El autor de este texto tomó como eje disparador lo que sucedió hace pocas horas en la ciudad de Concordia donde dos niños de 5 y 6 años murieron en el incendio de una vivienda precaria. En las siguientes letras reflexiona al respecto y lo que pasa con la sociedad con hechos de este tipo.
Por NAHUEL MACIEL (*)
El frío nunca entra solamente por las hendijas de una casa. Entra también por las grietas invisibles de una sociedad que aprende a convivir con el dolor ajeno como quien se acostumbra a una lluvia persistente. Se cuela por las demoras de un Estado que llega tarde, por la indiferencia que endurece el corazón y por esa costumbre propia de la indiferencia de transformar tragedias evitables en simples noticias de invierno.
Cada otoño-invierno entrerriano desciende como un animal silencioso sobre los barrios más humildes. Y allí, donde las paredes transpiran humedad y las chapas tiemblan con el viento, miles de familias improvisan pequeñas batallas contra la intemperie: una hornalla encendida toda la noche, un brasero armado con desesperación, cables viejos atados como si pudieran sostener algo más que electricidad, una estufa cansada de resistir tantos inviernos. Entonces el humo reemplaza al aire. El fuego deja de ser refugio y se convierte en amenaza. Y la madrugada termina en sirenas, hospitales y cementerios.
Hace apenas unas horas, en Concordia, dos niños murieron en el incendio de una vivienda precaria. Tenían cinco y seis años. Eran apenas dos pequeñas llamas intentando crecer en medio del frío. Sus nombres todavía deben flotar en el aire helado de un barrio que seguramente ya conocía el hambre, las goteras y el barro mucho antes de conocer esta tragedia. Todo indica que el origen estuvo relacionado con las precarias condiciones de calefacción. Pero lo verdaderamente insoportable no es solo la muerte: es la repetición. La sensación amarga de escribir cada otoño-invierno las mismas crónicas, como si el frío fuese un destino inevitable y no una realidad que puede enfrentarse con sensibilidad, decisión política y organización comunitaria.
En la Patagonia lo entendieron hace décadas. Allí, donde el viento corta la piel como una navaja y las madrugadas parecen hechas de hielo puro, existe el Plan Leña o Plan Calor. Una política sencilla, humana y profundamente digna: garantizar que las familias vulnerables tengan acceso a leña y, en muchos casos, a salamandras sociales para calefaccionarse de manera segura. No se trata de demagogia ni de un gesto paternalista. Se trata de cuidar la vida. De impedir que la pobreza tenga olor a humo y sabor a ceniza.
Puede parecer una propuesta pequeña frente a las enormes discusiones nacionales sobre inflación, déficit o economía. Pero hay políticas que no se miden por el volumen de los discursos sino por la cantidad de abrazos invisibles que ofrecen. Y pocas cosas resultan tan obscenas como permitir que alguien muera de frío o intoxicado en una provincia que posee recursos naturales, estructura estatal y capacidad suficiente para evitarlo.
En Entre Ríos, como en tantas otras provincias, los municipios conocen perfectamente el mapa de la vulnerabilidad. Saben dónde viven los adultos mayores solos, las familias numerosas, las madres que acuestan a sus hijos vestidos porque las frazadas no alcanzan, los hogares donde el invierno entra sin pedir permiso. Los relevamientos ya existen. Lo que falta es convertir ese conocimiento en una decisión política capaz de caminar las calles y golpear las puertas antes de que llegue la tragedia.
Porque el invierno no espera licitaciones eternas ni discusiones burocráticas. Llega como una sombra húmeda que se mete debajo de las camas, endurece las manos y vuelve más larga la noche de quienes ya viven demasiado cerca de la intemperie. Por eso un programa de leña social no debería verse como un gasto o una extravagancia, sino como una forma elemental de dignidad humana. Como una política pública que entiende que el calor también es un derecho.
Y la idea posee una lógica tan práctica como solidaria. Muchos municipios deben retirar eucaliptos y otras especies exóticas por razones ambientales. Allí donde hoy hay ramas descartadas, mañana podría haber brasas encendidas en una cocina humilde. Operarios municipales capacitados podrían transformar esos árboles en abrigo. Lo que para algunos es poda, para otros puede ser supervivencia.
Un solo eucalipto -enseñan los expertos- puede producir cientos de kilos de leña. Traducido al idioma de la necesidad: semanas enteras de calor para una familia que de otro modo tendría que elegir entre comer o calefaccionarse. Porque la pobreza siempre obliga a elegir qué dolor soportar primero.
Pero el desafío no termina en repartir leña. Hace falta también tejer comunidad. Muchas familias no pueden trasladar treinta kilos diarios de leña. Allí aparece la importancia de una red solidaria entre municipios, clubes, parroquias, escuelas, centros vecinales y organizaciones sociales. Porque el calor no siempre nace del fuego: muchas veces nace de la mano tendida de otro ser humano.
Incluso sería posible ir más lejos. Las escuelas técnicas podrían fabricar salamandras de bajo costo. Los talleres de unidades penales podrían participar de su construcción. Los ejemplos sobran cuando existe voluntad colectiva. Lo verdaderamente urgente es impedir que la pobreza siga condenando a miles de personas a calefaccionarse como hace más de un siglo.
Existe una frase brutal que suele repetirse: “el frío mata”. Pero no es del todo cierta. Lo que mata es la desigualdad. Mata una vivienda que no abriga. Mata la ausencia de políticas preventivas. Mata la resignación de creer que siempre habrá víctimas inevitables cuando bajan las temperaturas.
Cada niño que muere en un incendio doméstico provocado por calefacción precaria es una derrota colectiva. Es el fracaso de una gestión de gobierno que no entiende que el Estado está para cuidar. Es la frustración de una sociedad que todavía no aprendió que cuidar también es gobernar. Cada niño o anciano intoxicado por monóxido es una alarma moral que ningún Estado debería ignorar. Y cada invierno que transcurre sin un programa integral de asistencia térmica es una oportunidad perdida para demostrar que la política aún puede servir para proteger la vida.
Tal vez la verdadera grandeza de una sociedad no se mida por el crecimiento de su economía, ni por el insulto del gobernante de turno, sino por la cantidad de abrigo que ofrece a quienes tiemblan. Porque mientras algunos discuten estadísticas, hay hogares donde la noche se enfrenta -con suerte- con una manta fina, paredes húmedas y el miedo silencioso de no despertar porque el humo apaga incluso la esperanza.
Entre Ríos no debería acostumbrarse jamás a eso. Porque una comunidad que deja solos a sus hijos frente al frío comienza lentamente a congelar también su propia humanidad. Entre Ríos no debería acostumbrarse a eso.
(*). Periodista. El texto fue publicado en Análisis de Paraná. Se reproduce por gentileza de su autor.
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