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Ser docente es tomar riesgo por alguien desconocido

En esta columna, Vanesa Leopardo reflexiona sobre el oficio de enseñar en medio de los efectos de una pandemia global y de una época hipertecnológica. Pero también en torno de todo aquello que hay que celebrar si hablamos de la educación... y por lo tanto, de algunas rupturas necesarias.

 

Por VANESA LEOPARDO (Colaboración especial para EL MIÉRCOLES DIGITAL).

 

(El título de esta columna se desprende de la frase de Laurence Cornú: “La confianza supone tomar un riesgo por alguien desconocido”).

Me pareció un buen día para pensar el oficio de enseñar a la luz de los efectos de la pandemia y las condiciones de época. Me pareció un buen día para reflexionar en torno a aquello que hay que celebrar. Podemos hablar –felizmente- de la producción de algunas rupturas necesarias.

La educación: Espacio de un interactuar situado, donde se ponen en juego las condiciones de época, las decisiones políticas y los posicionamientos subjetivos.

La escuela: Escenario, escena, trama, campo de juego; donde se entrelazan elementos y reglas, roles y funciones, presencias y trayectorias, demandas e intervenciones. Límites, bordes, modos…

El oficio de enseñar: Inserto en ese cuadro de relaciones, se tensa en modelos instalados y heredados de un hipócrita proyecto moderno que prometió imposibles: justicia universal, igualdad, libertad, fraternidad, ¡felicidad! (y que todo podía ser exclusivamente doble faz).

La vinculación “des”: Una de las condiciones de época revisada y revisitada por diversos autores, escritores y disciplinas, es la desvinculación. No refiere tanto a que no hay forma de vincularnos sino a un modo de vínculo que incluye lo efímero, lo débil, lo de frágil importancia.

Al pensar la vinculación en términos de “des” se impone la reflexión en torno a la función docente, la enseñanza y el aprendizaje, la transmisión cultural y la autoridad pedagógica, cuya condición de existencia es precisamente el vínculo.

Y en ese ¿ahora cómo hacemos? (mientras piensa) la escuela aparece resistiendo la tendencia a la fragmentación y disolución del semejante, en este escenario de debilitamiento de las estrategias colectivas y de las instituciones, donde lo que surge individual, muchas veces, no logra insertarse en una causa común.

Por tanto, en un contexto donde las prácticas sociales no son tan legitimadas por el Estado como por el mercado –en un movimiento de revalorización y promoción de la relación sujeto/objeto– trabajar para generar lazo humano adquiere significativa relevancia.

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(Que no tengo tiempo)

Otra de las condiciones de época es la inmediatez, “tu pedido ya”, “lo pedís, lo tenés”, “la vida es hoy”.  Ni pausas ni demora. El tiempo vuela. De modo que pierden sentido:

- el proyecto a largo plazo, que involucra la capacidad de soñar, planificar, visualizar deseos y metas, “dibujarse” una imagen mental de lo que se quiere alcanzar y de cómo se imagina uno.

- la historización: posición ideológica opuesta a la naturalización. Historizar es problematizar, porque algo que se da como natural no tiene historia. De modo que es lo que nos permite mirarnos y mirar por qué y cómo estamos donde estamos.

Por tanto, en esta urgencia de la vida en el instante, la educación es casi el único recoveco que nos propone una parada; una suspensión que nada tiene que ver con el suspenso, y tiene todo que ver con la espera y la permanencia.

El logro es la permanencia de la presencia: el haber estado con otros con quienes hicimos algo juntos y con quienes quiero volver a encontrarme. Permanencia de la presencia aunque me vaya, aunque la próxima semana no asista. Esto es un nuevo pacto con el tiempo… es un seguimos estando cuando no estamos, pero seguimos estando porque estuvimos con sentido, con significado, en torno a una tarea que nos agrupó.

Se fueron a vivir juntas, sin permiso de los padres y sin papeles

Hablamos de la relación entre educación y tecnología. Esa especie de enfrentamiento e invasión primera: durante más de dos décadas se habló de avasallamiento tecnológico (es de alto impacto el término “avasallar” y ha sido el más utilizado). Se pensó que la institución escolar podía desplomarse ante la ramificación de circuitos de saber; se especuló con el desplazamiento de la función de la maestra y el maestro, se dudó de la centralidad de la tarea de enseñar encarnada en la figura docente.

Tal vez debamos repasar que no es igual información que conocimiento, que el conocimiento no se reparte, se construye; y que no hay impacto tecnológico predeterminado, autónomo o independiente de las decisiones políticas: lo que genera impactos es qué se hace con eso, a quienes les es accesible (o no), hasta dónde, hasta cuando, para qué

Se trata de no demonizar el objeto.

La actualidad es imperativa en tanto asumir a la tecnología ya no como amenaza hacia el rol docente, a la educación, a la función social de la escuela, sino como herramienta, canal, vía, recurso, medio.

Quedó demostrado, aunque es una relación que no se legaliza del todo al modo tradicional del “sí, quiero”, que de todos modos sucede y salió de las sombras. Ni divorcio ni matrimonio, convivencia.

Mentiras piadosas

Supimos entonces que algunas certezas que nos acompañaron hasta aquí ya no nos sirven. Adiós a las cuestiones estándar. Lo que muchos docentes están haciendo con las condiciones de época y lo que trajo la pandemia es histórico: habilitan la posibilidad de profundizar la ruptura de la lógica homogeneizadora en el sistema educativo, de abandonar la ficción de ofrecer todo a todos porque eso es igualdad; que los problemas de los alumnos son problemas individuales; que basta con que estés allí para que la seño te vea, o que si tu estar es intermitente no habrá vínculo.

Que educar es transmitir y autoridad es mandato; que el riesgo de exclusión educativa se elimina a partir de identificar una trayectoria, ponerle un nombre (cuando no un diagnóstico) e iniciar el operativo de la inclusión; que no por ser la escuela el espacio de lo público todos pueden acceder y que el trabajo del docente se termina en el aula.

Han habilitado caminos y rupturas sobre esa forma de pensar desde lo único, lo uno, lo idéntico; esa manera confusa de plantear que diferencia es desigualdad, invisibilizando que desigualdad es el proceso de construcción del otro, negativo e individual.

En este sentido desmitificaron la lógica asistencia/inasistencia, regular/irregular, acredita/no acredita, presente/ausente, puede/no puede, vocación o profesión, como si todos esos opuestos binarios fueran lo único que importa.

La educación es política

La escuela nos permite mirar el problema individual desde la perspectiva de la complejidad social. Nos enseña a vivir en sociedad, que el derecho a la educación es derecho a la participación sino no alcanza, que la relación con el conocimiento sucede en clave de convivencia. Que convivencia no es armonía. Que el conflicto es inherente a la construcción de lo colectivo, entonces no es necesario intentar eliminarlo siempre, tratar que desaparezca. Convivir heterogéneamente es una enseñanza política de la escuela, nos enseña que no somos el ombligo del mundo.

Que al decir “lo colectivo” es sobre algo que se construye, no es ontológico ni mágico; se juegan en la escena escolar lo individual y lo grupal. Lo que importa es que la dimensión individual suceda en una trama: institucional, grupal, social.

La educación tiene una dimensión política que no se puede eludir: eludirla es tomar posición.

 

¿Algo para celebrar?

Mucho.

Que nadie detenta la verdad educativa, faltan certezas, no las deseamos, no nos “compensan”.

Que la idea de educación como transmisión está siendo destituida, que no es sencillo pero hay gente que se deja conmover.

Que la autoridad pedagógica hoy requiere del establecimiento de relaciones más democráticas… y que está siendo por ahí.

Las nuevas formas de estar y permanecer en educación que docentes y estudiantes han podido edificar poco a poco, desistiendo de un radical enfrentamiento entre escuela y tecnología.

La permanencia y la pausa, ese rinconcito de calma sin apuro que puede ofrecer la escuela.

Que a la vieja pretensión de homogeneidad se le impone la heterogeneidad y hay docentes que ponen en palabras y en acto la problematización de las diferencias.

Que podemos duelar las mentiras piadosas del hipócrita formato moderno. Aunque esto no es sin costo, hay que saber sufrir con alegría.

Que ante la decisión entre naturalizar o historizar nos hemos convencido de que es por la segunda, que es mejor con dudas y, definitivamente, que es mejor con otros.

Que la escuela es la única institución legitimadora de saberes sociales y sigue teniendo la exclusividad de que nos apasionemos con el conocimiento.

Y finalmente celebrar el día (cada día) de quienes eligen la tarea de enseñar, profesionalizando el hecho de asumir un riesgo por alguien desconocido.

(*) La autora de esta nota es licenciada en Trabajo Social egresada de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y magister en Salud Mental, egresada de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER). Docente e investigadora. Su correo electrónico es vleopardo@hotmail.com.

 

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