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Cuatro días para 171 km: Relato en primera persona tras una ultramaratón entre el desierto y las montañas

La deportista amateurs uruguayense Betina Bonnín cuenta su experiencia de ultramaratón en Fiambalá (Catamarca) que se disputó entre el 7 y 10 de mayo entre montañas y desiertos. Su decisión, cómo se preparó, lo vivido en cada una de las etapas. Sus sensaciones físicas como emocionales tras recorrer 171 km en cuatro días.

Nota relacionada: "...correr es un círculo virtuoso que te permite progresar"

 

Por BETINA BONNÍN

 

Para alguien cuyos entrenos máximos son de 16 km por su debilidad ósea, inscribirse en una carrera de 165 km en principio es una decisión “inconsciente”, pero habiendo conocido Fiambalá en las dos ediciones anteriores donde fui segunda en 38 km en 2017 y primera en 62 km en 2018, sentí que debía “alargar el paso”, como dice Emanuel Ginóbili. Después la carrera se estiró a 171 km

Tenía ya siete años corriendo, algo importantísimo, y un año por delante para fortalecer lo necesario y reforzar el resto para poder cumplir este gran desafío en el mundo de las ultra maratones (carreras de mayor distancia que 42 km).

Fue un 2018 de logros deportivos y de cien por ciento de aprendizaje. Pero mis lesiones recurrentes, a pesar de los cuidados, me señalaron que debía enfocarme en lo que yo consideraba importante.

Por eso, mi primera carrera en 2019 fue los 42 km de montaña de la “Ushuaia Trail Race”, donde ocupé el quinto lugar en la General Damas. En forma paralela participé en competencias de Rural Bike, disfrutando de mi bici desde cada largada hasta cada meta. “Salgo contenta, vuelvo feliz”, dijo una amiga.

La carrera en Ushuaia fue una excelente preparación para la meta principal de este primer semestre. Pasaron mes y medio de entrenar lo mínimo pero suficiente, de proteger, de estar atentos al cuerpo, de cuidarse. Había que llegar a la primera meta, la de la largada, fundamentalmente sana y descansada.

 

Fueron mes y medio de también preparar ropas, zapatillas y demás accesorios, de contar geles y aminos ácidos, de dosificar proteínas, de calcular calorías, de comprar equipamiento.

Aquellos que corren ultras (y quienes los acompañan) saben el tiempo que lleva preparar la logística, y más a mi entender si es una carrera por etapas.

Pedí y tomé muchos consejos que los amigos ultras, siempre generosos, están dispuestos a dar.

Cuatro semanas me llevó preparar los bolsos paso a paso, con la espada de Damocles de los 12 kg para el bolso a enviar al campamento (deja vú con las valijas para Ushuaia) que sería pesado.

Otra prueba a superar, había que dosificar hasta el abrigo para lo que habían avisado eran noches muy frías por la amplitud térmica y la altura.

Mes y medio tenía también para preparar la cabeza para este desafío. A lo largo de mis ocho años de experiencia fui entendiendo la importancia de esto, de lo fundamental que es.

Valentí San Juan -deportista y motivador español- corrió diez ultraman continuados y diseñó un método para pensarlos que yo adapté a mis cuatro días de carrera: “El primero estamos frescos, no cuenta; el segundo, como al primero no lo contamos, es casi el inicio del desafío. En el tercer día, comenzamos a volver, ya tenemos más del 50 por ciento adentro. Y el cuarto es el camino de vuelta a casa, es solo correr hacia ella”… veremos si funciona.

En uno de sus videos escuché la canción “Monstruos”, y descubrí así a un cantante también español que con su música me acompañó en el aliento: “Los monstruos solo están en tu cabeza”, dice Leiva.

A ENFRENTAR LA CARRERA

Así pasó el mes y medio entonces. Había llegado felizmente a la primera meta, la de la largada. Ahora solo quedaban correr 165 kilómetros en cuatro días.

El 8 de mayo los vehículos de la organización nos transportaron hasta Punta del Agua, a 60 km de Fiambalá. Miraba al resto de los pasajeros en el colectivo, todos participantes en la misma distancia. A muchos los conocí personalmente en carreras anteriores, a otros por las redes sociales, otros me eran desconocidos. Pero éramos una comunidad con un mismo objetivo, venidos de todas las provincias y de países vecinos nos unía el mismo destino.

“Vamos subiendo la cuesta” canta Joan Manuel Serrat, “por la arena” agrego.

"Fui vencedora y perdedora, fuerte y débil, independiente y vulnerable, generosa y egoísta, joven y vieja, experimentada y novata".

Son 33 km “Punta del agua-Las papas”. Antes de largar dijo un corredor experimentado, “yo no me puse las polainas, no hay arena y si se mojan, pesan, yo hice esta etapa el año pasado”.

Me pareció una buena idea y así lo hice, ilusionada. Luego entendí, durante el recorrido que lo que no había eran dunas, en todo caso, pero fueron 33 km de senderos arenosos en subida, interrumpidos solo por el río correntoso de montaña que bajaba. Río que cruzamos 64 veces según contaron algunos, aunque 80 determinaron otros.

En el primer PC (puesto de control) me detuve solo a tomar un mate, siempre impecable la gente del staff y su atención. Haciendo sola un tramo del recorrido no vi marcas, desandé camino hasta la última y pacientemente esperé que llegaran corredores.

Resultaron ser Matías, cordobés con quien compartí el resto de la carrera, y Milton, uruguayo. Al tener el track (recorrido) en sus relojes, marchamos a paso firme, pero cansados ya, hacia la primera meta, el pueblo de “Las papas”.

Lo logramos en 4.27 horas, arribando octava entre las damas.

En la casa donde nos ubicaron para pasar esa noche, casa de adobe y con pocas puertas pero con baño, un lujo, compartí la habitación con otras corredoras. Pieza de mujeres donde no había zapatos ni maquillajes pero si muchas zapatillas, rodillos, suplementos y comida. Todas estábamos en la misma sintonía, intercambiando experiencias, vivencias y consejos. Pero sobre todo, escuchamos atentamente a Lorena, una tucumana a la que apodan “La cóndor tucumano” por su adaptación a la altura y sus recomendaciones para enfrentarla al otro día.

También supimos que Lorena, cordobesa, era una gran ganadora en las carreras en las que participaba en su tierra. A Naty la conocía del año anterior, corrimos juntas mis dos etapas, que eran las últimas de sus cinco, ambas ganamos nuestras carreras.

Mención especial merece la gente del lugar, tan serviciales. El pueblo, que se aísla durante meses en verano por la crecida del río que cruzamos tantas veces, en este caso se vio inundado de personas de costumbres extrañas: sentadas en calzas en el río helado, estirando solos o en equipo en todos los rincones, ropa secando en la vereda y en la calle apoyada en sillas o cualquier otro elemento que pudiera asimilarse a un tendedero, zapatillas al sol alineadas contra los muros de adobe. Luego de la cena, potentes fideos con salsa, pudimos descansar pensando: “Primera etapa adentro”.

 

“UNA MARATÓN A LA ALTURA DE LA PUNA” 42 KM

Una maratón partiendo desde los 2.700 metros sobre el nivel del mar (msnm), “Las papas”, hasta llegar a los 3.900 msnm.

Temprano, Guille me alertó “abrigate, Bety, allá arriba el viento vuela hasta las piedras”. Y tenía razón. A pesar de utilizar mis bastones con fuerza, en la planicie de la laguna el viento tenía muchísima intensidad, y el frío se hacía sentir (algo que repercutió en algunos participantes en afecciones posteriores a la carrera).

Como en 2018 compartí esta parte del recorrido con el Indio, que enunció su demoledora frase para la edición 2019 “los bastones son para los viejos”, el año anterior fue “para caminar tenés el shopping de tu pueblo”.

"Muchas veces me preguntan en qué pienso, en qué pensamos cuando corremos tanto tiempo. Pensamos en nada y en muchas cosas: fundamentalmente y repetidamente ¿quién me mandó a meterme en esto?"

Gracias a mi mentalización eficiente, o a la coca proveída por Fernanda, quizá, la altura no me afectó y eso que desde mis 1,51 metros de estatura no estoy nada acostumbrada.

Terminé la etapa feliz en 6.45, ocupando el sexto lugar entre las damas. Amo las cuestas y eso se notó en esta etapa tan dura para todos pero donde mejor me desempeñé.

“BAJANDO PODRÍA PARECER FÁCIL” 33 KM

“Desde Las papas a Punta del Agua en bajada”, decía la altimetría, pero con aún más cruces del río porque venía creciendo.

Con Raúl, Lorena y Matías formamos un impecable team, recorrimos los senderos arenosos a 5.50 min por km en promedio. Pero al final nos esperaban unos caminos demoledores. Nos preguntábamos “¿Es el mismo recorrido, había tanta arena cuando lo subimos el primer día?”.

La respuesta la tuvimos al pasar al lado del corral de los chivos, confirmamos que sí, solo que al iniciar la carrera nuestras piernas estaban más frescas.

A todo ritmo en los últimos kilómetros arribamos con Raúl en un tiempo excelente, fueron 3.30 horas, otra vez sexta entre las damas.

 

En vehículo nos llevaron hasta las famosas Termas de Fiambalá. Allí nos destinaron en un salón gigante que tuvo doble función: comedor y dormitorio. Como siempre el fantasma de los ronquidos preocupaba a todos los 110 corredores, inclusive a los roncadores que nunca se asumen como tales.

Teníamos libre acceso al complejo termal pero había un inconveniente: había que caminar ascendiendo 800 metros.

Igualmente fui valiente, el premio de las piletas a gran temperatura merecía el esfuerzo. En la cena, el cocinero amenizó con música que hizo que terminaran casi todos los corredores bailando. Desde mi catre, los miraba y pensaba: “Qué valientes, cuanta alegría y yo tan asustada”.

“Respeto” dijo Daniela que tenía por esta carrera, yo estaba asustada.

Creo que el método de Valentí no tenía en cuenta que la etapa que nos llevaba a casa era tan extensa.

62 km por delante: cuatro de mis fondos máximos en forma consecutiva más 110 km ya en las piernas más estar a 1505 msnm viviendo a 3 msnm, más desierto y montaña, más altas temperaturas: ¿Qué podía salir mal?

 

“LOS MONSTRUOS SOLO ESTÁN EN TU CABEZA” – 62 km

Había llegado el día temido, el gran desafío: con tanto esfuerzo en las piernas salíamos a recorrer los senderos finales. Comenzamos con muchos kilómetros de arena para variar: planicie y luego el lecho de un río seco que de a poco comenzó a inundarse.

Por eso cambiaron el recorrido y subimos a otra planicie de arena. Y vuelta al lecho de otro río seco encontramos piedras de todos tamaños, siempre en lecho de arena. Comencé esta etapa con mi compañera de Yaboty en 2018, con ella enfrentábamos las subidas de la mano para acompañarnos con más energía. Seguí con una corredora local quien se quejaba de que no me podía “seguir el tranco cuando caminás”. Alcancé a Julián, mi compañero de viaje desde Entre Ríos, al grito de “¿la procesión de Santa Rita es por acá?”.

Alcancé a mi amigo cordobés que solo repetía “tanta arena me quemó la cabeza”, después supe que abandonó.

Al fin me alcanzó Mati, mi gran compañero, que fue de mucha ayuda con sus piernas largas en las subidas tan empinadas, siempre preocupado por su pequeña compañera. Luego de una bajada lo perdí, y me acoplé con Leo, a quien bauticé Javi. Sufrió la tortura de escucharme gritando mucho rato. “Lo bueno es que ya sabés que estoy loca, como vos, por  inscribirnos acá”, reíamos. Gritaba “¡Ni un centro nos tiraste Lausiii!”, “Lausi, ¡la RPMQTP!”. Y el eco estaba de acuerdo. Los fotógrafos amigos, que nos aparecían en los lugares más insólitos recibían también mi catarsis.

Piedras, arena, lajas, barrancos, precipicios, piedras, lecho de arroyo, y vuela a empezar. Cada 10 km, parecía que estábamos en el “el día de la marmota”. Llegamos al PC final: “7 km y llegan”, nos decían. Si, 7 km por el lecho de otro río seco (¿o sería siempre el mismo?), ganas de sentarme a llorar viendo esa larga extensión por delante pero divisar los techos y antenas del puente a lo lejos lo hacía más llevadero. Crucé a varios corredores de otras distancias menores que caminaban, mientras yo trotaba: “Si tienen un amigo que en 2020 quiere inscribirse en 165 km, ¡no lo dejen!,” les decía. Pero me reconfortaba escuchar sus palabras de aliento, las mismas que decía yo años anteriores, al cruzarme con estos audaces.

Y así, 10.15 horas después, crucé la segunda meta, la más importante, la que nos da la medalla, que recibí de manos de mi amigo Edgardo, lo que la hizo aún más especial.

Fueron muchas horas corriendo y caminando, 24.59, séptima entre las damas, y muchos días donde se lleva el cuerpo al límite, pero el crecimiento personal es increíble, invalorable.

VOLVER A CASA… DISTINTA

Llegar a casa y reintegrarse con normalidad a la rutina el día lunes es para mí la tercera meta, la que indica que habernos inscripto y corrido la carrera soñada fue una decisión acertada, que teníamos el entreno adecuado. Y entonces, deportivamente hablando, se repite la etapa de proteger, de estar atentos al cuerpo y de cuidarlo.

Muchas veces me preguntan en qué pienso, en qué pensamos cuando corremos tanto tiempo. Pensamos en nada y en muchas cosas: fundamentalmente y repetidamente ¿quién me mandó a meterme en esto?, en los que están y en los que no, en lo que hicimos y en lo que no, ¿era necesario?, en lo que faltó y en lo que sobró, ¿cuántos cruces de río van a ser?, ¿hasta allá hay que subir?, ¿más arena?

Pero también rezamos, contamos, cantamos, gritamos, meditamos, conversamos, a veces con un compañero, a veces solos.

Fueron muchos kilómetros, y las sensaciones vividas también. Fui vencedora y perdedora, fuerte y débil, independiente y vulnerable, generosa y egoísta, joven y vieja, experimentada y novata. Pero siempre me sentí “La chica superpoderosa” como me dice Marcelo, amigo filósofo y coach. Por haber pensado  que podía y por haber podido.

“171 km adentro” dicen los corredores en la meta. Sí, 171 km adentro de mi alma, un maravilloso recuerdo que potencia mi presente y proyecta mi futuro más allá de cualquier límite anterior. Y si, era cierto lo que me llevó a inscribirme en este desafío: “Los monstruos solo están en tu cabeza”.

Fotos: GERMÁN REULA

 

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