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“Una buseca para Elenita”, el cuento de Natacha

La uruguayense Natacha Matzkin logró una mención con su trabajo titulado "Una buseca para Elenita", en el concurso literario realizado por Adeer (Asociación de Escritores de Entre Ríos).

Recordemos que en la categoría poesía, “Pasas que cosan”, de Aldo Vercellino (Chajarí), fue el ganador; mientras que en cuento “Carta documento”, de Américo Schvartzman, obtuvo el primer lugar. A continuación, por gentileza de su autora -habitual colaborada de El Miércoles Digital-, compartimos su cuento completo, con la autorización de la institución convocante del certamen.

 

Una buseca para Elenita

Cumple cincuenta, pero sigue igual de chiquilina: me pidió que le hiciera la buseca. ¿A vos te parece, Elena? ¿No será mejor algo menos suculento? Empanadas, tartas, sanguchitos. No, buseca, porfió.

Antes, cuando las estaciones empezaban y terminaban el día correspondiente, la buseca venía al pelo para fines de abril, pero últimamente el verano se estira y puede que esté más para cerveza en el patio que para cazuela. Con mamá la hacíamos para los cumpleaños de mi hermano Toto, que nació en agosto. Ahí sí que hacía frío. Armábamos unos tablones largos sobre caballetes y juntábamos primos, tíos, parientes lejanos; venía toda la tanada: los Dotte, los Tófalo, los Nardone.

Hay que hacerla un día antes, decía mamá, para que se concentre. Y sí, no es una comida a la minuta. Anoche dejé en remojo los porotos y los garbanzos. Recién me trajeron el mondongo.

Lo lavo, lo cepillo, le retiro los bodoques de grasa y lo pongo a hervir en la olla a presión con una cucharada de bicarbonato, para que no haga olor. En otra cacerola hiervo porotos y garbanzos, a fuego lento para que no se choquen y se rompan.

A vos te sale desabrida, decía siempre mamá. Será por los calditos Knorr Suiza. Ella hacía el caldo aparte. Un caldo gelatinoso de verduras y gallina que usaba en todas las preparaciones.

Una vez, Toto le escribió que no iba a viajar, que tenía un examen en la facultad y que se iba a quedar en La Plata a estudiar. Nunca más le hago buseca a este malagradecido, juró. Para entonces, ya estaba Elenita y empezó la tradición de las busecas en abril.

Pobre mamá, a lo último daba las indicaciones desde el sillón: más ají molido, más pimienta, más pimentón. ¿Tomate de lata le pensás poner? Claro, ella hacía sus propias conservas de tomate y las tenía en frascos de vidrio con sombreritos de tela en las tapas.

Mañana a la noche es el festejo con los amigos de Elenita, así que hoy dejo lista la buseca y mañana voy a la peluquería a que me tiñan y me pongan los ruleros. El mondongo y las legumbres ya están tiernos. Los dejo que se enfríen un poco en la olla. Mientras tanto, a rehogar un diente de ajo y una cebolla por persona, un morrón cada dos, con sal al tuntún.

¿Cuántos años llevo haciendo la buseca? Cuando nació Toto, yo era señorita; ahora él tiene setenta, Elenita cincuenta: casi toda mi vida preparándola. Me la sé de memoria y sin embargo tengo apuntada la receta, metida entre las hojas del libro de Doña Petrona que me regalaron para mis cuarenta. Quedará para alguna de mis nietas, porque lo que es Elenita, me salió negada para la cocina; no sabe hacer ni un huevo duro.

El mondongo ya está templado. Hay que escurrirlo y cortarlo en tiritas. Mami, no le pongas tanta grasa ni condimento, por Carlos, me pidió Elenita. Carlos es mi yerno, que tiene hipertensión, hemorroides, colesterol y no sé cuántas larailas más.

Un chorizo colorado cada tres personas, decía mamá. Voy a calcular uno para dos, y le pongo también salchicha parrillera, todo cortado en rodajas. Que se siga rehogando la cebolla con la grasa que largan los chorizos.

Ahora, un chorro de vino en el refrito y esperar que evapore el alcohol. Dos hojas de laurel, pimienta, pimentón, ají molido. A vos te sale insulsa, decía mamá. Rompo un poco los tomates y a la olla. Dos cubitos de caldo y que se disuelvan. Orégano.

Ochenta y cuatro años tengo. Ahora sí, el mondongo y los porotos a la salsa. Pelo las zanahorias y las corto en rueditas. Pelo las papas y las cubeteo. Se siente el aroma, va a estar de rechupete. Espero que esta chica compre suficiente pan, porque van a querer soparlo. A mi esposo le encantaba limpiar el plato con el pan. Le tenía prohibido meter el pan en la olla para mojarlo con la salsa, así que se aguantaba, comía la buseca con tenedor y después secaba el plato con el pan.

A ver, vamos a probarla. Sosa, diría mamá, sorbiendo de la cuchara, estrujando el trozo de mondongo con las encías. Ponele más sal, más picante, si me parece escucharla. Acordate de Carlos, pidió Elenita: que la presión, que la diabetes, que el colesterol, que la mar en coche.

Las nenas estudian afuera y no vienen al cumpleaños porque tienen exámenes. Hay que espumar. Esa cosa gris y opaca que flota por encima se retira con la espumadera. Poca grasa, poca sal, acordate de Carlos. La grasa de los chorizos forma lamparones brillantes en la salsa.

Le falta poco para jubilarse, pero me sigue pidiendo que le haga la buseca. Qué rápido pasa el tiempo. Tenía veintidós cuando se casaron. Les dimos el terreno de al lado. No es malo Carlos,

pero tiene mal carácter. No hay que meterse, decía mi esposo cuando escuchábamos los gritos.

Dejábamos sin llave la puerta del patio por si venían las nenas. Un día se enojó porque al levantarse vio las camitas vacías y vino a buscarlas hecho una tromba.

Desabrida, diría mamá, ponele un poco más de sal. Ahora sí que está sabrosa. Lástima que ya no está mamá para criticarme la buseca. Murió unos años antes de que Elenita se casara. Era su nieta adorada, su única nieta durante años. Ese muchacho Carlos, no me gusta, decía. No hay que meterse, decía mi esposo. Ya está lista la buseca, apago el fuego. Todavía bulle. Se me empañan los anteojos con el vapor que sale por la válvula. Mañana a la noche van a estar bien concentrados los sabores. Cincuenta, cumple. Es buena edad para quedar viuda.

Natacha Matzkin

 

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