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Paraná: “Por la bondad de Dios, hasta si es necesario se derrama sangre”, dijo el representante del Obispado Castrense, en una misa ante personal de Gendarmería

El vicario general del Obispado Castrense, Gustavo Acuña -oriundo de Concordia y formado en el Seminario de Paraná- hizo duras críticas en la noche de este martes, en su homilía ante personal de Gendarmería Nacional y celebrada en la Iglesia San Miguel de la capital entrerriana.

“Por la bondad de Dios hasta si es necesario se derrama sangre”, dijo, ante por lo menos 20 gendarmes, que ocuparon la primera fila de la casa eclesiástica, a la vez que cuestionó a quienes “desde la boca para afuera profesan una cosa pero que desde la boca para adentro hacen otra” y apuntó con su dedo índice contra quiénes no comulgan con el matrimonio, pese a lo que el Papa Francisco viene sosteniendo al respecto. En la misa, los sacerdotes presentes se disculparon por la ausencia del arzobispo de Paraná, monseñor Juan Alberto Puíggari, porque tenía “una reunión muy importante” en Buenos Aires.

 

Informe y foto: Análisis Digital

El escenario se presentaba inverosímil para una misa de día entre semana. Alrededor de veinte curas y monaguillos ocupaban el altar. Pero no sólo eso llamaba la atención de los fieles que diariamente se presentan a la misa que se celebra en la Iglesia San Miguel de Paraná y que este martes fue distinta. En los primeros bancos frente al altar, se ubicaron numerosos uniformados de Gendarmería Nacional. Eran por lo menos 30 gendarmes, quienes llegaron en combis especiales que se estacionaron en doble fila, con el logo de la fuerza de seguridad nacional, pese a que la repartición central de Paraná se encuentra a no más de 100 metros de la iglesia.

La misa fue encabezada por el obispo castrense de las fuerzas armadas, monseñor Santiago Olivera, quien fuera obispo de la diócesis de Cruz del Eje en la provincia de Córdoba, hasta que fue designado por el Papa Francisco en marzo del año pasado. Lo secundó el vicario general del Obispado Castrense, el sacerdote concordiense Gustavo Acuña, quien hizo la homilía. Estuvo acompañado además por otros capellanes, sacerdotes y seminaristas, que se encuentran misionando desde este martes y hasta el viernes en la sede del Ejército Argentino, de la Segunda Brigada de Caballería Blindada de Paraná.
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El cura Acuña (quien se formara en el Seminario de Paraná entre 1993 y el 2000 y siempre fue muy allegado al pensamiento de derecha del grupo cercano a Juan Alberto Puíggari) inició la misa disculpando la ausencia del arzobispo de Paraná. Dijo que el obispo no había podido asistir porque “razones de fuerza mayor” se lo habían impedido e incluso mencionó que tenía una reunión importante en Buenos Aires.

Cuando arrancó con la homilía, entre las conocidas caras de siempre en la Iglesia San Miguel, hubo gestos de preocupación no sólo por lo que modificaba el paisaje habitual sino por el llamativo sermón de la lectura y posterior comentario del Evangelio de las Sagradas Escrituras. Específicamente, citó el Evangelio según San Marcos 7,1-13, donde se consigna que los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús y vieron que varios de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Lo que sorprendió a los presentes fue la interpretación, el tono y el dedo acusatorio que elevó desde el ambón el cura Acuña.

Comenzó haciendo alusión a cuántos ciudadanos que “desde la boca para afuera profesan una cosa” pero que “desde la boca para adentro hacen otra”. A su vez, cuestionó a quiénes no comulgan con lo que determina la Iglesia para el matrimonio y deciden por el divorcio, cuestión que incluso el mismo Papa Francisco contempla desde la realidad social sin marginar ni a divorciados, ni concubinos.

El sacerdote prosiguió aleccionando y apuntó a que “por la bondad de Dios, hasta si es necesario se derrama sangre”. Lo hizo casi mirando fijo a los más de 30 gendarmes presentes, en un momento de generalizado cuestionamiento a varios de los integrantes de tal fuerza, en especial a partir del caso de desaparición y muerte del militante Santiago Maldonado, en el sur del país. Acuña no se dio cuenta -o tal vez sí- que no era una celebración dentro de una repartición de seguridad, sino una misa tradicional, en un día de semana y a la que siempre van casi los mismos ciudadanos paranaenses. Muchos, quizás demasiados, se retiraron indignados con el mensaje violento del sacerdote.

 

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