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CAUSA PC

Causa PC: “Esperé 42 años para decir esto”, enfatizó Echeverría, tras relatar el suplicio

Juan Bautista Amadeo Echeverría, de 82 años, se jubiló como empleado del Correo y, al igual que Carlos Stur -su compañero en la desgracia de las torturas y vejaciones-, vendía libros y militaba en el Partido Comunista de Concepción del Uruguay.

 

Informe: J.R.D de EL MIÉRCOLES DIGITAL

Foto: V.B.

 

En su declaración ante el Tribunal relató cómo lo detuvieron en 1977 en casa de Eladio Bochatay para ser llevado a un calabozo de la Gendarmería y ser golpeado. Meses más tarde, también sufrió la detención en Banco Pelay junto a Stur, y reconoció a Julio César Rodríguez como integrante de la comisión policial que intervino, coincidiendo en el relato de los hechos efectuados por su camarada anteriormente (Ver nota: Durante una hora Carlos Stur relató las torturas...). Ubicó perfectamente al Moscardón por su voz mientras lo trasladaban en el auto hacia la finca donde fueron torturados.

 

DE UN CUMPLEAÑOS A LA GENDARMERÍA

Echeverría contó que fue detenido ilegalmente por Gendarmería Nacional alrededor del 14 de mayo del año 1977. Se encontraba en la casa de Roberto Montesino, y estaban por festejar un cumpleaños de Mirta Bochatay, que era de noche y hacían un asado. Los varones estaban afuera en el patio y las mujeres adentro en una habitación. Comentó que entró a esa habitación y, de pronto, entró un oficial, que no recuerda si del Ejército o de Gendarmería, que entró con la pistola en la mano y los apuntó. Hizo salir a los varones afuera y dejó adentro a las mujeres y chicos. Una vez afuera les hicieron poner las manos contra la pared, los insultaron y pudo ver que habían volcado todas las bebidas sobre el asado que se estaba haciendo. Dijo que hubo patadas porque pudo escuchar que algunos gritaban, que se quejaban. Allí estaban  Roberto Montesino –el dueño de la casa-, su señora Berta Muñoz y dos hijos del matrimonio: Daniel y Gabriela; Stur; Eladio y Mirta Bochatay; Jorge y Raúl Impini; y Rodolfo Saldarelli. Que había más gente pero no recuerda quiénes eran. Aseguró que los sacaron aparte a él, a Montesino y a Stur, los tiraron boca abajo en el piso del camión y comenzaron a caminarles encima, siempre insultándolos. Llegaron a Gendarmería y ahí a Bochatay, que iba atrás de él, un gendarme le metió la boca del fusil en el estómago y escuchó un quejido. Un alférez o subalférez Gómez del Junco le hizo unas amenazas y luego volvió con los demás. Luego lo volvieron a sacar del grupo a él y a Stur para ubicarlos en dos calabozos. Cuando estaba aclarando, sintió que le golpeaban la pared del calabozo y una voz que reconoció como la de Stur que le pedía: “Mirame”. Observó que sobre él había un agujerito, y pudo verlo a Stur desnudo, con sus manos sobre el cuerpo y con la espalda toda marcada por los golpes. Luego de unos días, recuerda que los llevaron a la cárcel. Allí, el jefe de Guardia le dijo al gendarme que comandaba el operativo que no los iba a recibir porque no tenían médico, que por eso volvieron a Gendarmería. A partir de ahí sí quedaron detenidos en la cárcel. Cree que eran siete personas las que quedaron detenidas. Estuvieron, más o menos, hasta el 25 de mayo de ese año y ahí les dieron la libertad. Relató que mientras estuvieron en Gendarmería un teniente de Ejército de apellido Palacios sacó un revólver 38 largo que -según él decía- lo había sacado del local del Partido Comunista que había sido allanado, y era quien dirigía el operativo junto con el gendarme Gómez del Junco, y le apuntaba a la cabeza.

Al igual que Stur, culpó de negligencia a las fuerzas armadas “por manchar con sangre de compatriotas al Ejército de San Martín”, y confesó: “Esperé 42 años para decir esto”.

 

Luego apareció alguien con mucha fuerza que les pegaba muy fuerte en el estómago. Mientras lo picaneaban, una persona que le hablaba tenía una voz suave y pausada, y no pudo reconocerla. Le hacían preguntas y por cada respuesta que no les gustaba o cuando no contestaban, los picaneaban.

 

DEL CAMPAMENTO A LA CASA DE LA TORTURA

También coincidió con Stur en el relato sobre la detención, sólo que de los policías que intervienen, dijo que uno “saca un arma, se la pone en la cabeza y lo levanta” (a Stur), y que procede igual con él.

Cuando los meten en un auto reconoce a Rodríguez y que otro le pareció “por su voz” que “era Gómez del Junco”, pero no lo pudo ver porque luego le vendaron los ojos. También “había otro hombre morrudo, bajito, oriundo de Basavilbaso que con el tiempo falleció”.

Detalló que, ya en la casa, no le sacaron el vendaje de los ojos, les pegaron con un palo y les pusieron alambres acerados en el cuello, les pegaron en el oído, entonces -al mover la cabeza- el alambre se movía y los lastimaba. Que luego apareció alguien con mucha fuerza que les pegaba muy fuerte en el estómago. Manifestó que, mientras lo picaneaban, una persona que le hablaba tenía una voz suave y pausada, y que no pudo reconocerla. Le hacían preguntas y por cada respuesta que no les gustaba o cuando no contestaban, los picaneaban en los ojos, en la boca, los oídos, los órganos genitales, el pecho y las tetillas.

Las preguntas eran sobre compañeros y sobre lo que hacían. Contó que mientras lo torturaban cree que fue un médico o alguien que sabe de salud, porque escuchó una voz que les dijo que pararan. Expuso que, cuando terminó la sesión e iba a ponerse la ropa interior, no podía coordinar los movimientos. Le quedaron lastimadas sus muñecas y tobillos, y que por ello perdió la sensibilidad en esas zonas por casi un año. Al salir de la “sesión” vendado lo llevaron a Stur a “la parrilla”, comenzó a escuchar sus gritos “y de cada uno de ellos era un coro de carcajadas” que salía del grupo que lo torturaba. Reconoció a quien lo secuestró como “al señor  Rodríguez”.

Luego de un tiempo, Stur dejó de gritar y los llevaron a ambos a una habitación. Uno de los hombres les dijo que si los encontraban en Concepción del Uruguay o en Buenos Aires los iban a matar, que si los veían acá o en Buenos Aires los iban “a hacer boleta”. Según relató, después los metieron en un auto y los llevaron hasta el acceso a Banco Pelay, los sacaron y tiraron al suelo boca abajo para decirles: “No se les ocurra moverse porque el primero que se mueva le pego un tiro en la nuca”, y el auto se fue. Comenzaron a hablar entre ellos, se pararon, se sacaron las vendas y corrieron hacia el Pelay porque allí había quedado el hijo menor de Stur. Cuando llegaron ya era de mañana y encontraron al niño desesperado. Al volver a la ciudad, Echeverría se hizo ver por la doctora Signes y junto con Stur viajaron a Paraná para denunciar el hecho ante el Comando de Brigada. Pidieron hablar con el general Juan Carlos Ricardo Trimarco (jefe de la represión de la dictadura en Entre Ríos), quien no los atendió, sino que lo hizo un coronel de quien no recordaba su apellido y a quien le relataron lo sucedido. Éste les dijo que hicieran el reclamo en el Ejercito de Concepción del Uruguay, a lo que Echeverría le contestó que ellos iban a entrar al Regimiento pero que nadie les garantizaba que iban a salir, por lo que el coronel les respondió: “Vayan tranquilos porque ahora el jefe no está, está el jefe accidental”, que en ese momento era Exequiel Martínez y el titular era Noé. Les dijo que el operativo en que fueran torturados habría estado autorizado por el último de los nombrados.

Al volver a esta ciudad, y previo a ir hasta el cuartel, se entrevistó con el juez Federal Héctor Neyra solicitándole garantías para poder salir del Ejército, pero el magistrado se negó a interceder por ellos.

Continuó detallando que fueron hasta el cuartel y se entrevistaron con Martínez, quien los atendió bien, los mandó a verificación técnica y los dos médicos que los atendieron se burlaron y rieron de ellos, y no les dieron certificados de ningún tipo. Un suboficial les tomó declaración registrando toda la denuncia pero que al darles copia de la misma, solo les dieron un papel sin membrete ni firma.

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