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OPINIÓN

Los pesados fracasos ajenos

El balotaje nos espera dentro de 20 días. La campaña será intensa. El oficialismo ganó Entre Ríos, pero con susto, perdiendo bancas y municipios. El poder se debilita y el futuro   gobernador se verá obligado a negociar.

 

Por MARIO ALARCÓN MUÑIZ

 

Seguimos o cambiamos. No hay términos medios. Así se han planteado las cosas frente al espacio aún disponible de veinte días para reflexionar y elegir nuevo Presidente.

No alcanzaron los votos del domingo pasado. Unos más, otros menos, a todos les faltó cuerda. Los dos más favorecidos por el respaldo de la gente, queman ahora sus últimos cartuchos.

Nadie duda que nos aguardan días muy intensos. El tiento ya no aguanta. Es demasiado. Hace bastante más de un año que casi todas las actividades del país, de manera directa o indirecta, giran en torno de la renovación presidencial. En los elencos dirigentes de cualquier tendencia no se observa una preocupación mayor. Y esto configura otra de las grandes exageraciones nacionales.

El trabajo, la producción, la inflación, la inseguridad, la educación, la salud, las obras públicas, los proyectos, la organización del Estado y mil asuntos de similar peso se comentan -no más de eso-, quedando relegados detrás de las urgencias electorales. Esto no es nuevo, pero se agrava en cada elección, ahora con mayor fuerza porque la cuestión se plantea en términos de supervivencia. El que pierde se va a pique. No hay razón alguna para que sea así, pero esa es la percepción de los protagonistas.

Es obvio que la democracia demanda esclarecimiento y debate. Se requiere confrontar ideas y propuestas para que el pueblo esté en condiciones de elegir a conciencia y con conocimiento. Sin embargo, ese requerimiento esencial del juego democrático suele degradarse, desviándose hacia un proselitismo constante, excluyente y no pocas veces enfermizo que daña a la sociedad. Además es contagioso.

A juzgar por la conducta de muchos dirigentes, vivimos para votar, cuando en verdad se trata de votar para vivir, en las mejores condiciones posibles, conforme cada uno piense acerca de su futuro.

 

A VOTAR OTRA VEZ

Lo cierto es que el domingo 22 volveremos a las urnas. No está mal hacerlo, todo lo contrario. En Suiza, país regido por una de las democracias más evolucionadas del mundo moderno, algunos cantones suelen convocar varias veces al año, no a elecciones en términos estrictos, sino a consultas sobre diversos temas de interés público. Claro que los suizos lo hacen con naturalidad, orden y respeto. Sin bombos ni cadenas nacionales.

Por primera vez habrá balotaje en el orden nacional, conforme lo dispone la Constitución reformada en 1994 si ninguno de los postulantes presidenciales consigue el 45 por ciento de los votos válidos emitidos.

Esta es una curiosidad muy telúrica, introducida por los convencionales del ’94 -en verdad por el pacto de Olivos que Menem y Alfonsín impulsaron para reformar la Carta Magna-, pues no sabemos de otro lugar del planeta donde rija tal disposición. Aquí la exigencia para ganar la Presidencia no es del 50 por ciento más un voto, como en el resto del mundo donde se aplica el sistema, sino del 45 por ciento.  Es notable, pero también en esto se apunta a lo facilongo. Lo más livianito posible.

Pudo haber balotaje en 2003, pero Menem se retiró de la contienda luego de obtener el 30 por ciento, dejando el camino libre a Kirchner que había reunido el 22 por ciento.

 

BALOTAJE EN ENTRE RÍOS

 

Otro dato curioso y menos conocido es el del balotaje en Entre Ríos. Aquí no está contemplado ese sistema. Quien reúne mayor cantidad de votos gana, cualquiera sea su porcentaje de sufragios. . Sin embargo, hubo hace 42 años un balotaje provincial.

Ocurrió en oportunidad de la normalización institucional después del golpe de Onganía (1966) a quien sucedieron Levingston y Lanusse. Este último, luego de un sinfín de peripecias -Cordobazo y otras rebeliones similares, protestas, asonadas, violencia, huelgas y  movilizaciones-, convocó a elecciones en 1973 con segunda vuelta en los órdenes nacional y provinciales si alguien no alcanzaba el 50 por ciento, al margen de lo que dispusiera cada Constitución. Los militares trataban de impedir que el peronismo recuperara el poder y ese mecanismo les venía de perillas. Lo adoptaron. Y una vez más se equivocaron.

De poco les sirvió. En el orden nacional Héctor Cámpora superó el 50 por ciento y alcanzó la Presidencia. En Entre Ríos no ocurrió lo mismo. Tuvieron que ir a segunda vuelta el peronista Enrique Tomás Cresto y el radical César Corte, triunfando el primero. Es el único antecedente de balotaje en esta provincia.

La Constitución provincial actual no lo contempla. De lo contrario hoy estaríamos barajando la segunda vuelta entre Bordet y De Ángeli. La diferencia en favor del primero fue de sólo 22.000 votos.

 

EL PODER DETERIORADO

Entre Ríos sacudió los tableros. Si bien el oficialismo se adjudicó la gobernación, perdió la mitad del Senado y varios municipios importantes, como los de Paraná. Gualeguay, Chajarí, Victoria, Nogoyá y Diamante, conducidos por el peronismo desde hace entre 12 y 28 años. Si bien quedaron bajo el manto oficialista los municipios fuertes de la costa del Uruguay (Concordia, Colón, Concepción del Uruguay y Gualeguaychú), la primera impresión indica que las relaciones han cambiado. Las diferencias se achicaron. El gobierno tendrá que modificar estrategias y acciones, necesariamente.

Por lo pronto, ya no tiene todo el poder. Deberá consensuar y se verá entonces de qué manera se desempeña el nuevo gobernador. Su padrino, Urribarri, no tuvo necesidad de entablar negociaciones con nadie. En todo caso lo hizo siempre desde posiciones dominantes, con la sartén por el mango y el mango también.

De este  modo las cosas le resultaron sencillas. Llegó a ostentar un poder nunca logrado por ninguno de sus antecesores de la era democrática. Por esa razón Urribarri es hoy el primer destinatario de las quejas. No sólo manejó gastos de cualquier monto, sino que designó los candidatos por su cuenta; sacó y puso muñecos según conveniencias circunstanciales y manejó la campaña con un oído aquí y el otro en Buenos Aires.

El que sigue deberá hacerse cargo de los costos. Por lo pronto ya le pesan fracasos ajenos.

 

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