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Los ricos se divierten

La diversión patoteril de los ricos no es de estos tiempos. Es de siempre y tiene una característica particular: molestar, jorobar, importunar a alguien. Tiene algún `parentesco con el Barra Brava. La Barra Brava es más bien propia de los lúmpenes, y es una profesión aunque parezca incongruente. Las patotas de jóvenes hijos de familias acomodadas que gozan de la impunidad es un tópico que se repite. La patota de niños bien fue un tópico propio de ciudades ricas, y se sigue sosteniendo.

 

Por ANÍBAL GALLAY de EL MIÉRCOLES DIGITAL

 

No todos los ricos son imbéciles. Algunos han hecho aportes a la humanidad. Seguramente Victoria Ocampo es uno de esos casos. Pero hay una casta de personas que son ricos y  creen tener derecho a todo. Es además un rasgo propio del porteño, aun sin ser ricos. Así “amasijaban un punto pa` amenizar la velada”, según el tango.

Pero en la Argentina los niños bien tuvieron todo permitido. Se era niño bien por nacimiento o por abrirse paso en un ámbito excluyente. Bartolito Mitre y Dominguito Sarmiento fueron dos imbéciles que aburridos y sin nada que hacer se dedicaban a hacerle la vida imposible a los serenos y trabajadores nocturnos. Esto lo narran las crónicas de la época. Bartolito se suicidó a los 18 años en Brasil. Dominguito murió en la guerra del Paraguay.

El tango habla que a la esquina de Corrientes y Esmeralda “le dieron lustre las patotas bravas allá por el año novecientos dos”. Eran los niños ricos quienes entre otras hazañas quemaron la carpa del circo de los Podestá. Sana diversión de la muchachada. Hubo patotas políticas como la Liga Patriótica Argentina liderada por el radical Manuel Carlés y con anuencia oficial se dedicaban a apalear comunistas, socialistas y judíos. Antecedente de la Triple A, y sucesores de la Mazorca rosista.

Lo que aquí existe es un profundo odio de clase por un lado y un cerebro que no supera los estándares reptilianos. Conductas ancestrales del grupo que necesita agredir y matar para demostrar cuan duros y machos son.

En 1955 murió Raúl Grigera. Hombre de ascendencia africana fue el juguete para la chacota de los jóvenes oligarcas. Fue paseado en avenida de Mayo con un frac donde se leía “se alquila”. En otra oportunidad fue despachado como encomienda en un féretro hacia Mar del Plata como regalo para otros niños bien.  Eso generaba carcajadas de placer. La victima un  hombre que había vendido su dignidad por algunas monedas. Murió solo, abandonado y desconocido por los “niños” que se divirtieron a su costilla. Esos niños bromistas fueron mutando en  jueces, diputados, senadores, embajadores, ministros…

Pero los oligarcas juveniles tenían su costado solidario. Durante la segunda guerra mundial financiaron la construcción de un hospital para los heridos franceses. Eran los mismos que tiraban “manteca al techo”. Esto consistía en tomar un pequeño trozo de manteca y con una  cuchara arrojarla al techo a modo de catapulta. Los dueños de los cabarets parisinos toleraban estos desmanes porque el dinero sobraba y tanto que prendían cigarros con un billete de mil pesos.

La sociedad ha evolucionado y  hoy esas conductas no serían aceptadas. Pero  estos muchachos  necesitan divertirse, pasarla bien… Y nada mejor que agarrar a un joven y matarlo a patadas. El joven era hijo de paraguayos. Queda como una pregunta si ello tuvo alguna influencia. Pero era  un “negro de mierda”, motivo suficiente para sacrificarlo en haras de la diversión.

Los “joditas” de Tinelli tienen ese mismo patrón. Para divertirse es necesario molestar, jorobar, y hacer algún daño a los demás.  En varias de películas argentinas aparece la barra de la esquina se caracteriza por las bromas pesadas. El cachador dirá alguna frase obscena a una monja, robar las monedas a un mendigo o burlarse de un rengo,  de un enano, de un tuerto, de un sordo… En fin cabe un largo etcétera.  Pero lo fundamental es que haya una barra que aplauda las hazañas. Un poema de Carriego ilustra como la barra celebra la paliza que el guapo le propina a su mina.

Estos jóvenes de clase media y de buen pasar se consideran más allá de las reglas. El 19 de enero de 2006 Carlos Gallino Yanzi, Horacio Pozo y Eduardo Braun Billinghurst tres jóvenes correntinos de alta alcurnia mataron a Ariel Malvino en un boliche de Brasil. Han pasado 14 años y las influencias lograron postergar la causa. De todos modos sigue viva y es posible que este año estén frente a un jurado.

Los analistas de toda laya consideran que el alcohol, las drogas, la práctica del rugby, la educación… llevaron a esta infamia. Puede atenderse como argumento. Lo que aquí existe es un profundo odio de clase por un lado y un cerebro que no supera los estándares reptilianos. Conductas ancestrales del grupo que necesita agredir y matar para demostrar cuan duros y machos son.

(Los jóvenes o no tanto podrían leer “Sin Rumbo” de Eugenio Cambaceres. Si se acepta esta sugerencia se trata de un oligarca con cierta capacidad de autocrítica)

rubengallay@hotmail.com

 

 

 

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