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La seño me vio

La autora de esta columna trae una historia real que nos vuelve a decir cuán importante es que un niño esté en la escuela. Pero también que con el mérito no alcanza. Se necesita alguien que vea, además de mirar.

 

Por VANE LEOPARDO (Colaboración especial para EL MIÉRCOLES)

 

No quisiera que la historia de Luciano fuera solamente la historia del mérito. Mérito él, mérito su vieja. Que lo es, sin dudas. Me conmovió (como pude decirle en una conversación de cinco renglones que tuvimos) porque tiene dos caras de la misma moneda, y que la mayoría de las historias parecidas no las tienen. Porque creo que es eso, la excepcionalidad, lo que convierte esas vidas en historias que se vuelven famosas y contables.

Una historia que nos vuelve a decir que es re importante que un niño esté en la escuela, que la escuela cuida, aunque el pibe no sepa escribir su nombre, sumar, contar la historia de Urquiza o recordar lo que vio en el paseo al Palacio San José. No porque no importe, lo que quiero decir es que eso también importa, tanto como el cuidado. Ninguno importa menos.

Podríamos estar de acuerdo en que la escuela no nació para cuidar. El hecho es que desde la sanción de la Ley de Protección Integral de los Derechos de las niñas, niños y adolescentes (Ley 26.061) la escuela forma parte de una trama de  instituciones que tienen el propósito de cuidar a la infancia, y que es muy difícil porque la escuela no puede renunciar a lo pedagógico, su razón de ser.  Y que es enorme toda esa obligación junta porque, encima, lo no escolar está en la escuela.

No quisiera volver sobre el poder de la mirada del docente en las prácticas cotidianas pequeñitas de cuidado, pero quiero compartir esta historia real, la de Luciano Jachfe, actual arquero de Ferro Carril Oeste, que me dio el permiso de contarla a mi manera.

¿Por qué la elijo? Porque nuestras escuelas están llenísimas de estos docentes que activan la trama, porque no me conforma la noticia de la historia del mérito nada más y porque origen no es destino, pero para eso se necesita más que mérito, se necesita alguien que vea. Porque todos irradiamos algo, solo hay que saber mirar.

Al principio nos reíamos como si fuera un juego, una transgresión. Así fueron las primeras veces. Mi hermana y yo tendríamos 4 y 5 años.

Todas las noches esperábamos que mi hermanita se durmiera y salíamos, como a las 2 de la mañana a revisar la basura con mi mamá, en busca de algo para comer. Llegábamos a casa y poníamos todo sobre la mesa.

La noche que encontramos varias verduras mamá hizo una foto y la subió a Facebook, escribió: “hoy se come rico”. Esa noche no sentí tanta pena como más tarde.

A la segunda semana ya no nos reíamos, yo comenzaba a comprender un poco lo que pasaba, además en la escuela tenía sueño. Para mamá era distinto porque ella vivió el 2001 cuando todo se desmoronaba, entonces ve los sucesos con la fortaleza de quien sigue adelante cuando todo estalla, cuando todo sangra, cuando todo duele.

Un día, en la escuela, todos mis compañeros sacaban la merienda. Yo no tenía nada y la seño me vio. Me preguntó:

— ¿Por qué no traes merienda Luciano?

— Porque en casa no tenemos nada, le dije bajito.

Estaba seria la seño Natalia. Pensé que estaría enojada. Se fue, habló con la directora, hicieron una llamada telefónica para que mi mamá viniera, se la llevaron a la dirección. Me arrepentí de haber dicho la verdad.

El mismo día fuimos a la municipalidad de parte de Natalia. No volvimos a comer de la basura, dormía toda la noche y no volví a tener sueño, ese tipo de sueño.

Al día siguiente comencé a entrenar, tengo 22 años y soy arquero de Ferro Carril Oeste, el sueño de mi vida. La seño Natalia nos dio una mano bárbara.

La seño Natalia no vio en ese rostro gris solo un retrato sin niño adentro, el origen no le alcanzó para explicar las cosas.

Volvemos a la conclusión de que todos tenemos algo que al otro lo salva, que hay gestos que son más que una mirada, son alojar al otro como preocupación y que eso es enorme. Es activar la trama.

Muchas veces la escuela es el único espacio y en la escuela está la única mirada para alguien y es eso ,en todo caso, lo que posibilita el mérito. Mérito que viene después de las oportunidades, de una chance, de que alguien te tire un centro como a Luciano.

Estar en la escuela puede salvarte. Y una seño con un par de ojos que no se conforman, por supuesto.

 

(*) La autora de esta nota es licenciada en Trabajo Social egresada de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) y magister en Salud Mental, egresada de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER). Docente e investigadora. Su correo electrónico es vleopardo@hotmail.com.

 

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