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Mala praxis, símbolo o destino

La profesora Betina Scotto adelanta en esta nota sus impresiones sobre la flamante publicación de Celia Klyde Grinman titulada "Mala Praxis", editada por la Editorial de El Miércoles. "Para los que somos de Concepción del Uruguay por momentos volvemos a recorrer antiguos negocios, viejos consultorios, reconocemos rostros, historias, apellidos de los responsables de las malas praxis, aquellos que no fueron denunciados en su momento, han quedado expuestos para siempre", dice Betina.

 

Por BETINA SCOTTO, especial para EL MIÉRCOLES DIGITAL

Nota relacionada: Nueva publicación de El Miércoles: “Mala Praxis” de Celia Klyde Grinman

 

Mala praxis, tal vez sea un símbolo o un destino. La autora narra el sufrimiento que produce en las mujeres de la familia judía de Rosa una práctica médica mal realizada. Un sufrimiento desmedido, un dolor indescriptible que carcome las entrañas y obliga a las protagonistas de esta historia a encontrar fuerzas desconocidas para poder enfrentar este dolor y superar sus consecuencias. Todas han padecido mala praxis en algún momento y el profundo padecimiento que produjo en sus cuerpos. Lo han heredado y transmitido.

Estas torturas son soportadas con resignación al compararlas con las que sufrieron miles de mujeres en los campos de concentración nazis, casi como parte de un destino inevitable y cruel. La han sufrido las distintas generaciones, desde siempre.

Esta novela tiene temas muy profundos, complejos, que se entrelazan. Algunos se profundizan y otros aparecen sutiles, como una pincelada. Padres y hermanas que vinieron de Europa del Este, en barcos que navegaban hacia un puerto desconocido, demasiado lejano como para pensar siquiera en un regreso.

El desarraigo, el sufrimiento previo , los padecimientos del viaje no son detallados, sólo aparece una madre a la cual le aconsejan que deje a su hija enferma en algún puerto europeo porque piensan que no soportará el viaje. No hace falta más detalle.

El peronismo de los 50 aparece con sus rasgos autoritarios, fascistas, antisemitas. Y el miedo de ella y de su familia por la discriminación que sufren, ante los gritos de “haga patria, mate a un judío”. El maltrato que soporta Rosa en el secundario por parte de un profesor antisemita, defensor de la raza aria. Impotencia, temor, injusticia masticados en silencio. Nuevamente el miedo.

Con otro tono, poco a poco, casi como imágenes cinematográficas, comienza a aparecer la historia de la esclava judía que vive en la época de Tito Livio, aquel militar romano que conquistó e incendió Jerusalem, destruyó su Templo y asesinó a los habitantes que habían sobrevivido.

En pequeños avances, la historia de esta esclava va tomando cuerpo, contando la terrible violación que sufrió en la calle Cardo, en Jerusalem. Moribunda, es rescatada por una mujer que logra salvarla y se va a vivir con ella, a las afueras de la ciudad, donde sus antiguos amos no pudieran encontrarla.

Ella, a pesar de ya cumplir los 6 años como esclava y poder obtener su libertad, estaba deshonrada. La violación era su culpa, estaba en la calle, sola, y aunque hubiese ofrecido resistencia, no era suficiente para apelar a la ley rabínica. También sufre terribles dolores hasta recuperarse. Deshonra, violencia, sufrimiento.

No resulta arbitrario la elección por parte de la autora de este momento histórico en el que sitúa a este personaje. El final trágico de la primera guerra judeo-romana, la destrucción del segundo Templo y una nueva diáspora judía, de la que es heredera Rosa, dos mil años después.

Esta esclava va a vivir a una cueva con la familia de la sanadora; asume su destino. Y un aroma ancestral comienza a apoderarse del texto. Y una brisa mágica nos atrapa definitivamente. Hechizos, ungüentos, hierbas mágicas, amuletos, pociones, Baba Yaga, aquella bruja que vive en las profundidades de los bosques rusos, brujas que fueron sabias y que tenían el poder de curar y algunos consideran como las primeras feministas de la historia. La magia blanca pudo sanar a la esclava. Su historia atrapa, resulta inquietante, esperamos con ansiedad su desenlace.

Surge el hilo conductor, las “niñas del cordón”, las herederas de un designio trágico, doloroso, traumático.

Rosa se apega a las tradiciones de sus ancestros. Tradiciones que permitieron al pueblo judío sobrevivir como tal. Prende cada viernes las velas para que sus nietas conozcan sus orígenes, sus raíces judías, para que puedan encontrar lo que buscan, para que puedan encontrarse. Confecciona para cada hijo un álbum de fotografías, rescata las historias familiares en imágenes. Alza a su nieta Lucía y sus miradas se enlazan. En esa mirada especial, permanente, fija el cordón, transmite su historia, la historia de todas las mujeres que le precedieron, la memoria de una cultura a la que pertenecen, como lo hicieron aquellas brujas o sabias que transmitían de generación en generación sus conocimientos. Las historias que nos precedieron, también nos construyen y muchas veces nos determinan.

Rosa vivió el maltrato también. Un padre que coarta sus sueños, que impide que se desarrolle en los ámbitos que hubiera querido. No consulta, determina. Un suegro déspota que considera a las mujeres como siervas, obedientes, silenciosas. Una frase brutal lo describe: “Sara, a las ollas”. Nadie lo cuestiona en la familia, es así, como siempre, desde siempre. Lo aprendió de su padre, éste de su abuelo... Rosa se subleva ante esto.

Y aparece el conflicto central de Rosa. A través de una cita de Píndaro lo sintetiza: llega a ser quien eres. Es la búsqueda de su identidad como mujer, independiente, dueña de sus decisiones, libre del agobio machista de su tiempo. Es una feminista, cuando ese término no existía, lucha toda su vida por encontrarse, por lograr sus aspiraciones, por desarrollarse como mujer y ser respetada como tal.

Después de varias décadas, pudo concretar alguno de sus sueños, disfruta el presente, de los hechos cotidianos realizados con un amoroso ritual.

Su identidad también es la otra mujer que lleva adentro, la que nadie percibió, la que ocultó toda su vida, es aquella esclava que vivió en tiempos de Tito.

Y llega la hora de la despedida, puede irse en paz, rodeada de sus nietas, mujeres que llevarán dentro de sí a todas las otras mujeres que las precedieron.

Para los que somos de Concepción del Uruguay por momentos volvemos a recorrer antiguos negocios, viejos consultorios, reconocemos rostros, historias, apellidos de los responsables de las malas praxis, aquellos que no fueron denunciados en su momento, han quedado expuestos para siempre. La querida y respetada profesora de griego se me aparece con sus impresionantes ojos claros, su mirada honda, inteligente, declinando, traduciendo, transmitiendo su pasión por la palabra. Pero es un plus. No interfiere. No condiciona.

Mala Praxis se cruza con lo mágico, a modo de explicación de lo inexplicable, de lo intuitivo, de lo ancestral, transmite una energía especial. Fundamentalmente es la historia de Rosa y de otras mujeres. Mujeres invisibilizadas, calladas, sometidas, resignadas. Mujeres que sufren. Mujeres que estudian, que se preparan. Y mujeres que luchan en silencio, tenazmente por ser respetadas en su familia y en la sociedad, por ser reconocidas, valoradas y por ejercer la libertad de elegir.

Betina Scotto
octubre de 2020

 

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