en todo caso, con esos recursos extender las redes de gas natural para asegurar que se universalice, se optó desde 2012 por habilitar una “renuncia voluntaria”, una apelación a la conciencia solidaria de los usuarios de buen pasar económico para que desistan del subsidio y se dispongan a pagar el valor de mercado, y de ese modo faciliten al Estado nacional la realización de las obras que faltan para universalizar los servicios. “Con el dinero que el Estado Nacional deja de destinar a los subsidios, se podrán realizar obras de infraestructura en materia de energía y agua potable que permitirán que más argentinos en todo el país tengan acceso a los servicios básicos”, dice el texto oficial.

Los impulsores del plan de “Renuncia Voluntaria” aspiraban a que 100 mil usuarios se sumaran al cabo del primer mes. Transcurridos dos años, el porcentaje es insignificante: apenas 32.725 personas según el sitio oficial de la Secretaría de Energía en total, para los tres servicios. Para el gas, específicamente, renunciaron 22.174. Encabezan la lista de renunciantes la Presidenta de la Nación y varios de sus ministros. Pero se ve que el ejemplo no cundió entre los máximos responsables de la vida institucional del país: se calcula que solo los funcionarios altos y medios del Gobierno Nacional son unos 35 mil.

Es decir que a dos años, ni siquiera lo han hecho la totalidad de funcionarios del Estado nacional, y mucho menos los de estados provinciales y municipales.

 

MÍSTICA, PERO NO TANTO

Si ni siquiera los funcionarios renuncian al subsidio, mucho menos se puede pretender que lo tome la militancia oficialista y que lo transmita hacia el resto de la sociedad. Nadie ha visto a las organizaciones surgidas al calor de la mística kirchnerista promoviendo una renuncia masiva a los subsidios, ni haciendo pintadas como las que le dedican a los buitres o a cualquier otro globo de ensayo del Gobierno. “Sea patriota, renuncie al subsidio en su boleta”, podría ser una buena consigna para La Cámpora. Pero no se sabe por qué una acción tan solidaria y razonable como esa ha carecido de todo impulso desde el partido de gobierno y exhibe una total indiferencia de parte de sus seguidores. Lo que sí está claro es que es un fracaso absoluto.

Como curiosidad, es interesante notar que aparecen en el listado de renunciantes el gobernador Sergio Urribarri y el presidente de la Cámara de Diputados, el sindicalista multimillonario José Allende, pero no figuran los ministros José Lauritto, Adán Bahl, Hugo Cettour, ni los intendentes Juan Bahillo de Gualeguaychú o Carlos Schepens de Concepción del Uruguay.

Se ve que la convicción oficialista no es tan honda entre los hombres del poder entrerrianos como para renunciar a esas monedas que aligeran su boleta del gas.

 

OBVIO FRACASO

Es tan obvio lo que sucede que parece que no sucediera. El titular de la ONG Consumidores Libres, Héctor Polino, explica que el Plan Garrafas Para Todos “fracasa porque el usuario tiene que trasladar por sus propios medios la garrafa vacía al local del distribuidor, y luego llevar la garrafa llena a su domicilio”. Propuso un sistema de traslado de la garrafa social desde los centros de distribución a los domicilios, “subsidiando a los usuarios, porque la inmensa mayoría tiene que hacer un gran sacrificio económico dado sus bajos niveles de ingresos para abonar el alto precio establecido por los distribuidores.”

Polino, que además fue diputado nacional por el socialismo, reclamó en varias oportunidades calificar la actividad como servicio público, de manera que las tarifas del gas en garrafas sean siempre tarifas reguladas por el Estado, como ocurre con el gas natural, la energía eléctrica y demás servicios. Una solución provisoria pero razonable mientras sigan las condiciones actuales, en las que los sectores sociales más vulnerables y las provincias donde ni el Estado ni los privados hicieron las inversiones para extender las redes de gas natural, deben abastecerse con tubos o garrafas.

 

DOS PUNTOS DE VENTA EN CONCEPCIÓN

El listado oficial de los puntos de venta del Programa Garrafas para Todos ya no está en el sitio oficial de la Secretaría de Energía, pero a pedido de este cronista le fue enviado por correo electrónico. Allí aparecen 21 puntos de venta para la provincia de Entre Ríos, de los cuales dos corresponden a Concepción del Uruguay: uno es Gas Areco, ubicado sobre la ruta 14 en el kilómetro 120, al sur del “rulo” del acceso; el otro, apenas hacia el norte del rulo, es Cañuelas Gas, en el kilómetro 125.

Para llegar a cualquiera de los dos, desde el centro de la ciudad, son unos doce kilómetros ida y vuelta. Nada fácil para hacer si no se dispone de móvil propio, y aun así, una o dos garrafas no justificarían el gasto en combustible. Esa es la razón principal por la cual en las colas que se forman (habitualmente desde la madrugada) se ven más camiones de revendedores que usuarios particulares.

Aun así, hay particulares que hacen cola desde la madrugada para cargar su garrafa. El horario de venta al público es de 7 a 12 y de 13 a 16, pero desde las cuatro suele haber vehículos aguardando que le despachen.

 

¿A 16 PESOS? ¿PARA QUIÉN?

La pregunta es quién consigue la garrafa a 16 pesos. Y la desoladora respuesta es casi nadie. Salvo los revendedores, claro.

Angel vive en barrio San Roque. Tiene el gas natural a una cuadra. En invierno consume dos garrafas de 10 kg al mes, y las paga 45 pesos al garrafero. Angel sabe que se venden a 16 “a la entrada”, tiene móvil propio, pero no vale la pena ir hasta allá. “No se justifica”. ¿Se justificaría organizarse con algunos vecinos e ir varios? “Sí, habría que organizarse. Falta un poco de comunicación en el barrio para buscar los precios...”, reflexiona.

Carlos tiene un almacén de barrio, a pocas cuadras de la terminal de ómnibus. Vende la garrafa a  45 pesos. A él se la traen a 36, de modo que le gana 9 pesos. Sabe que podría ir a comprarla a 16 pero no le conviene. “Tengo solo tres garrafas, no desquito el viaje ni la pérdida de tiempo. Tampoco me sirve comprar algunas: están pidiendo arriba de 500 pesos. ¿Cuántas tendría que vender para desquitar el gasto?”

Yamina alquila una casita en barrio Sarmiento, que no tiene conexión de gas natural. Hay un tubo pero, obviamente, no lo usa. Tiene una garrafa de 15 kg y otra de 10, que utiliza en la única estufa que tiene para calefaccionar su hogar. No tiene móvil propio, y por eso se ve obligada a descartar la chance de “viajar” a cargar gas. “Si pido que me lo traigan, me cobran 45. Si algún amigo o vecino me hace la gamba y voy hasta los lugares que venden, puedo conseguirla a 33 o 35 pesos. Pero la garrafa a 16 es como un mito para mí. Inalcanzable”.

Alejandro vive con su familia en el barrio 30 de octubre. A su barrio no ha llegado la red de gas natural. Son una familia numerosa, así que consumen bastante el producto (una de 10 y otra de 15 en promedio por mes, y en el barrio las pagan 45 y 90 pesos respectivamente). Saben que se puede comprar a 16, e incluso en un par de ocasiones se organizaron con algunos vecinos para cargar varios, pero si no “gastas lo mismo o más yendo en remis que comprándole al garrafero”. Es consciente del costo extra que están pagando: “Calculá que usamos dos garrafas en invierno, una para la cocina y otra para la pantallita, porque las eléctricas nos acuestan en la boleta. En promedio ponele 20 kg de gas, podrían ser 32 pesos pero terminan siendo 150”.

Aníbal vive en barrio Mosconi. “No tenemos gas natural, nos es imposible conectarnos por el costo. Pero pasa por nuestro frente...”. En su barrio paga, como casi todos, 45 pesos por la garrafa de 10. Y si bien sabe de la garrafa a 16 pesos, “lo cierto es que no tengo medios de movilidad, y eso es un impedimento”. Nadie en el barrio ha organizado para cargar de a muchos. “No sé si es egoísmo o indolencia”, reflexiona Aníbal.

Mariana y su familia viven en barrio San Isidro. No tiene gas natural, como la mayoría de los vecinos de ese barrio. Mariana compra la garrafa de 10 kilos a 50 pesos, y no sabía –hasta la consulta del cronista-- que podía comprarla a 16 pesos. “Creía que se necesitaban esos bonos que reparte la Municipalidad”, dice. Con el dato, cavila: “Veremos, por ahí nos organizamos con algunos vecinos, alguno que tenga un camioncito, cargamos las de varios y vamos afuera a comprarla a 16 pesos”.

 

DESDE LA MADRUGADA PARA CARGAR LA GARRAFA

El Miércoles Digital dialogó con el encargado de una de las dos plantas que despachan la garrafa a 16 pesos. Se trata de la planta de Cañuelas Gas (la marca comercial es Extra Gas). Rolando Moscatelli contó que se cargan entre 1.000 y 2.000 garrafas por día. De ese total, aunque no se llevan estadísticas precisas, Moscatelli calcula que más de la mitad se despachan a revendedores y comerciantes, ya sea los específicamente dedicados al rubro (tales como Tío Gas, Quito Gas o Landi Gas) como así también almaceneros o comerciantes de barrio, que acuden en camionetas o camioncitos, con al menos diez garrafas para justificar el viaje.

El encargado de la planta reconoció en el diálogo con este cronista que la provisión habitual de gas “no alcanza a cubrir la demanda. Hay gente que viene a hacer cola desde las 4 de la mañana”.

Rolando trata de no hacer juicios de valor, pero entiende que, aunque luego revendan la garrafa al doble (entre 35 y 45 pesos es lo usual) “no es lo mismo que ganar el 100 por ciento en otros productos. Estamos hablando de apenas 16 pesos, que la verdad no es nada. Y al usuario común le sigue resultando más barato...”.

 

GARRAFA Y TUBO: CINCO VECES MÁS CARO

Moscatelli hace una precisión: el tubo de 10 es de gas butano, con un precio por kilogramo de 1,60. En cambio el tubo de 45 kilos es de propano, y no está subsidiado. El marco normativo que estableció subsidiar el gas licuado de petróleo (lo que conocemos como gas en garrafas) se refiere específicamente al butano, que es el gas utilizado mayoritariamente en domicilios. De hecho, cada vez que en las resoluciones de la Secretaría de Energía se refieren al gas en garrafas aclaran que se trata “del precio del gas licuado de petróleo (GLP) butano y/o mezcla”. El gas propano, el de los tubos, no está incluido en los subsidios, y por eso el tubo cuesta 350, con lo cual el kilogramo asciende a 7,70 pesos.

Aunque muchos usuarios no lo saben y por eso les llama la atención la enorme diferencia, se trata de una distorsión producida por el subsidio y no por el hecho de ser productos diferentes. En España, por ejemplo, el precio del kilo de butano y propano es el mismo: 1,40 euros incluidos impuestos e IVA (alrededor de 14 pesos nuestros, con lo cual una garrafa de 10 kg costaría 140 pesos, y un tubo de 45 saldría 630 pesos argentinos).

 

NUNCA UN CARRO O UN AUTO VIEJO

Este cronista compartió con los usuarios la cola que se forma cotidianamente. El viernes pasado, a las 8.10 de la mañana, comunicaron que ya no había gas, que el disponible alcanzaría solo hasta uno de los camioncitos cargados de garrafas de las empresas distribuidoras locales.

Los vehículos que esperaban (la mitad eran particulares) emprendieron el regreso, llenos de desazón. Uno de ellos dio una definición vinculada con la pregunta acerca de si el plan cumple con los objetivos para los que fue creado: “Hace un año, desde que abrieron, vengo a comprar. Y te puedo decir que nunca vi a nadie que venga en un carrito o en bicicleta o incluso en algún autito desvencijado. Los que vienen, además de los garraferos y comerciantes, vienen en autos buenos, incluso en Toyota o en Audi. Las conclusiones sacalas vos...”

El encargado de la planta, Rolando Moscatelli, da pistas también pero en otro sentido: asegura que si el programa no estuviera vigente, las cosas serían peores. “Sin este plan, y con esta inflación, ni lo dudes: la garrafa le saldría mucho más cara a los consumidores. Por eso, creo que lo mejor que tiene es que sostiene el mercado”.

 

LA "GARRAFA SOCIAL" A DIEZ PESOS

Por otro lado, desde 2013 el municipio reparte bonos para que los usuarios más pobres puedan recibir en su hogar una garrafa pagando solo diez pesos. La Municipalidad de Concepción del Uruguay adhirió a un programa provincial de la Secretaría de Energía de la provincia, que mediante un acuerdo con dos proveedores locales permite a las familias más carenciadas, acceder a un bono por 35 pesos (el usuario paga 10 pesos por todo concepto, con el flete incluido). Los proveedores (Bouvet y Gas Hogar) le cobran luego al municipio.

Una empleada del municipio explicó que el plan “consta de dos bonos para cada grupo familiar con vencimiento en octubre”.  Los beneficiarios son “de los barrios más carentes como La Tablada, La Escondida, ex Circuito Mena, La Higuera, La Quilmes, La Concepción, el asentamiento Villa Itapé, Los Palos etc”. “A cada persona que se le entregan cupones se les explica cómo es el sistema, recalcando que deben llamar por teléfono, que se la llevan a la casa y que no deben pagar flete. Así está en el convenio que hizo el municipio con los garraferos”.

De acuerdo a lo informado oportunamente por las autoridades locales, en 2013 se distribuyeron 3.600 bonos (es decir que hubo 1.800 familias beneficiarias) en los SUM barriales, el CIC, algunos Centros de Salud y comedores barriales. La Dirección de Promoción a la Comunidad a cargo de Marcos Ayerbe es la encargada de estas tareas. El año anterior, con Ricardo Vales a cargo, se habían distribuido 4250 bonos para 2.125 grupos familiares.

Por si hace falta reiterarlo, este plan no tiene nada que ver con el Programa Garrafas para Todos ni aspira, por supuesto, a poner un precio de referencia para todos los usuarios. Es un plan provincial, focalizado a los más necesitados, al cual adhieren los municipios de toda la provincia, y tiene como objetivo –según la información oficial—“hacer frente a la adquisición de garrafas de 10 o 15 kilos para distribuir entre los beneficiarios que ellos tienen en el padrón”, atendiendo a un universo de unos 45 mil hogares en la provincia.

 

EL COMO SI, METÁFORA DE LA DÉCADA

En los anuncios, la garrafa a 16 pesos es un derroche de buenas intenciones. Luego, en la práctica, hay una maraña de obstáculos para su cumplimiento y para que llegue al destinatario. El resultado final está muy lejos –en general más bien en las antípodas-- del anuncio inicial. En el medio hay problemas que no se afrontan nunca y se patean hacia adelante, y un montón de beneficios disponibles para quien esté en condiciones de aprovecharlos. No importa si no lo merece, si se avivó o si sacará una tajada inmoral.

Los responsables del sistema hacen como si cumpliera su cometido. Los funcionarios anuncian que sigue vigente, como si funcionara. Los últimos eslabones de la cadena también actúan como si el plan fuera para eso, para cumplir. Y muchos de los destinatarios del plan (que deberían pagar 16 pesos la garrafa) ni se enteran de todos esos detalles. Simplemente pagan. Y pagan el doble, claro. Como mínimo. Y estadísticamente, las garrafas se venden a 16 pesos. Es como si el plan funcionara. Como si los compatriotas más pobres, más vulnerables, más desfavorecidos, se beneficiaran. Como si.

¿Será, quizás, una metáfora, una definición de lo que habrá significado el kirchnerismo para la Argentina, cuando ya el relato no pueda ser sostenido ni siquiera por los medios adictos, o cuando ya no haya medios adictos?

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