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MANUCA SANTÁNGELO: UNA VIDA ARRIBA DE LAS TABLAS

“Para mí el teatro era como respirar”

En 2005, El Miércoles entrevistó a Manuca Santangelo en oportunidad de recibir un importante homenaje: La Muestra Anual de Teatro Uruguayense, organizada por la Municipalidad de Concepción del Uruguay, llevó su nombre. En esa ocasión la artista repasó su historia y dejó definiciones sobre su pasión.

 

Nota relacionada: EL ADÍOS A MANUCA SANTÁNGELO… 

Premio Nacional de Teatro, actriz de raza, de aquellos que recorrían el país con el circo, homenajeada por el Encuentro Entrerriano de Teatro que se realizará este fin de semana en su ciudad: esta mujer que está hecha de teatro dialogó en profundidad con El Miércoles.

 

Por VALENTÍN BISOGNI

 

Esta semana se desarrollará el Encuentro Entrerriano de Teatro (ver aparte), que en esta edición lleva el nombre de Manuca, en homenaje a esta actriz oriunda de Victoria, radicada en Concepción del Uruguay y que ganara en 1994 el Premio Nacional de Teatro Podestá, otorgado por la Asociación Argentina de Actores y que contó con el apoyo del Senado de la Nación, en reconocimiento a su extensa trayectoria de más de 50 años sobre el escenario.

El Miércoles aprovechó esta oportunidad para entrevistar a esta figura del teatro uruguayense, que supo ganarse aplausos, reconocimientos y que muchos recuerdan por sus papeles en obras como Juan Moreira, El gran deschave, Las patas de la estatua, El organito, Réquiem para un viernes a la noche, la inolvidable Filomena Marturano o su personaje en La nona. Manuela Tejedor –conocida por todos como Manuca Santángelo– siempre tuvo el reconocimiento del público, pero el oficial está ausente. La Ley provincial Nº 7849, que otorga pensiones al mérito artístico incluye a pintores, escritores y músicos, pero excluye a los actores de ese beneficio.

– La actuación es algo hermoso, es parte de mi vida. Es muy importante, porque hago teatro desde los siete años. Me crié en el circo, mi papá tenía uno y ahí crecimos todos. Éramos once hermanos. Antes se hacía doble espectáculo: primero los números de pista y después que terminaban los payasos iba la obra, que era una comedia. Así que todo el espectáculo lo hacíamos nosotros, la familia. De pequeña hacía papeles que venían bien con la edad. Teníamos un repertorio extenso, porque en cada pueblo estábamos quince o veinte días. Recorrimos casi todo el país. Hacer teatro fue como comer o caminar, no tengo escuela ni técnica, simplemente aprendí trabajando. A medida que pasaba el tiempo tenía más experiencia, porque entendía más a los autores y al papel que debía interpretar. Naturalmente, uno va adquiriendo experiencia trabajando. Dejé de hacerlo en 1997 con la obra Farsa de un hombre y un jarrón, que era dirigida por Carlos Zelayeta. Extraño mucho el teatro.

 

LA VIDA EN EL CIRCO

Mi actuación fue siempre en el circo, hasta me casé con Raúl Santángelo, un compañero del circo. Artísticamente, él se apellidaba Jordán. A mi marido le gustaba mucho el radioteatro, así que dejamos temporariamente el circo y nos fuimos a Paraná. Hicimos varias novelas ahí desde 1953, 16 años después nos vinimos a Concepción del Uruguay, justo con la gran inundación. Nos fuimos a Paysandú –íbamos y veníamos–, grabábamos los cinco capítulos y hacíamos algunas funciones en los alrededores de las ciudades donde concertábamos para trabajar. Después hicimos una sociedad acá con un señor que hacía radioteatro, que luego se fue al Chaco. Nos quedamos varios años. Mi hija se recibió de maestra y nació Abelardo. Seguimos trabajando, hicimos una temporada en Goya y Paso de los Libres, en Corrientes.

¿Ya era un grupo de teatro?

Claro, con nuestro grupo, que tenía el nombre de los dos: Raúl Jordán y Manuca Montes. Ése era mi nombre como actriz. Hicimos varias temporadas. Después fuimos un tiempo a Rosario, pero ahí trabajábamos como empleados. Estuvimos en LT2 con Alfonso Mighó. Volvimos y seguimos trabajando hasta que salimos de vuelta en una gira con el circo, porque a mi marido le gustaba cambiar. Fuimos a Concordia e hicimos radioteatro con nuestra compañía. Anduvimos un tiempo en el circo con mis hermanos, que tenían uno. Regresamos a Concepción del Uruguay, donde siempre hacíamos base, era nuestro lugar. Mi marido falleció en 1973, fue una enfermedad muy corta, muy rápida, incurable. Me quedé con mi hija y empecé con el teatro. Con Eugenia Orlegui, la señora De Michele, Carlos Zelayeta y todo el que me convocara para hacer una obra. El teatro era como respirar. Últimamente me dediqué a la poesía criolla, para sacarme un poco la añoranza, pero no hay caso…

Manuca, la más chica, junto a sus hermanos en el año 1932.

SOBRE GUSTOS

El teatro es drama y comedia, ¿Qué le gusta más ?

Cualquier cosa. En el drama me siento más cómoda. ¿Sabés dónde hay un problema familiar? Generalmente en las obras, porque la política se trata poco y más en las obras que hacíamos nosotros. Entonces me gusta llorar mucho. También me gusta lo cómico. “El conventillo de la paloma”, dirigida por Ferrari fue un exitazo. La gente venía varias veces a verla, la habíamos hecho en el salón Juan Pablo II.

 ¿La televisión afectó al teatro?

Sí, lo mismo que al cine. La gente no sale tanto porque en su casa tiene la película que quiere ver. Igual que el radioteatro: no se hace más porque no interesa. A pesar de todo, aquí se sigue haciendo teatro, hay mucha gente que le gusta como a mí. Ellos no bajan la guardia y la gente acompaña. Ponen una obra en escena y por ahí está dos meses, todos los fines de semana, y con público joven, no sólo mayor.

¿Cuál fue el personaje que más le gustó interpretar?

Todos cuestan un poco, pero el que hice con más gusto fue Filomena Marturano. Es una mujer que la vida la castigó mucho, venía de un hogar muy pobre… Entonces esta chica se mete, por las vueltas de la vida, a una casa pública. El personaje que interpretaba Héctor Ferrari, que se llamaba “Soriano”, la saca de ahí porque se enamora de ella y la lleva a su casa. Mientras tanto ella ha tenido amores con un montón de hombres. Entonces lo que quiere es casarse con este hombre que tiene mucho dinero, pero él no: “¿Cómo me voy a casar con ella? ¿De donde venís vos? ¿De dónde te saqué?” Pero lo ayuda en la casa y en los negocios. Ella tiene tres hijos. Uno es de él, dos no se sabe de quien. Entonces le dice “ya que no querés casarte, voy a decir la verdad de mi vida: tengo tres hijos, uno es tuyo”, pero no le cuenta cuál. Los cita a los tres, que ya son hombres, entonces ella se los presenta. Y él empieza a verlos, a preguntarles cosas para adivinar cuál es. Ella no se lo dice.  Entonces vienen los hijos al casamiento y el hombre no aguanta: “Ahora que ya estamos casados decime cuál es”, y ella le responde: “No te voy a decir, porque vos vas a preferir ese y a los otros los vas a abandonar”. Termina la escena con el vestido de novia y se abraza a él y llora un llanto largo. Para mí, ése fue mi mejor personaje. Creo que lo hice con más cariño. A todos los hago con cariño, pero ese se me metió adentro.

¿Con qué personaje se sintió identificada en cuanto a su personalidad o su historia de vida?

No puedo decir cuál es, porque el personaje de “Filomena” no tiene nada que ver conmigo, después hicimos “El conventillo de la paloma”, donde interpreté una gallega. Fue muy linda también, pero identificada no me siento con ninguno. Yo soy yo. A Manuca la dejaba en el camarín y arriba subía al personaje que estaba interpretando. El teatro es lo mejor que hay, porque es la vida, aprendés. Vas al teatro y algo te queda.

 

LA DECISIÓN DE TERMINAR

 

¿Costó bajarse de las tablas?

No me sentía bien de salud, había cosas que me costaban mucho. No tenía la misma memoria y, con gran sentimiento, tuve que dejar el teatro. Le dije a Osvaldo Neyra, “vos sabés que ya no tengo buena memoria, pero me gustaría hacer un papel cortito”. Él me dijo: “Yo tengo un papel especial para vos, uno de muda”. Cuando lo veo se lo recuerdo, porque debe ser más difícil hacerse entender sin hablar, ¿no es cierto?.

 

EL RECONOCIMIENTO

¿Cómo se siente ser homenajeada en el Encuentro Provincial de Teatro?

Es muy lindo, un honor. Yo alimento mi ego (risas). Pienso que siempre la tienen presente a una, que no se olvidan de mi. Gracias a Dios, de mí no se han olvidado. Hace ocho años que dejé de actuar y la gente va por la calle y me dice «adiós, Manuca». Me recuerdan hasta por los radioteatros. Estoy muy agradecida con el público de Concepción del Uruguay, porque siempre me apoyó y me aplaudió. Sé que siempre me recuerdan bien.

¿Creyó en la posibilidad de que al hacer algo en Concepción del Uruguay recibiría un reconocimiento nacional?

No lo hubiera soñado nunca. Fue algo hermoso. Son cosas hermosas, como parir los hijos. Ocurren pocas veces. Además, yo no me sentía digna de eso, me parecía que no podía ser que me dieran un premio a la trayectoria, me superó. Son más de 50 años. Coco Martínez también estuvo nominado esa vez, pero me eligieron porque yo vivía del teatro casi desde que nací. Siempre íbamos de pueblo en pueblo. Coco lo hacía porque le gustaba, y también ganó el premio después.

 

EL TEATRO URUGUAYENSE

 ¿Le gusta ir a ver teatro?

Sí, no me pierdo ninguna obra. Después las critico (risas). Hago críticas buenas y malas, pero son constructivas. No me creo sabionda, simplemente tengo experiencia, así que me doy cuenta enseguida cuando un intérprete no está bien o está en una escena muy floja.

¿Cómo ve el fututo del teatro en la ciudad?

Está bien. Siempre están luchando los compañeros

 

 

EL ORGULLO DE HIJO

Mientras Manuca era entrevistada por este cronista, su hijo, el reconocido locutor Abelardo Santángelo, no pudo soportar la tentación y metió su bocadillo. “Esa obra – Filomena Marturano– iba a ganar en la muestra de teatro y ella justo tuvo una hernia. Era la ganadora segura en 1981. Incluso la vino a ver gente de Buenos Aires. No había telón, había apagón, duraba tres horas la obra”, aportó Abelardo, orgulloso.

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